Habitantes de Ucronía

03 Jul 2018

Ucronía: reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos. (Diccionario de la Real Academia Española de Letras).

Vivimos en un país donde el principal ejercicio intelectual es imaginar cómo hubiesen sido las cosas si ocurrían de una forma distinta. Vivimos construyendo universos paralelos, imaginarios a lo borgiano, pero donde todo discurre de forma apacible, amable, agradable y deseada. Vivimos creyendo que el azar nos juega en contra, que un mínimo aleteo de una mariposa en China es lo que produce la catástrofe local, sea la estampida de la inflación o la caída de la selección en el Mundial de Rusia. Vivimos suponiendo que la culpa es de los otros, que si ellos actuasen diferente el presente sería distinto. Vivimos soñando en una solución mágica, que Lionel Messi o Nicolás Dujovne estén inspirados, cada uno en lo suyo (y, si es posible, en lo del otro también) para aportar las soluciones que todos esperamos sentados en el living de la casa.

Si el fútbol es una de las expresiones culturales más importantes del pueblo, una frase de Jorge Sampaoli resume el pensamiento ilusorio colectivo: “hay un rendimiento volitivo del equipo que luchó hasta el final, que podría haber empatado en la última jugada” (textualmente expresada en el minuto ocho con 22 segundos de la conferencia de prensa del sábado, tras la derrota frente a Francia; idea reiterada dos veces más).

Su frase resume lógica, pero encierra la falsedad intrínseca de quien sabe cómo ha pasado todo, aunque tal vez sin poder explicar por qué pasó lo que pasó. Se apoya en la voluntad antes que en los hechos, en los deseos por encima de lo ocurrido, en lo que no fue como consuelo de lo efectivamente que sucedió. En el mundial ideal del técnico, ya estamos dando la vuelta olímpica por mérito propio. Y en la mente de muchos connacionales, también. Es como cuando alguien calcula cuánto hubiese ganado ahora con el aumento de la cotización con los dólares que nunca compró en enero. Un juego argentino desarrollado al extremo, que nos lleva a la eliminación (y quizás no sólo en lo deportivo).

El concepto vertido por el DT encierra la frustración de no ser. Las hipótesis sirven para pensar, pero no deben ser confundidas con la realidad. La tríada dialéctica hegeliana de tesis-antítesis-síntesis son una piedra fundamental de la filosofía para entender lo que ocurre, nunca para negarlo. Se afirma que la ilusión es lo último que se pierde; el riesgo es quedarse simplemente esperando que se concrete lo esperado, sin hacer nada para transformar esa esperanza en un hecho.

Una opción es que hagamos un plebiscito para cambiar de nombre al país, que le pesa como mandato de una identidad falsa. Argentina viene de la palabra en latín argentum, que significa plata. Desde la época de la conquista española se llamó Río de la Plata a la administración que se instauró en la zona, tomando la denominación que le daban los portugueses ya en el siglo XVI a la vía acuática que hoy nos separa del Uruguay; y en 1602 se llamó en textos La Argentina al territorio desde la costa atlántica hasta las fronteras del Alto Perú. Formalmente el nombre lo instauró la Constitución unitaria de 1826, que nunca se aplicó en el territorio nacional aunque comenzó a ser cada vez más usado, hasta que en 1860 el presidente Santiago Rafael Luis Manuel José María Derqui Rodríguez (Derqui a secas, si así se prefiere) institucionalizó el nombre de República Argentina.

Es hora de que dejemos de ser argentinos, en tiempos en que no se conoce lo que es la plata. Nos asumamos pobres de bolsillo y de intelecto, faltos de coraje para asumir responsabilidades, fiscales que acusamos a quien está al frente de algo y cobardes que dejamos las decisiones en otros. No está mal empezar por lo extremo para luego ir recortando lo que no corresponda.

Pasemos a ser ucrónicos, los habitantes del país de Ucronía, los que viven entre sueños, los que fantasean con que algún día despertarán y estará todo bien. Bellas durmientes contemporáneas (aunque alejadas de los cuentos medievales con moralina) esperamos un Príncipe Azul que nos saque del letargo y nos lleve a habitar un castillo. Por ahora, estamos del otro lado del foso, a punto de caer entre los cocodrilos. No les echemos a ellos la culpa de tener afilados los dientes.

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