La “Venecia” del norte

26 Jun 2018 Por Guillermo Monti
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“Querido pasajero: hay 500 puentes en San Petersburgo, pero usted tiene sólo una cabeza”. La advertencia se lee en la cubierta del barco y hay que tomarla en serio, porque una distracción puede ser fatal. El paseo está por empezar: una hora por los canales que recorren el casco histórico de la antigua capital imperial y vale la pena disfrutarlo con los sentidos bien despiertos. Así, sobre el agua, el primer vistazo a la ciudad es más impactante. Pero cuidado con ponerse de pie al cruzar por debajo de los puentes, porque algunos se elevan apenas 2,40 metros y sobre cubierta eso puede equivaler a una decapitación.

Está fresco y de a ratos sale el sol. Los 24 asientos al aire libre están ocupados; la mayoría, por argentinos. Cada uno pagó 800 rublos (unos $ 350) por un viaje a través de los más atractivos vericuetos de la “Venecia del norte”. Un dinero muy bien invertido. Y varios compraron la foto-souvenir, tomada antes de partir y estampada en un platito con filigranas típicas de la zona. ¿A cuánto? 400 rublos. ¿Una ganga? Mmm…

“Esto es una maravilla”, sintetiza Miguel Sanchorena. Él y su hijo, Iñaki, se dan un gusto reservado para pocos: navegar por San Petersburgo tomando mate. Son de Benito Juárez (Buenos Aires). Detrás, también fascinada, se agrupa la familia Giménez (Ernesto, Miriam y Adrián), llegados desde la lejana Río Gallegos (Santa Cruz). “Increíble”, define Ernesto.

Los bombardeos nazis no pudieron con el corazón de San Petersburgo. Durante esos más de dos años y medio la ciudad se llamaba Leningrado. La zona céntrica, alrededor del antiguo hogar de los zares -el inconfundible Hermitage-, es Patrimonio de la Humanidad. El conjunto de palacios, iglesias, plazas y parques, construidos en torno del río Neva, de sus canales y de sus afluentes, conserva lo señorial y lo imponente. Si Moscú sorprende por la abrumadora mezcla de lo clásico y lo moderno, San Petersburgo lo hace por la historia que fluye de cada uno de sus edificios, por la vida que se irradia desde la avenida Alexander Nevski y por la impronta que le dio su fundador, Pedro El Grande, y que se mantiene hasta nuestros días.

Hay puentes que, de tan anchos, parecen túneles. Es de día, pero durante un pequeño tramo la oscuridad se hace casi total. Las cámaras de los celulares trabajan a full. Saliendo de ese cono de sombras se abre la bahía y el esplendor de San Petersburgo golpea de lleno. Si el barco marchara en línea recta terminaría en el mar Báltico, pero gira y vuelve a internarse en los canales. A los lados se repiten los palacetes, los hoteles y las tiendas de primeras marcas. Flavio Décimo viaja con su hijo y no puede evitar la tentación de hablar un poco de fútbol. Está orgulloso del ascenso de Gimnasia y Esgrima de Mendoza a la B Nacional y pronostica que pronto estará enfrentando a Godoy Cruz en Primera. Anhela un clásico, como el que ya tiene Tucumán.

Claro que hay otra San Petersburgo. Los rascacielos que por ordenanza no puede construirse en el centro proliferan en el populoso cinturón que lo rodea. Más de 5 millones de habitantes viven en la ciudad, la segunda en tamaño y en importancia de Rusia después de la capital. En una de esas zonas, cruzada por una autopista de perfiles futuristas, se erige el estadio Krestovsky (Gazprom Arena es su nombre comercial, pero no puede emplearse durante el Mundial). La capacidad de asombro jamás se agota cuando de conocer nuevos estadios se trata. Con forma de plato volador, de líneas simétricas y perfectas, es el hogar de Zenit, el equipo en el que juega Matías Kranevitter. Llegar allí es sencillo, porque hay dos paradas de subte al frente. Puede albergar 70.000 espectadores y costó más de U$S 1.000 millones.

El barco está a punto de atracar y casi no hay tiempo de procesar tanta belleza, porque las atracciones de San Petersburgo llaman y a la habitual procesión de turistas se suman los visitantes atraídos por el Mundial. Caminar por la avenida Nevski es un desafío no apto para impacientes. Eso es lo bueno de andar por el agua: es a prueba de aglomeraciones y asegura la posibilidad de capturar para siempre un paisaje urbano inigualable.

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