Derechos cívicos de la mujer

Se sostuvieron en Tucumán en 1870 y en 1920, y Juan B. Terán los apoyaba en 1901

29 Jul 2018 Por Carlos Páez de la Torre H

Es conocido que los requerimientos de inclusión femenina en la vida cívica, aunque hoy tengan muy fuerte presencia, reconocen antecedentes bastante lejanos. Hay un par de ellos registrados en Tucumán, además del juicio de un relevante comprovinciano. Aunque no sabemos si fueron los únicos, los creemos poco conocidos y merecen difundirse.

El famoso “Álbum del Centenario”, editado en 1916, dedicaba un capítulo a sobrevolar la historia del periodismo local, y lo ilustraban páginas de nuestros viejos diarios y revistas. Una de las portadas reproducidas, pertenecía a un periódico llamado “La Mariposa. Órgano de las Niñas”. Era el número 2, fechado en Tucumán el domingo 20 de febrero de 1870. No constaban el nombre de quien lo dirigía, ni la sede de su redacción.

Postura de “Emma”

Ampliando la imagen para hacerla legible, se descubre que “La Mariposa” postulaba sorprendentes innovaciones en el sistema político vigente, en un par de artículos firmados “Emma”. El primero se titulaba “La Cámara Legislativa”. Empezaba diciendo que “estamos en épocas de reformas, y es el caso que la civilización recupere todos los derechos de que la barbarie la despojara”.

En efecto, “Dios, al crear al hombre dividió los sexos, para que siempre el hombre fuera, y no para que en la legislación social se señalaran distintas obligaciones, diversos deberes. Le dio la misma inteligencia, la misma voluntad, el mismo criterio; y si alguna diferencia hubiera, debiera ser a favor de nosotras, sí se atiende a nuestro precoz desarrollo moral”.

Afirmaba que la Constitución Nacional, “intérprete de las ordenaciones de la naturaleza, no señaló diferencia alguna, y a todos los argentinos, de cualquier sexo que seamos, nos llama a un mismo fin; y sin duda, temiendo a ese barbarismo que los varones llaman derecho consuetudinario, ordenó que nadie está privado de lo que expresamente la ley no prohíbe”.

Cámara con mujeres

Así, “invocando este derecho, es que pedimos que la Cámara Legislativa, en las vacantes que hayan, sea integrada por ciudadanas”. Razonaba que “Tucumán posee señoras de inteligencia y erudición. Baste decir que muchos deben su fortuna a los talentos de una esposa. Al pedir esto, nos proponemos otro objeto: la independencia de la honorable Asamblea, o, en otros términos, su verdadera honorabilidad”. Añadía: “¿Quién, no teniendo más conocimiento que el movimiento oscilante de su persona en la silla curul, no se sentirá avergonzado a la sonrisa de una colega que lo mire cómo lacayo, como estribo del despotismo? ¿Qué revolución, o mejor dicho qué asonada, podría legalizarse con una Cámara compuesta, en imitación de la naturaleza, de hombres de ambos sexos? El estímulo reinaría siempre, como móvil indispensable de acierto, entre la Cámara-macho y la Cámara-hembra. Las comisiones, siendo mixtas, el colega y la colega, después de sus estudios particulares y conferencias discutidas, dictaminarían con profundidad”. Terminaba: “Estas ideas, que son materia de una larga tesis, las limitaremos, insinuándolas solamente, a lo que nos permiten las columnas de nuestro órgano, La Mariposa”.

¿Una candidatura?

Pero había más. “Emma” afirmaba, en otro artículo titulado “Senadora al Congreso”, la posibilidad de lanzar desde Tucumán una candidata para la alta Cámara. Decía que “hemos leído y releído la Constitución, y ya que no la hemos podido estudiar en colegios -porque nunca los tuvimos en Tucumán- hemos comprendido sus artículos, según sus mandatos absolutos”, y “no encontramos en ellos la exclusión que se hace de nuestro sexo”.

Pensaba proponer una candidata. Irónicamente, decía que “como tenemos la mejor idea formada de los varones, a ninguno le suponemos que lo lleve la propina del sueldo: creemos que es el deseo de trabajar por la Patria. No exigimos que sea el doctor Molina, porque según un comunicado de ‘La Juventud’, ya ha trabajado mucho por el país; ni don José Posse por lo mismo”, ni el doctor Próspero García, “pues también debe estar cansado”.

Difíciles 30 años

La nota terminaba jocosamente. En la Constitución, veían que la única condición exigible era tener 30 años. “Desde luego no debe ir una señora casada que, según nuestra bárbara legislación, no tiene personería”. Buscaban entonces, “con la imaginación, entre las solteronas de la población”. Y al revisar la estadística encontraban que “no tenemos solteras de 30 años. Entre nosotros, es costumbre plantar la edad, cuando más, a los 25 años, razón por la que, con sentimiento, nos quedamos sin candidata”...

