Locura bajo tierra

27 Jun 2018 Por Guillermo Monti

Dimitri no puede creerlo. Jamás en sus años de labor en la estación Gostiny Dvor había visto algo así. “Not real, not real” (no es real, no es real), repite en un inglés tan chapucero como, a fin de cuentas, comprensible. No es sencillo comunicarse con la clase trabajadora rusa. Dimitri se hizo a un lado, porque poner orden en el caos es una pérdida de tiempo. Es un caos pasajero, de apenas un par de horas, y tiene la forma de miles de hinchas que viajan desde el centro de San Petersburgo al estadio Krestovski. Los vecinos, al igual que Dimitri, optan por escapar hacia la avenida Nevski y buscar otra manera de viajar. El subte, colapsado y todo, es cosa de argentinos.

No es tan extenso e intrincado como el de Moscú, pero el sistema de subtes de San Petersburgo tiene motivos para enorgullecerse. Muchas de sus estaciones –que llegarán a 127 una vez que culmine el trazado, en plena ejecución por estos años- son maravillas arquitectónicas.

Las más nuevas, a medida que las cinco líneas van adentrándose en los barrios periféricos, se destacan como modelos de funcionalidad y buen gusto.

A este grupo pertenece la Novokrestovskaya, construida justo frente al estadio. El impacto para el visitante es absoluto, porque al emerger a la superficie el panorama es magnífico: de un lado, el río; arriba, una autopista sobre un puente; de frente, el estadio más caro del Mundial (costó más de 1.000 millones de dólares).

Pero volvamos bajo tierra. Una vez culminado el almuerzo, y después de alguna vuelta por el centro para aflojar las piernas y -tal vez-comprar un souvenir, a eso de las 16 los hinchas se encaminaron hacia la cancha. Fue una decisión coincidente y colectiva, como si de una colmena se tratara. Al mismo tiempo, todos confluyeron en Gostiny Dvor.

El andén de esta estación es distinto al de la mayoría de los metros. No se ve el tren que viene, porque las puertas están sobre la pared. Así es, por el ejemplo, el de Toulouse, en Francia. Resultado: un mundo de cabezas apretadas, a la espera de que el convoy diera señales de vida.

Si los cantos y los saltos estaban a la orden del día escaleras abajo y mientras esperaban el tren, a bordo el descontrol explotó. Todos los hits sonaron mientras la hinchada saltaba de acá para allá, provocando algunos inquietantes movimientos en los vagones.

A los himnos de apoyo para la Selección, incluyendo el obligado “movete, Argentina, movete…” se agregó un clásico de los últimos días, que tiene a los periodistas como blanco. Afortunadamente es un viaje corto, de sólo tres paradas. La descongestión fue idéntica a la de una lata de sardinas que explota.

Dimitri tiene una buena historia para contar: la del día en que San Petersburgo convivió con ese extraño y colorido ejército de entusiastas fanáticos del fútbol. Hace cuatro años, en Brasil, la fiesta de los hinchas argentinos fue un clásico en los subterráneos de Río de Janeiro y San Pablo. Ahora les tocó a los rusos. La experiencia de cantar y saltar en esa pequeña caja de resonancia, a toda velocidad bajo una ciudad imperial, produciendo un eco interminable, no se olvida jamás.

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