Hogar San José: el sueño vive en los más grandes

Antes del gol de Rojo el partido mantuvo en vilo a los abuelos.

27 Jun 2018

Lágrimas que se adelantan a las palabras; suspiros de alivio. Y las enfermeras alentando como si estuvieran en el estadio Krestovski. Así vivió el hogar San José el partido definitorio por la clasificación a octavos. A falta de los colores celeste y blanco en las camisetas, los corazones latían al mismo ritmo que el de los jugadores.

En la residencia que alberga a 60 abuelos, reinaba el silencio en la previa. Pasadas las 15, el árbitro da el pitazo inicial y el comedor se convirtió en el centro de la pasión mundialista.

Américo, de 76 años, afirma eufórico que el equipo “le gusta”. Hincha de San Martín y seguidor del fútbol en general, cree en Lionel Messi, no así en Jorge Sampaoli como DT. Con las pavas en mano, las cocineras comenzaron a repartir la merienda. En ese momento llegó Manuel, un fanático “decano” de 67 años. Aunque la amistad no los une, coincidieron en que el 1 a 0 del primer tiempo no era suficiente. Y una rara tensión se adueñó del ambiente.

En otra mesa, Ernesto se animó a palpitar un resultado: “Argentina gana por lo menos 3 a 0”. Además, explicó que el seleccionado perdió el anterior partido porque faltaba Franco Armani en el arco, independiente de su fanatismo por River. “Al Mundial anterior llegamos con lo justo, todavía nos queda fe”, cerró.

“Hacemos de todo”, afirmaron Patricia y Margarita, quienes son cocinera y mucama respectivamente, pero colaboran en las tareas que surgen día a día. La primera, antes del comienzo del encuentro, tomó el colectivo que la dejaría en Cornelio Saavedra 1.630, de lo contrario “no llegaba”. No quería ni arrimarse, contó Margarita. “No es sólo la emoción de nosotras (por el equipo asistencial), es también la de ellos, porque no se sabe cómo van a reaccionar”. Ella prefirió contener los nervios entre las ollas y las tazas.


A cuatro minutos del segundo tiempo, el VAR dio luz verde al penal para Nigeria, pese a las protestas del “Jefe” Javier Mascherano. La conversión de Victor Moses sorprendió a todos tomados de la cabeza en un gesto de negación ante una situación cada vez más compleja. “Quédense tranquilos, está todo bien”, animaba Irma, la enfermera, mientras se mordía las uñas.

No todos eran simpatizantes del Mundial, mucho menos del fútbol. Entre ellos se destacaba Nory, una entrerriana con domicilio en Tucumán, que prefiere otros deportes, como la natación. “No me gusta (el fútbol), palabra de honor. En su mayoría se vive con mucha violencia, dentro y fuera de la cancha”, reprochó.

Osvaldo se tomó, literalmente, las pastillas celeste y blanca, y se preparó para el segundo gol que se avecinaba. El tiempo corría y la pelota se escapaba del arco nigeriano, hasta que en el minuto ‘86, con un sorprendente remate de Marcos Rojo, el grito de gol imperó en todo el hogar. Algunos dedicaron el gol a sus nietos y otros abrazaron al más cercano.

Alcira lloraba frente a la pantalla con el sufrido 2 a 1 que sellaba la victoria argentina.

El padre Fabián, suplente del hermano Pablo, -ambos encargados de la institución-, no resistió la tensión: fue el relator oficial del milagro más ansiado a quienes no lograban ver bien la pantalla. Para él y para todos, el sueño continúa.

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