Otro breve comentario de “La Mariposa”, afirmaba que dio “cuatro aleteos de puro gusto por el bonito saludo que nos dirige el viejo ‘Pepe’ Posse, alentándonos para el porvenir”. Se trataba del suelto publicado en el diario de José Posse, “El Nacionalista”. Reconocía que “la política, comprendemos muy bien, es la llama que consumiría la mariposa, si revolotease alrededor de ella; agradecemos sinceramente su consejo”.

Proyecto de 1920

Pasó medio siglo. En 1920, el gobernador de Tucumán, Octaviano Vera, elevó a la Legislatura el proyecto de Ley Orgánica de Municipalidades. Fue girado a la Cámara de Diputados, y su comisión produjo un dictamen verdaderamente revolucionario. En efecto, a los artículos referidos al sistema electoral municipal, agregó uno que establecía: “Podrán también ser electores las mujeres que sean mayores de edad y propietarias, sabiendo leer y escribir, o con título profesional expedido por institutos oficiales”.

El dictamen causó revuelo. Significaba, nada menos, que implantar la revolucionaria novedad del voto femenino. Varios editoriales de la prensa nacional se ocuparon del asunto, algunos aplaudiendo, otros sugiriendo un diagnóstico reservado, otros tomándolo en broma.

El voto así propuesto no era obligatorio. Pero los comentaristas políticos le aplicaron la lupa, y la respectiva columna de LA GACETA (17 de setiembre) apuntó que, de todas maneras, el voto vendría a resultar obligatorio para las maestras fiscales con título en ejercicio, porque una ley provincial obligaba a los empleados públicos a sufragar en los comicios municipales. Ante ello, la comisión de Diputados se apresuró a practicar el retoque del caso. En otro artículo, aclaraba que el voto femenino no era obligatorio, aun para el caso de que el elector fuera empleado estatal. Y la Cámara aprobó el artículo, a comienzos de octubre de 1920.

Sólo media sanción

Los comentarios periodísticos arreciaron. La célebre secretaria del Partido Feminista Nacional, doctora Julieta Lanteri, envió una jubilosa carta al presidente de la Cámara baja de Tucumán. Expresaba que “la sanción honra altamente a la progresista provincia de Tucumán, la que se pone, en ese terreno, a la cabeza de sus hermanas en la República y confirma, para las mujeres argentina, la prioridad en América Latina en esta clase de iniciativas propias del momento, en la evolución de los pueblos más avanzados de la tierra“. Esperaba que el Senado viniera a confirmar la ley, “por voto unánime”.

Claro que la así proyectada Ley Orgánica de Municipalidades no pasó del Senado. Otros asunto más graves convirtieron en borrascosa la gestión del gobernador Vera, que fue finalmente intervenido por ley nacional, en noviembre de 1923. En la nueva legislación sobre la Comuna que se sancionó años después (12 de mayo de 1925), ya no existía el famoso artículo. Hubiera convertido a Tucumán en un estado pionero de aquella conquista cívica femenina que, desde entonces, tardaría más de dos décadas en llegar a la Argentina.

Juicio de Terán

Para terminar, la visión del futuro fundador de la Universidad de Tucumán. En 1901, Juan B. Terán estaba terminando su carrera de abogado en Buenos Aires. En la “Revista Jurídica” quiso tocar el tema de la mujer profesional, ya que, en la colación de Filosofía y Letras de la UBA, de los ocho graduados la mitad eran mujeres. Escribió Terán que “el feminismo es un movimiento profundamente civilizador y científico”, y que ya ha quedado “desvanecida la vieja mentira de la inferioridad orgánica de la mujer”. Agregaba que el temor de que la mujer tenga profesión y descuide el hogar, se proclama cuando ella va hacia “las carreras liberales”, pero “no cuando van las mujeres obreras, por miles, al taller”. Los prejuicios “resisten el movimiento, y todos se sienten inclinados a lamentar la desaparición de la mujer suave, frágil, muñeca, como se complace en fingirla un falso concepto de su destino, y en imponerle el hombre con su derecho de más fuerte, protector y soberano siempre”.

Para Terán, el nuevo movimiento permitiría “concluir con muchas injusticias”. Arrimaba como ejemplo varios de los contenidos del Código Civil. Y concluía que, en suma, “el feminismo es una forma de la ‘cuestión social’: una de sus fases es genuinamente económica. El triunfo es suyo. La mujer está en todas partes. Ha salido del gineceo y del hetairismo y se mezcla a nuestra vida, gentil siempre, pero más enérgica y más respetable, y por eso más bella que nunca”.

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