Poner la tapa

Si, como dicen, toda comida (esto es: un plato elaborado con método gourmet, acorde a las épocas que corren donde lo que se ve vale tanto o más que lo que se saborea) entra, antes que por el estómago, por los ojos, podríamos arriesgar que lo mismo sucede con algunos libros.

08 Jul 2018

Por Hernán Carbonel

PARA LA GACETA - SALTO

El mercado editorial se ha encargado de imponer en el público ciertas tendencias, que incluyen, es cierto, no sólo lo visual, sino también lo textual. En la era de la imagen, cada vez los hay con más palabras (título, subtitulo, bajada, incluso volanta), que los asemeja a una noticia que, ya de entrada, nada tiene que ofrecernos más que eso que se propone a modo de adelanto.

Pero mejor veamos algunos ejemplos gráficos.

Copia y repetición

Algo particular sucedió con la primera edición de El núcleo del disturbio, de Samanta Schweblin, y un volumen sobre marketing: ambos llevaron la misma imagen de tapa, un perro de gran tamaño que observa desde las alturas a un perro pequeño. Seguramente adquirida a un banco de imágenes, la segunda casa editora no chequeó antecedentes.

Por su contrario, otra peculiaridad resulta de libros muy disimiles con el mismo nombre: allí la cubierta es la encargada de generar identidad. Una muestra: La última palabra. Los hay con este título de Hanif Kureishi, Verónica Sukaczer, Fernando Niembro, Guido Indij y Thomas Nagel. A cualquiera de nosotros le gustaría tener la última palabra. O un título original. Y sin embargo.

Homenaje

Quizás el ejemplo que mejor refleje el concepto de homenaje desde una portada sea Pagaría por no verte (Sudamericana, 2008), de Juan Sasturain. Policial de aquellos, con Etchenike como protagonista. ¿El título? De un verso de Celedonio Flores. Está en “Margot”, que tan lindo le salía a Edmundo Rivero.

El libro reproduce con fidelidad la tapa –una ilustración de Oscar Chichoni– de La víctima (colección Cosecha Roja, Ediciones B, 1989), obra póstuma de David Goodis, uno de los padrecitos santos de la novela negra norteamericana. (Lo extraño de esta edición es que, lo que ante la lógica debería ser tapa, es contratapa). Allí se ve al actor Robert Mitchum apoyado sobre la columna de un farol de calle, en una postura entre noir y tanguera, envuelto en un sobretodo largo, sombrero de ala y cigarrillo en mano. Esa edición lleva prólogo de –quién si no– Juan Sasturain.

En fin, que si otro tango alegaba “en mismo fango todos manoseaos”, la industria ha sabido dividir aguas con este asunto de las portadas. O, bien, mezclar el agua y el aceite.

© LA GACETA

Hernán Carbonel - Periodista, librero y escritor.

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