La vecina de la casa Sucar que nunca perdió la sonrisa

La pronta reapertura de la casa Sucar es excusa para espiar el vecindario. Historia del Ateneo solidario dedicado a cuidar la salud bucal.

24 Jun 2018 Por Nora Jabif
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LA CASA VECINA. Sin la escala de la Casa Sucar, su vecina de Salta 530 busca desde 1967 garantizar sonrisas. En el Ateneo, más de 60 odontólogos donan 16 horas mensuales para tratar casos de ortopedia de los maxilares y ortodoncia a pacientes de escasos recursos de la provincia. Aquí, parte del equipo. la gaceta / Foto de José Nuno

En esta ciudad de Tucumán que en un siglo ha ido resignando muchas de sus señas de identidad, la avenida Salta al 500 parece hoy un bastión decidido a tensar la cuerda con el mercado inmobiliario. Mientras la municipalidad capitalina se prepara para reabrir - ahora como un espacio propio- la famosa Casa Sucar, el transeúnte que circula por la cuadra se pregunta, curioso, cómo serán, y cómo habrán sido, las otras tres viviendas de las primeras décadas del siglo XX que hasta ahora han sobrevivido a la piqueta, y que, cada cual con su estilo, le imprimen un aire particular al boulevard sobre el cual están emplazadas. Y se preguntan, también, cómo habrá sido la vida pasada de los vecinos del barrio. Precisamente, en esa tarea de rescate están los integrantes del Instituto de Historia de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), con un equipo que dirige la arquitecta Ana Lía Chiarello.

El Ateneo

A la llamada “casa Asfoura (ahora sede de la Gendarmería) y a su vecina “casa Kuchar” se suma, además de la casa Sucar, la “casa Casbas” (tal el apellido de su antigua propietaria) o “Guzmán Alvarado”, por el apellido de quien la construyó. Si a las otras casas que integran este conjunto arquitectónico de valor patrimonial nunca les faltaron las risas (así lo destaca Liliana Asfoura, que vivió en la cuadra gran parte de su vida) en la casa Casbas esa risa ha sido -y sigue siendo- el objetivo principal. Allí funciona desde 1967 el Ateneo Tucumano para el tratamiento de las Disgnacias, una organización civil sin fines de lucro dedicada a la salud bucal para personas de escasos recursos (ver “El Ateneo quiere recibir más chicos”).

Es viernes, y el Ateneo -como lo llaman con cariño los 60 odontólogos que brindan su trabajo en forma gratuita- está concurrido, lleno de chicos acompañados por sus padres. Marcos Goldman, Carolina Papa, María Belén Arguello, Dolores Farall y Patricia Fresco, integrantes de la asociación, cuentan con inocultable orgullo que el frente de la vivienda se ha mantenido intacto. “Al resto lo fuimos adecuando a las necesidades del servicio que ofrecemos”, coinciden los odontólogos, en su charla con LA GACETA. “Era una casa chorizo típica”, destaca Carolina Papa, cuyo padre, Sebastián Papa, fue uno de los fundadores del Ateneo, en 1967. “Lo nuevo es el salón de conferencias y auditorio y la clínica nueva, con 14 sillones para atención simultánea”, añade.

Lo que permanece de la construcción original (que primero fue alquilada, hasta que pudieron reunir los fondos para comprarla) está a la vista: la fachada, el portón en hierro que lleva como ornamento la sigla del profesional que la construyó, la carpintería de las zonas de acceso, pisos de mosaico típicos de muchas de las casas del Tucumán de los años 20 y el ventanal multicolor con aires art nouveau que bordea el hall de acceso a la vivienda. El patio, renovado, guarda la huella de las viejas casas chorizo.

La arquitecta Chiarello, que dirige al equipo que investiga la morfología y la historia del grupo de las cuatro casas que le dan una identidad especial a la avenida Salta al 500, explica que la casa “Guzmán Alvarado” fue un chalet “a medio camino entre pintoresquista y casa chorizo”. “La casa se ha ido depurando hacia un lenguaje italianizante. Arquitectónicamente no tiene nada en común con la casa Sucar. Mientras que la casa Sucar es más moderna en términos de la época - aun cuando fue construida después- la casa del Ateneo responde más a tipos arquitectónicos preexistentes, responde más al tipo de la casa chorizo”, explica. De todos modos, destaca, lo importante es el conjunto de las cuatro casas, en el contexto, en la particularidad de ese boulevard.

Memoria de barrio

Pero la memoria del barrio no solo son unas cuantas fichas técnicas. Por eso, en este envión para reconstruir la historia de esta parte de la ciudad, seguramente alguien le contará al equipo de la UNT que en esas casas había fondos con árboles frutales y gallinas; que los chicos del barrio saltaban las tapias para robar nísperos, y que cantaban en el coro de la iglesia de la esquina. Y les contarán, también, que hay que mirar hacia el otro boulevard, el de la calle Catamarca al 500, con un pasado de hoteles y prostíbulos que se alborotaban cuando llegaba el tren cargado de pasajeros y de mercancías; con las ferias que se armaban de improviso alrededor de los productos recién llegados, con los vecinos que se agolpaban para llevarse la mejor vizcacha. Historias de barrios vibrantes, de vecindades a la espera de ser rescatadas del olvido.

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