Floro Ugarte: la música, el arte que más se acerca a Dios

El destacado compositor argentino, que fue alumno en París de Gabriel Fauré, dirigió el Teatro Colón. Su vínculo familiar con Tucumán.

27 Jun 2018
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El Re menor de la ternura desabriga un sentimiento en el violín. El piano deambula expresivo. Gotas de tiempo fluyen apasionadas entre las cuatro cuerdas. Sílabas de amor. Ecos de luz. La melodía teje la armonía en el horizonte. Ella atardece su fragilidad en los pentagramas. La calva morena la piensa. Sueña esos besos urgentes en París, cuando la mirada de Rosa Bemant le hace tartamudear el corazón. Es 1928 cuando de su lápiz brotan corcheas enamoradas que evocan el encuentro.

Ese 15 de septiembre no es un día cualquiera en el Buenos Aires de 1884. La música está pariendo un changuito. “Me inicié en la música siendo un chiquilín. Tenía 10 años. Mi primer instrumento fue el mandolín. Se tocaba con púa. Aconteció en las afueras de Buenos Aires, en aquel famoso hotel Las Delicias, en Adrogué, en esa época, muy frecuentado, con decirles que iba Carlos Pellegrini. Y él justamente propiciaba mi inclinación musical, diciéndome: ‘Vení, pibe, traé el mandolín y tocá algunas piezas’. Con agrado me dirigía a una especie de terraza y, bueno, rasgueaba. Había que escuchar cómo me aplaudían. Y luego, Pellegrini llamaba cariñosamente a las chicas para que me dieran un beso. Yo me ponía colorado, pero no puedo negar que me gustaba”, evoca.

El violín se confiesa ahora en un Sol menor tiernamente melancólico. “Después colgué el instrumento y me inicié con el violín estudiando con Hércules Galvani, pero Europa era mi meta; se cristalizó en 1904. Allí descubrieron que el talento se encontraba en la composición; aclaro que así lo sentía. Cursé un preparatorio con Alberto Lavignac para ingresar al Conservatorio Nacional de París. Fui el único argentino que lo logró, a pesar de la severidad de Gabriel Fauré”, cuenta. Félix Fourdrain le da las clases de contrapunto, composición e instrumentación.

Genuino impulso

Regresa al pago en 1913. Amasa en su interior partituras que verán la luz a partir de la década del 20. “Al retornar al país formé parte de la generación que indudablemente ofreció un genuino impulso a la música argentina, entre los que se encontraban Carlos López Buchardo, Celestino Piaggio, Constantino Gaito, Felipe Boero, con quienes conformamos la Sociedad Nacional de Música. También trabajamos profusamente en la creación del Teatro Colón. Hasta ese entonces se lo alquilaba a un empresario. En 1924, fui su director técnico y retorné en 1938 por espacio de siete años consecutivos”, dice.

“Entre las montañas”, su opus 9, se mece en la batuta de Richard Strauss, al frente de la Filarmónica de Viena. La ópera Saika llega al escenario del Colón en 1920; el público la aplaude y el éxito se corona con Premio Municipal a la mejor obra lírica. Las resonancias francesas se hermanan con las criollas y configuran una impronta nacionalista. Las dos suites “De mi tierra”, las páginas para canto y piano (“Caballito criollo”, “La Shulca”), la Sinfonía en La mayor (premiada por la Comisión Nacional de Cultura), el olvidado Concierto para violín, el Tango para orquesta, dan fe de ello.

Milán. Fines de los 30. Tropieza en la calle con don Arturo: “Perdón, maestro, soy director del Teatro Colón”. Un “molto piaccere” de compromiso es la respuesta. ““No vuelvo más a ese país”, había decretado en 1912 el célebre director, luego de un incidente empresarial. Cuando le dice su nombre las nubes se disipan. Toscanini afloja. En 1940 desembarcará en el Colón con la orquesta de la National Broadcasting Company.

Una florcita de su corazón se radica en Tucumán. Silvina se casa con el arquitecto Pedro Prioris y da a luz cuatro hijos. Visitas de abuelo a este jardín zafrero. Es incansable. No solo compone. Imparte varias asignaturas en el Conservatorio Nacional de Música de Buenos Aires, donde luego ejerce como director. Funda la Sociedad Nacional de Música. Es profesor en la Escuela Superior de Bellas Artes de la Universidad de La Plata.

Como una religión

“Para mí la música es como una religión. Los sonidos no dicen nada; es la forma de cómo se dicen. Entonces, sí se puede llorar. La música es el arte que más se acerca a Dios y es universal. Para ello, la composición es el punto de partida para lograr una obra musical. Ella, naturalmente, es la que se escribe y luego se ejecuta, por ende, es indispensable, pues sin una creación, los instrumentos no juzgarían absolutamente nada, es la base de todo. Compositor y ejecutante, dos formas y una sola función. A veces el creador puede ejecutar sus propias obras, pero lamentablemente descuida un poco el estudio de la interpretación por una simple razón: el compositor debe pasar muchas horas sobre un papel de música. Yo he trabajado en varias oportunidades hasta la madrugada y ello implica que los dedos se endurecen. La imaginación es más importante”, comenta.

El violín danza vivaz en un Re mayor. Traduce y prologa “Yo soy compositor”, libro del compositor Arthur Honegger. “Llego a esta avanzada edad envuelto en un mundo de recuerdos y con la conciencia de haber sido útil a mi país en el campo de las actividades que he desarrollado sin fatiga durante tanto tiempo. Evoco con cierta nostalgia, pero con la convicción de que no fueron vanos mi entusiasmo y mis esfuerzos, mi juventud en el Conservatorio Nacional de París, donde fui alumno de Gabriel Fauré; el estreno de mi ópera Saika en el Colón, dirigida por Tulio Serafín, mi cordial vinculación con Fiodor Chaliapin, Leonard Warren, Lily Pons, Erich Kleiber y Fritz Busch”, dice.

1975. Miércoles 11 de junio. Los murmullos del violín y el piano dibujan la ternura en la ventana del otoño. Los 90 años toman de la mano esa sonata de amor y el alma de Floro Ugarte se escapa por la hendija de la eternidad.

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