Tucumán y la revolución de 1930

Entre grandes tumultos en la plaza y en las calles, el gobernador José G. Sortheix debió entregar el mando al general Juan Esteban Vacarezza.

22 Jul 2018 Por Carlos Páez de la Torre H

Bien se sabe que la revolución del 6 de setiembre de 1930 fue un grave acontecimiento, que tendría muy negativa influencia en la vida argentina. Ese día, los militares derrocaron al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen, quien había iniciado su segundo período dos años atrás. Para subrayar el dramático carácter del golpe, basta recordar que se produjo después de casi seis décadas de presidencias constitucionales que se habían ido sucediendo normalmente. Era la primera vez que los militares asumían el mando político de la República.

Tomó el poder el general José Félix Uriburu, en carácter de mandatario “provisional”. Disolvió el Congreso, declaró el estado de sitio y recluyó al presidente Irigoyen en la isla Martín García.

El sábado 6

En la provincia de Tucumán, gobernaba entonces el ingeniero José Graciano Sortheix, hombre de 57 años, con una brillante carrera de catedrático universitario y ocasionales apariciones políticas. Había sido elegido en 1928, por la Unión Cívica Radical Yrigoyenista. La noticia del derrocamiento de Yrigoyen llegó a nuestra ciudad en la tarde del sábado 6 de setiembre. A pesar de haberse impuesto una rigurosa censura telegráfica, LA GACETA y “El Orden” la anunciaron, como era usual en las grandes novedades, con bombas de estruendo, además de colocar en sus pizarras las informaciones que les iban llegando.

Por cierto que el público se aglomeraba, ansioso de datos, frente al local de ambos diarios. Esto al mismo tiempo que empezaban a organizarse manifestaciones de apoyo a la revolución triunfante, movilizadas principalmente por sectores estudiantiles.

Ruido en la plaza

Tales marchas ruidosas, iniciadas hacia las siete de la tarde, trataron de llegar a la Casa de Gobierno, filtrándose entre la fuerte custodia de la plaza Independencia, que estaba a cargo de los jinetes del Escuadrón de Seguridad. A pesar de la generosa repartija de azotes y planazos de sable de los montados, muchos entusiastas lograron congregarse en las escalinatas. Intentaban cantar el Himno Nacional, a la vez que vociferaban “mueras” en contra de Irigoyen y del gobernador Sortheix.

La represión policial inauguró entonces la novedad de emplear las mangueras del Cuerpo de Bomberos contra los manifestantes. Un recurso que, decían las crónicas, había sido “utilizado últimamente en las huelgas europeas”. Claro que los chorros de agua se interrumpían, de tanto en tanto, por los cortes que los manifestantes lograban practicar en los tubos, con clavos y con cortaplumas.

Más tumultos

Muchos se refugiaron en el Club Social, que se alzaba en la esquina 24 de Setiembre y 25 de Mayo, y en los vecinos Café Tokio y casa de los Frías (hoy edificio Libertad). También se guarecieron, sobre calle Las Heras (hoy San Martín), en el local de El Círculo, hoy Jockey Club.

La formación y disolución de estos grupos se prolongaría hasta casi la medianoche, en toda la zona de la plaza. Las corridas transcurrían entre los encendidos discursos que pronunciaban junto a la estatua de la Libertad, en diversos momentos, no sólo los estudiantes sino también el ex intendente Juan Luis Nougués y el diputado socialista Manuel Vera Hernández, aplaudiendo la caída de la “segunda tiranía”. Otros exaltados incendiaron parcialmente la imprenta de un periódico que apoyaba al gobierno Sortheix, en la calle Crisóstomo Álvarez.

En el Comando

Mientras tanto, el gobernador Sortheix permanecía en la Casa de Gobierno, sin tener ninguna comunicación oficial sobre los sucesos que se desarrollaban en Buenos Aires. En cuanto a la Quinta División de Ejército, cuyo comando estaba en Tucumán, recién a las 9 de la noche su titular, general Juan Esteban Vaccarezza, mantuvo una conferencia telegráfica con Uriburu. Este le dio plazo de dos horas para responder sí las fuerzas a sus órdenes acataban la nueva situación.

