Todos lloramos por la eliminación de la Argentina en el Mundial

Quedar afuera de manera abrupta dolió más de la cuenta y los hinchas, especialmente el pequeño Igor, no entendieron por qué el destino se empeñó en pegarnos este duro golpe.

01 Jul 2018

No hubo épica, la que nos hubiera hecho olvidar que atrás somos un flan, y que cuando estuvimos arriba no supimos frenar la pelota ni tampoco manejar un partido que Francia nos había servido en bandeja. Los dejamos venir; lo pagamos. Lo pagamos con lágrimas, por eso de nada sirve relatar el principio de esta historia, sería hasta dañino volver el tiempo atrás sabiendo que nada podrá corregirse y que de igual manera perderemos y nos iremos del Mundial.

Por lo que sí hubiera estado bueno tener la máquina del tiempo es para explicarle a Igor que el Mundial no es el fin del mundo y que él tiene muchos mundiales por delante. Ojalá le quede uno más de Lionel Messi. Ojalá que el 10 no diga basta. Igor, el ruso que lloró por una patria que no es la suya pero que la siente propia a partir de llevar el número y nombre de “Leo” en la espalda de su camiseta celeste, fue un golpe de alto impacto para los argentinos que nos fuimos con la cabeza gacha del Kazan Arena. Lo vi tan desconsolado que no lo podía creer. Lloró lo que los mayores no se animaron. Su hermano, uno o dos años menor, le dio el espacio que se necesita en estos casos. Le cuidó la retaguardia, mientras que su padre conversaba con la única mujer de sus herederos y su esposa lo seguía desde atrás, pero sin marca pegajosa a Igor.

Me acerco a su madre y le pregunto cómo se llama el nene. No me caza una, entonces entiendo que ellos son de “Rasía, Rasía”, pero que su hijo mayor se siente tan argentino como el Monumento a la Bandera de Rosario. Como Messi. Incómoda, quizás con algo de vergüenza, la señora me confirma el nombre del mayor de su herencia de sangre: “Igor”. Le rasco la cabeza y le digo que se quede tranquilo, que habrá más mundiales para él y que ojalá no tengan este final que tuvo ayer. Me sonríe, aunque sigue tragando aire mientras se limpia la cara. Vamos, Igor, ya pasó.

Las imágenes de un chino

Antes, mucho antes de conocer a Igor, grité el gol de Ángel Di María con Lío, un chino de 23 años, productor de cine y director de sistemas, de Pekín. Con su cámara réflex, Lío intentaba sacar las mejores imágenes de aquellos que merodearon nuestra zona lateral, la misma en la que el Messi que todos vamos a extrañar en Rusia 2018 le pedía a la gente más arenga, que sigamos así los argentinos, inundando de dudas a los galos. Ese “dale, dale” de Leo fue cuando la Selección estaba arriba del marcador (2-1) e Igor jamás se hubiera imaginado el 3-4 del desastre.

Igor no tenía en sus planes llorar. Nosotros los argentinos, menos. Lio, el chino de Pekín, me preguntó por qué no amar a Messi, si era el distinto, el mejor de todos. Lo que a Lío no pude decirle yo después fue que hasta los distintos, si no cuentan con apoyo, pueden perder. Como Messi.

En la zona de la 128 de la Categoría 1, los franceses eran mayoría. Los argentinos estábamos casi flanqueados. Pero a diferencia de los que la TV filmaba constantemente, los que estuvieron detrás del arco de Franco Armani haciendo barullo, los de mi ala no eran tan gritones. Lo suyo fue más disfrutar el espectáculo, como nosotros hasta el 2-2. Ahí se nos mojó la pólvora de emociones, porque Francia no nos dio respiro y pasó a ganar. Qué horror.

Si unos días antes Marcos Rojo (qué penal tonto hizo ayer) nos había regalado a los de la categoría 3 de las 106D -si no me equivoco- Kylian Mbappé nos intimidó y derrumbó con su calidad de goleo. Al único argentino que tenía en las espaldas ya no lo tuve de compinche para golpear puños, no. Pensamos que era una cábala. Nos cruzamos con el 0-0, viéndonos casi arrinconados de galos, y supimos que éramos de la misma bandera. Choque de puños. Seguimos con el golazo de Di María, aunque él antes se llevó al cielo de los abrazos una amiga con la camiseta de Perú, y la seguimos con el de Gabriel Mercado. Cuando la fiesta cambió de dueño y nos comimos con la mejor perspectiva los tres goles de ellos, desaparecimos. Nunca más nos vimos. Chau cábala.

Debate

El fin. Igor y Lío no entenderán lo que pasó después en las afueras del Kazán Arena. Los argentinos pueden malinterpretar la palabra presión pero en lo que no se equivocan -aunque sí lo hacen- es en el debate técnico post mortem. “Jugar sin nueve en este fútbol es un suicidio”, decía uno de los que se sentó en el cordón de una vereda con calle clausurada. Su amigo le retrucó que la Selección hizo tres goles sin nueve; el otro, que no es problema de un puesto puntual sino de cómo se juega: “a nada”.

Se habló de carretas persiguiendo autos de Fórmula 1, del pésimo retroceso de los laterales, de la falta de sorpresa y, por último, se llegó a la conclusión de que el Mundial sin Messi será lo mismo que nada. También que seguimos con la sangre en el ojo desde el 86, nuestra última gran alegría, y que al paso que vamos, ganar un Mundial está tan distante e imposible como salir campeones en esta edición de Rusia 2018 cuando ya estamos eliminados.

Igor dejó de llorar. Su madre logró consolarlo. Igor ahora está como el hijo de otro padre argentino, que abraza a su hijo mientras le dice que esto es fútbol y que sufrir la decepción de quedar eliminados puede suceder. El mundial es como la vida. No siempre se puede ganar. Los argentinos lo confirmamos una vez más.

Comentarios