La pose y el rostro *

01 Jul 2018

Por Juan Villoro

La industria del cine se apasiona por la figura del artista convulso, el sujeto temperamental que maltrata a los demás, atenta contra sí mismo, se vuelve intratable y deja una obra de espléndida belleza. Hollywood ama la paradoja del genio cruel y autodestructivo que compone una sinfonía conmovedora.

Se espera que el creador tocado por la gracia tenga un carácter único. Salvador Dalí, Andy Warhol, Ramón María del Valle-Inclán y Charles Bukowski han creado personajes para sí mismos que forman parte de su propuesta estética. En esos casos, el talento adquiere certificación exterior: se trata de genios disfrazados de genios. Posar como artista es una manera de confirmar las ilusiones que el público se hace sobre la originalidad del creador. Pero no todos necesitan avalar su diferencia con sus ropas o su aspecto. Los bigotes de Dalí semejaban pararrayos de la sensibilidad. Aunque otros artistas llevan la tormenta en su interior, en mayor o menor medida, todos se someten a los relámpagos y los cortocircuitos de las emociones.

“Somos los libros que nos han hecho mejores”, escribió Borges. Leída en clave de beatería cultural, la frase puede llevar a la creencia de que la frecuentación de la cultura siempre es positiva. Nada más alejado de la espuria realidad. Un artista supremo puede ser una pésima persona. Y aún más: de manera inquietante, los desfiguros del mal carácter suelen ser mejor punto de partida para crear que el aplomo y la simpatía.

* Fragmento de La utilidad del deseo (Anagrama).

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