La intimación puso en un difícil trance al general Vaccarezza por su notoria condición de radical. Consultó por telegrama a los oficiales de la División -que comprendía Santiago, Salta, Jujuy y Catamarca- además de reunirse, por espacio de más de una hora, con los de Tucumán. Según lo narraría años después, “todos, por unanimidad, manifestaron acatamiento a las nuevas autoridades”.

Serían las 22, cuando Vaccarezza telegrafió a Uriburu la respuesta afirmativa, al mismo tiempo que solicitaba su inmediato retiro del servicio.

Asume el general

El flamante ministro de Guerra, general Rodolfo Medina, le ofreció dejarlo en la función, pero Vaccarezza se mantuvo firme. Contaría que el ofrecimiento “fue agradecido pero no aceptado”, y que “desde ese momento, mi permanencia en el comando y las medidas adoptadas espontáneamente, fueron dictadas solamente por razón de orden y de seguridad social, a la espera de la persona que debía reemplazarme en el cargo”.

El domingo 7, por la mañana, el general se entrevistó con el gobernador Sortheix. Le indicó la conveniencia de que dejara el mando de la Provincia en sus manos, dado el clima de turbulencia que había ganado las calles. Sortheix aceptó y el relevo se produjo alrededor de las once de la mañana.

A la salida de la Casa de Gobierno, a pesar de que salió acompañado por Vaccarezza y por sus oficiales hasta el auto, el mandatario no se libró de algunas cobardes agresiones de hecho y de palabra. Una enorme multitud vivaba al general, y varias manifestaciones recorrieron otra vez, entre gran estrépito, las calles de la ciudad.

Otro general

En la octava cuadra de 25 de Mayo, una turba de estudiantes intentó asaltar la casa del interventor municipal. Este repelió la agresión a balazos, con el saldo de un muerto y dos heridos.

El 9 de setiembre, el Gobierno Provisional aceptó la solicitud de relevo de Vacarezza, y su comando fue asignado al general Francisco M. Vélez. Éste llegó el 11 y asumió de inmediato, mientras Vaccarezza seguía en el gobierno. Pero, al día siguiente, Vélez se hizo cargo también del gobierno. Esto porque, diría años después, “tuve conocimiento, por los diarios locales, de que la autoridad militar a cargo del Poder Ejecutivo (es decir, Vaccarezza) preparaba remociones en el Poder Judicial a efectuarse de inmediato”. Entonces, “resolví recibirme del gobierno al día siguiente a la mañana, a fin de evitar los trastornos que ello podría acarrear a la provincia, y las consecuentes responsabilidades para el Ejército”.

Castillo interventor

“Entendí –añadía Vélez- que debía ejercer el gobierno de la Provincia como una función transitoria, emergente del mando de la División, y que en este concepto mi misión se reducía a presidir el funcionamiento institucional y garantizar el orden, dejando a cargo del interventor federal, que no tardaría en ser designado, la tarea de reorganizar los poderes”. Agregaba que durante los pocos días que desempeñó el gobierno, no se produjo el menor incidente. Vacarezza ya había decretado, el 10, la disolución de la Legislatura.

Recién el día 21 llegaría el interventor federal nombrado por Uriburu: era el doctor Ramón S. Castillo, años después presidente de la República. Llevó como ministros a Enrique Loncán en Gobierno y a Luis J. Jacobé en Hacienda.

Más interventores

A Castillo sucedieron dos interventores federales. Primero, Tito Luis Arata (durante cuya gestión visitó Tucumán, en febrero de 1931, el presidente Uriburu) con los ministros Loncán y luego Delfín Ignacio Medina, en Gobierno, y Francisco Costa Paz, en Hacienda. Luego fue designado interventor Horacio T. Calderón, con los ministros Filiberto de Oliveira Cézar en Gobierno y Justiniano Allende Posse en Hacienda.

El 4 de febrero de 1932, por retiro de Calderón, asumió interinamente la intervención Oliveira Cézar. Le tocó entregar el mando a las autoridades constitucionales, el 18 de febrero de 1932. Ya se habían realizado las elecciones, que dieron el triunfo a Juan Luis Nougués, candidato de un nuevo partido, la Defensa Provincial Bandera Blanca.

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