Demócratas “truchos” y de grieta fácil

29 Jul 2018

Sentencia demasiado categórica -la del título-, pero la clase política, por lo menos la que toma las decisiones importantes, parece hacer lo imposible por aprovecharse del sistema y por hundir al país en la división. Tironea hasta lo indecible a la democracia, que soporta estoica e incólume los embates. ¿A quién le echamos la culpa? Siempre tiene que haber un responsable, y en algún lado hay que buscarlo. Señalemos para salir del paso al gen argentino, que por ser argentino tiene que ser distinto y el mejor del mundo -nada de pequeñeces-, cuyas características serían el egoísmo -siguiendo a Dawkins, según veremos-, la picardía, el fanatismo y la desvergüenza; cualidades que permitirían las “truchadas”, defender intereses de grupo y crear un enemigo y ponerse por encima de las normas.

¿Licitaciones públicas? No, adjudicación directa para los amigos. ¿Ofrecer gratuitamente al ciudadano datos sobre el funcionamiento del Estado? Nunca, por lo menos en Tucumán esa ventanita de acceso a la información pública no se abrió por temor a lo que se pueda descubrir; ¿dar a conocer el listado de las donaciones privadas a las campañas electorales provinciales?, menos que menos; la dirigencia ni pensó en una ley que lo establezca. Todo está lejos de los ojos indiscretos, como aquellos que desnudaron los aportes “truchos” en las campañas electorales nacionales de Cambiemos y del Frente para la Victoria. La “metida de pata” del macrismo habilitó a que ahora se hable del tema en la provincia, sino su análisis hubiera pasado para otro mandato. El pecado descubierto obliga a una sanación.

En fin, básicamente el egoísmo genético y la astucia mal entendida llevarían a que se quieran evitar los controles, o bien a influenciar y a imponerse por sobre los que deben ejercer los controles de la cosa pública. El combo no puede tener buenos resultados y deriva en irregularidades, y por qué no en actos de corrupción. En su libro “El gen egoísta, bases biológicas de nuestra conducta”, Richard Dawkins señala que los hombres son máquinas de supervivencia, autómatas, programados a ciegas a fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células. Son los que garantizan la evolución del ser humano, que pelea por imponerse y sobrevivir. La supervivencia del grupo es la que anima el enfrentamiento, y a entender así las grietas a la argentina.

Aunque, parafraseando a los que elogian el pasado, grietas eran las de antes; unitarios versus federales y peronistas versus antiperonistas; históricas, épicas, sangrientas. Esas generaban movimientos en escala Richter de nueve puntos; los terremotos políticos de ahora son de escaso alcance; por ejemplo, pelearse por quién hace más jardines de infantes; 0,00001 en esa escala sismológica. Sin embargo, la dirigencia necesita la grieta y se solaza engendrando nuevos conflictos en cualquier rubro y de cualquier intensidad para dividir a la población, alimentando a los que se fanatizan más fácilmente. Encima, de ambos lados aportan errores propios para que el adversario disfrute y pegue. Hay terreno fértil.

Apostar al quiebre de la sociedad es redituable para los políticos. Parece ser el último grito de la década en materia de acción política; no tener razón, sino lograr imponer un tema para dividir. Al fin y al cabo es lo más fácil en vista de la existencia del gen egoísta, de cepa nacional, que habilita graciosamente a esta práctica confrontativa. Hay que tirar cualquier tema a la parrilla y se arman dos bandos, está en los genes, germina, es inevitable que haya grupos extremistas. Se ve todos los días. La ex presidenta decía la patria es el otro, pero a ese otro le daba para que tenga.

El gran negocio es dividir, enfrentar y agrietar a la sociedad. Si le dio réditos electorales a Cambiemos en 2015 y en 2017, por qué no seguir en la misma línea. Insistir conque Cristina es el único adversario sólo para seguir dividiendo; se arrojó la despenalización del aborto y hubo quiebre; ahora se lanzó un decreto estableciendo nuevos roles a las Fuerzas Armadas y también hay división. Sin embargo, la grieta fácil es un negocio corto, perjudicial para el sistema, porque deja fuera del proceso democrático la posibilidad del diálogo, de consensuar temas, de pensar entre todos y para todos. Se piensa para pocos, egoístamente.

Pero hay obstinación y enamoramiento por este deporte nacional de la grieta fácil, que encuentra espacio por ese gen especial que habita en los argentinos. El consenso no es negocio, porque allí no hay ganadores ni perdedores, nadie obtiene réditos políticos individuales. De a dos, nada, la clase dirigente necesita imponerse al otro, doblegarlo y revolcarlo. El empate no sirve, es anodino, sin adrenalina política. El argentino necesita triunfar, pero más necesita al derrotado que lo legitima.

