“La sensatez es una válvula de seguridad para no decepcionarnos en exceso si no ganamos el Mundial”

“La literatura permite recuperar a la persona que fuimos”. “Cabría preguntarnos si después de los 12 años nos pasa algo trascendente de verdad”. “La vida adulta significa hacer las paces con un mundo insatisfactorio”. Estas son algunas de las definiciones que genera, con naturalidad, el escritor mexicano, uno de los mejores de América latina, en diálogo con LA GACETA Literaria.

01 Jul 2018
1

ENTREVISTA A JUAN VILLORO

Por Alejandro Duchini

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

Su última visita a la Argentina le despertó al mexicano Juan Villoro la idea de retomar una novela que consideraba perdida, le dice a LA GACETA Literaria al ejemplificar cómo los viajes influyen en su literatura. “Es difícil saber cómo llegan las ideas, pero llegan. Cada escritor tiene sus manías”, completa. Villoro, que acaba de presentar en nuestro país La utilidad del deseo, un libro de ensayos que se complementa con Efectos personales y De eso se trata, pasó por la Feria del Libro para intercambiar ideas futboleras con su colega Eduardo Sacheri y darle forma a la obra de teatro porteña “Conferencia sobre la lluvia”, interpretada por Fabián Vena. La anterior, “Filosofía de vida” (con Alfredo Alcón y Rodolfo Bebán), reunió las mejores críticas. Los elogios continúan con los otros textos de Villoro, que van desde el cuento y el ensayo a la novela y el periodismo. Además incurre en los relatos infantiles. Y nunca le falta el fútbol.

“Siempre he tenido ciertos deseos de ser un autor argentino”, dice y sonríe. Hablar con Villoro es un placer. Se muestra atento, gentil y se toma todo el tiempo del mundo para contestar con precisión. Sus respuestas parecen un mecanismo de reloj: empiezan donde deben empezar y terminan donde deben terminar. Sabe cómo cerrar el concepto sin que le sobre nada.

- La utilidad del deseo es un complemento de Efectos personales y de De eso se trata?

- De alguna manera, sí. Es un libro que me permite hacer lo que siempre he querido: dejar constancia de escritores que me entusiasmaron. Pero no de todos, porque muchos me cautivan pero no me impulsan a escribir nada en especial. En otros encuentro algo diferente, como una pista. Sobre esos autores fui escribiendo y espero poder seguir escribiendo. Se fueron juntando de manera casuística, porque no siempre dependieron de mí, sino también de algún editor o amigo que me pidió un tema puntual. Entonces esto responde un poco a los estímulos de la época y de la vida cultural mexicana. Ya hay un cuarto libro bastante avanzado que tiene ensayos sobre la relación entre la historia y la literatura. Hablo de autores como Ricardo Piglia y José Emilio Pacheco, entre otros. Pero pasarán algunos años antes de que lo tenga listo.

- ¿Cuánto tiempo te lleva madurar un texto?

- Es relativo. Porque a veces lees a un autor y de inmediato te provoca una reacción, como me pasó con Thomas Bernhard, un autor profundamente amargo, irónico, con un humor cáustico, que producía efectos cómicos brutales. Cuando terminé de leer unos diez libros suyos me dije que tenía que escribir sobre él. Lo pude hacer cuando me pidieron que escriba sobre escritores relacionados con el exilio. Él nunca estuvo exiliado, pero había un exilio póstumo: porque al morir, en su testamento prohibió que sus obras se representaran en el Burgtheater, donde siempre se estrenaron. Digamos que dijo “me muero y que en Austria no se monte mi teatro”: un exilio póstumo. Eso significaba su tensa situación con Austria. Me pareció apropiado, fue una reacción inmediata. En otros casos, por ejemplo con la gran literatura rusa, como Dostoyevski, demoré más. Son autores que leí mucho en la adolescencia, perfectos para esos primeros momentos de decisión: los de la primera juventud.

Lecturas en momentos clave

- Solés mencionar a los rusos. ¿Tanto te influyeron?

- Es que los leí en ese momento en el que la vida está abierta y todas las disyuntivas pueden tener distintas soluciones: te puedes casar con una persona o con otra, puedes asumir una carrera u otra, dejar de estudiar o seguir... todas esas grandes decisiones te llevan a las confrontaciones de los personajes rusos que siempre son extremas, decisiones complejas. La mayoría de los lectores de Los hermanos Karamazov juegan a ver con qué hermano se identifica, ¿no?: cómo asumir la vida, qué talante conviene. Esa lectura fue muy importante para mí. Pero con el tiempo me di cuenta de que cada vez que volvía a leerlos regresaba a esa juventud, me convertía de nuevo en ese lector entusiasmado, con una vida abierta que se planteaba todas las elecciones posibles: el compromiso político, la traición, la lealtad, la importancia de la patria, el crimen como una posibilidad moral y al mismo tiempo su contracara, la sanción necesaria, la penitencia, la fe sin tener certeza de que Dios existe.

Es decir, los predicamentos de los grandes personajes rusos. Cada vez que los vuelvo a leer ponen en juego ese momento de decisiones trascendentales que sólo ocurren en el umbral del pase de la juventud a la vida adulta. Por eso cuando escribí sobre ellos recuperé aquellos años. Esa es una de las cosas más extraordinarias de la literatura: puedes volver a esas lecturas y recuperas a la persona que fuiste.

- ¿Qué te significa ese regreso?

