Las palabras en la era de la imagen

Si fuera cierto -como parece- que la gente ha perdido la afición de los libros, sería de temer un empobrecimiento general de la existencia, reducida a la chatura de los intereses frívolos y los entretenimientos bobos. Pero eso es precisamente lo que se verifica: nos las habemos con multitudes de extensión planetaria, absortas ante el fulgor intermitente y vacío que mana de escenarios electrónicos.

22 Jul 2018
1

No es verdad que una imagen valga más que mil palabras. La verdad es exactamente lo contrario: ¿cuántas imágenes habría que sumar para decir lo que transmiten locuciones brevísimas como “la minuciosa lluvia” o “la unánime noche”? No podremos decir tales cosas con fotografías, ni con dibujos, ni con cualquier clase de imágenes, aunque yuxtapongamos muchos miles. Algunos alegarán, tal vez, que la fuerza expresiva de la imagen no radica en el decir sino en el mostrar, y que ésto, mostrar, es lo que la palabra no puede hacer. Pero los que así razonan olvidan que “mostrar” es una muy pobre manera de transmitir: cuando se señala algo con el dedo, cuando se exhibe una cosa, el acto comunicativo –en el mejor de los casos- queda ligado a lo presente, con rigurosa omisión de lo que lo presente evoca –por connotación, por asociación, por semejanza, por contraste, por todo aquello, en fin, sólo manifestable mediante la metáfora-. La aparente pobreza expresiva de la palabra viene a resultar, así, en riqueza, porque su condición abstracta es lo que la libra de la prisión de lo concreto, y le permite alcanzar lo que, en cualquier circunstancia de comunicación, se halla ausente. ¿Dónde, en qué rasgo de una pintura que representara una escena nocturna, percibiríamos la “unanimidad” de la noche? Si, no obstante, la percibimos, es porque hemos mirado el cuadro a través del lenguaje.

Ahora bien, es la frecuentación del lenguaje escrito lo que labra esa suerte de espacio interior que ensancha nuestra capacidad de percibir significados, capacidad sin la cual nuestro mundo se estrecharía a la pequeñez de un punto y a la fugacidad de un instante. Y de las formas en que plasma el lenguaje escrito, ninguna contribuye mejor que el libro a forjar un mundo dotado de profundidad.

Si fuera cierto -como parece- que la gente ha perdido la afición de los libros, sería de temer un empobrecimiento general de la existencia, reducida a la chatura de los intereses frívolos y los entretenimientos bobos. Pero eso es precisamente lo que se verifica: nos las habemos con multitudes de extensión planetaria, absortas ante el fulgor intermitente y vacío que mana de escenarios electrónicos.

Para aquellos que conservan el gusto de leer, las posibilidades que depara Internet favorecen la satisfacción de ese gusto: esa vía facilita desde el acceso a bibliotecas virtuales hasta la compra de volúmenes impresos en papel. Pero es improbable que las generaciones ajenas a la cultura del libro, la adquieran a través de un medio que privilegia la velocidad y dificulta el recogimiento.

No es de esperar, sin embargo, que se extingan las empresas editoriales; posiblemente acabarán por transformarse del todo en una industria, en función de un público iletrado, que sólo admitirá la escritura como aditamento o comentario de la imagen. Ese proceso comenzó en verdad hace muchos años, con tiradas enormes de libros concebidos de antemano como films.

¿Qué significará vivir sólo en la superficie de la realidad? Los habitantes de la “galaxia Gutenberg” lo ignoramos, pero el género humano ha vivido de ese modo centenares de miles de años, y hoy mismo así vive la mayor parte de la gente. No ha de ser, pues, imposible.

© LA GACETA

Samuel Schkolnik - Fue escritor, doctor en Filosofía y profesor de Etica y Filosofía contemporánea de la UNT.

Colaboró en estas páginas durante tres décadas. Murió en 2010.

* Texto inédito.

Comentarios