Si los que conducen están dominados por genes particulares, es fundamental entonces la aparición de “controladores” o “vigilantes” externos, los que buceando en los armarios del poder hacen saltar las alarmas y ponen en evidencia las “truchadas” en las que incurren los políticos pensando en sí mismos. Porque no fue precisamente la Justicia o el ojo avispado de algún dirigente el que reveló el caso de los aportantes “truchos” en Buenos Aires, fue un periodista el que se tomó el trabajo de indagar.

Los controles “internos”, los que deberían evitar que esto sucediera, no existieron, o bien se miró en complicidad para otro lado para que se cometan las picardías. No es sólo que hayan usado a personas sin pedirles ni siquiera permiso para hacerlas figurar como aportantes, lo que ahora interesa es conocer de dónde llegó ese dinero a Cambiemos. ¿Qué grupos, que quisieron estar sin dejar huellas, son los que pusieron los billetes? Como no podía ser de otra manera, así como hubo una ruta del dinero K, ahora hay para entretenerse con la ruta del dinero M. En la grieta, y desde los extremos, todos se vuelven parecidos. Es por los genes, todos los tienen, con modos distintos practican el mismo juego.

Hay cientos de procesos judiciales contra los que estaban antes por corrupción, ahora empiezan a sumarse las causas en la Justicia con los que los sucedieron. Venían a ser el cambio, y resultaron ser argentinos. Genéticamente parecidos, por lo menos en este tema de los aportantes es lo que lleva a hablar de una democracia de “truchos”, donde se falsean datos y se quieren imponer relatos de realidades inexistentes, donde el control incomoda porque los pone en evidencia, y no precisamente -como vimos- por la acción de los organismos del Estado que debieran efectuar esos controles.

Las picardías parecen ser parte del gen argentino, baste recordar algunos a la tucumana, como la abogada trucha que ejercía con dos materias aprobadas de Derecho, o a la falsa gestora de viviendas del IPV detenida en enero, a los bomberos voluntarios “truchos” que salieron a pedir colaboración a principios de año, la venta de un catálogo con ofertas de cursos y títulos docentes truchos en Concepción, docentes que se postularon para dictar clases con títulos falsos, a los remiseros “truchos” que cortaban las rutas en 2003, o al famoso caso del “diputrucho” de 1992 cuando se discutía en el Congreso la privatización de Gas del Estado. Hasta LA GACETA eliminó 14.000 cuentas falsas, de foristas que robaban la identidad. Trolls fanatizados, pero pagos, de todos lados.

Una gran truchada fue, también, la existencia de 586 partidos en la provincia, los que volvieron locos a los ciudadanos por el sinnúmero de boletas en 2015. Es que dos meses antes de los comicios de ese año se reconoció en un mismo día la personería jurídica de más de 200 partidos, la mayoría de los cuales -después de las elecciones- desaparecieron como estructuras legales. No importaba la vida partidaria, sino aprovechar el flanco que ofrecía la legislación y la ausencia de controles efectivos. Partidos truchos.

Tras tamaño despropósito -también consecuencia del sistema de acople-, el oficialismo redujo la plantilla de organizaciones a menos de 100, al eliminar los municipales y comunales. Podrá ser una medida efectiva desde la reducción de las boletas electorales, aunque habrá que ver cómo se ejerce el control sobre la vida partidaria, porque muchas siglas fueron una truchada, aparecieron sólo para los comicios y se esfumaron tras de ellos. Todo aquello fue posible porque los controles fueron débiles -o manejados e influenciados desde los intereses del poder-, y por ende debilitaron al sistema.

Lamentablemente, es la dirigencia política la que debe poner fin a estas irregularidades, pero mientras siga usufructuando las debilidades de los sistemas de control, difícilmente avance con cambios. Hay reacciones, pero sólo cuando lo dañino y pecaminoso sale a la luz; antes nunca. Mientras tanto, vaya uno a saber cuántas cosas pasan sin que haya filtros para mejorar el funcionamiento del Estado y la calidad de vida de los ciudadanos.

Por ejemplo, se conoció lo de los aportes falsos a Cambiemos, y eso llevó a averiguar cómo es el sistema que se aplica en Tucumán. Resulta que aquí no hay un listado de nombres de personas o empresas aportantes a las campañas, sólo documentos con cifras. Si alguien quisiera saber quiénes están colaborando con dinero en las campañas provinciales no se podría determinar puntualmente. Todo anónimo. Vacío legal si los hay. Por lo menos, Cambiemos se avergonzó y avanzó con iniciativas vinculadas a determinar y blanquear el financiamiento de las campañas electorales; habrá que esperar a ver cómo reacciona el oficialismo provincial.

Podrían discutir para cubrir esa ausencia de normativa después que se apruebe la nueva conformación de la Junta Electoral. Caso contrario, será otra “truchada” más escondida tras los vericuetos legales. Una ley de financiamiento de las campañas electorales es una deuda local, bien podría ser parte de la reforma política que se ha encarado.

En el medio de todo está el gen que agrieta cualquier debate, y en la división se entretienen los que conducen.

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