- Una de las cosas más difíciles y a la vez estimulantes es preservar dentro de ti distintas edades. Como en El Principito, cuando Exupery recuerda a su mejor amigo y dice “todos los hombres han sido niños, pero muchos lo han olvidado”. Él quiere dedicar el libro no al amigo de ahora sino al que fue. Parte de la sabiduría tiene que ver con recuperar edades y preservarlas. Es interesante que dentro de una misma persona puedan interactuar distintas edades: el de ocho años, el de 16, el de 24. Pero la mayoría de la gente tiende a suprimir eso. Baudelaire decía “tenemos de genios lo que conservamos de niños”. Hay un impulso en la creación artística que remite a esos momentos de la infancia. Como en el deporte: cuando Messi juega, juega como un niño que quiere conseguir un helado. Es evidente que tiene una pulsión liberadora que lo remite a la infancia y por extensión a todos nosotros, que somos niños volviendo al juego. La literatura puede establecer contactos con nuestro propio pasado, con las distintas edades que nos conforman.

- ¿Por eso también solés volver a esos textos?

- La infancia es la etapa más formativa. Cabría preguntarnos si después de los 12 años nos pasa algo trascendente de verdad, algo que nos permita cambiar como lo hicimos a lo largo de la infancia. Me parece muy formativo entender a alguien a partir del niño que fue. Escribí un ensayo sobre Rousseau en el que cuento que, como tantos intelectuales, fue un pésimo padre: tuvo cinco hijos y a los cinco los entregó a un orfanato. Y encima después de eso, y como buen intelectual, escribió El Emilio, un libro teórico de cómo educar a un hijo. Esta persona contradictoria era, sin embargo, uno de los principales filósofos de su tiempo. Escribió que el niño no es un medio para llegar a un fin, sino un fin en sí mismo. Es un ensayo fundacional de lo que será la psicología infantil. Los que escribimos literatura para niños debemos entender que se trata de un mundo propio. No les escribimos a los chicos desde una superioridad. La gran literatura infantil debe entender que se trata de un punto de llegada y no de un punto intermedio.

La felicidad y los niños

- Alguna vez escribiste que es necesario respetar los finales felices en la literatura infantil.

- La felicidad es un requisito o un recurso para todos nosotros. La Constitución norteamericana tiene como primer tema que todo el mundo tiene derecho a la felicidad. Creo que eso es válido para todas las edades. Lo que sucede es que en la edad adulta tenemos un sano escepticismo. Sabemos que existe la búsqueda de la felicidad pero también nos prevenimos pensando que no necesariamente la obtendremos. La sensatez es una válvula de seguridad para no decepcionarnos en exceso si Argentina no gana el Mundial o si la chica de nuestros sueños no nos hace caso. Entonces desarrollamos una tolerancia a la frustración. La vida adulta significa hacer las paces con un mundo insatisfactorio al que nos adecuamos con mayor o menor habilidad. Pero en la infancia hay mayor derecho a los deseos. En la infancia, como el destino es mucho más amplio, la búsqueda de satisfacciones tiene otro contenido. Por eso la literatura infantil promete una felicidad que también cumple. Es decir, no creo que tenga mucho sentido hacer una literatura de la decepción para chicos, una literatura que desmitifique el deseo, que acabe con las expectativas.

- ¿Entonces?

- Creo que la mente infantil está muy cargada de futuro, por lo tanto tiene derecho al cumplimiento de esperanzas. Por eso me parece que el escritor de libros para niños tiene el compromiso ético de lograr que los deseos se cumplan. Desilusionar a los chicos al decirles que el mundo es atroz y que van a comprar un billete de lotería y van a tirar la plata o que su equipo se va a ir al descenso sería romper con ese compromiso ético. Posiblemente todo aquello ocurra, pero más vale que lo descubran por su cuenta, cuando hayan pasado a una edad adulta. Pero no hay que tener la idea de que los milagros son fáciles. Lo más difícil es lograr que los personajes verdaderamente merezcan su felicidad. Que cuando el deseo finalmente se cumpla, el personaje haya pasado por las pruebas suficientes como para que el lector pueda decir que lo logró pero a cambio de una conducta que lo permitió. Ese es el trueque moral básico: se llegó al final feliz gracias a que el personaje tuvo entereza y valentía para lograrlo.

- ¿En qué situaciones se te ocurren las ideas? ¿Cómo te surgen?

- Todo es muy relativo. Es difícil saber cómo llega una idea. Pero una de las cosas más esenciales para ayudarme es viajar. Venía a Buenos Aires revisando un manuscrito de una novela que consideraba liquidado. Lo había dejado porque no le encontraba posibilidades. Pero en un entorno diferente al mío vi las cosas de otra manera y entonces ahora estoy entusiasmado de nuevo. No sé si podré continuarlo, pero el hecho de moverme y estar en un sitio sin referencias propias ni interrupciones me permite pensar casi como si fuera otro. Es casi como ese “agítese antes de usarse” de los viejos medicamentos. Sergio Pitol, gran amigo que acaba de morir (12 de abril de 2018), me decía que cada vez que quería empezar un texto se iba a un hotel, aun cuando estaba en su casa, para estar en un espacio neutro y empezar. Luego seguía trabajando en sus espacios habituales. Cada autor tiene sus propias manías.

© LA GACETA

PERFIL

Juan Villoro nació en 1956, en la Ciudad de México. Ganó el premio Herralde con su novela El testigo y el premio Antonin Artaud en Francia con su libro de cuentos Los culpables. Es autor de otros 20 libros (novela, ensayo, crónica, cuento y teatro). Dios es redondo, Conferencia sobre la lluvia y La casa pierde son algunos de los más célebres. Acaba de publicar La utilidad del deseo. Es profesor de la Universidad Pompeu Fabra y maestro de la Fundación Nuevo Periodismo de García Márquez. Fue profesor invitado en las universidades de Yale y Princeton. Es columnista de los diarios El País, Reforma y El Mercurio.

Comentarios