Dos generaciones separadas por la historia

20 Jun 2018 Por Guillermo Monti

Corre 1989, una bisagra en el devenir del siglo XX (ese al que Eric Hobsbawm definió como el “siglo corto”, porque lo resume entre la Primera Guerra Mundial y la caída del Muro de Berlin). Christiane, socialista a toda prueba, defensora a ultranza del régimen de la República Democrática Alemana -la antigua Alemania Oriental-, cae en coma. Despertará ocho meses más tarde, cuando la cortina de hierro ya no existe y Alemania ha vuelto a ser una sola. Alexander se desespera. ¿Qué pasará con su madre cuando se entere de los cambios? ¿Podrá soportarlo? Ella sigue convaleciente, así que para evitarle disgustos, y con la ayuda de un amigo estudiante de cine, construye una realidad paralela en la que el comunismo sigue vigente. Filman falsos noticieros con los que Christiane vive engañada. Así es la trama de “Goodbye Lenin” y mejor no contar lo que viene después, porque es una película que vale la pena disfrutar.

Rusia es un país poblado por millones y millones de Christianes. Dormían, y cuando salieron del sueño el gigante que parece inamovible había implosionado. El desmembramiento de la antigua Unión Soviética obligó a la población a someterse a un curso acelerado de capitalismo y democracia al modelo occidental. Sobre lo ocurrido en los círculos del poder se viene hablando y escribiendo desde hace más de 20 años. ¿Pero qué hay del ciudadano común, ese que vivió el cimbronazo en carne propia, el que debió modificar sus hábitos empujado por la realidad? Es uno de los intríngulis más fascinantes cuando, caminando por Moscú, asoma ese mar de contrastes.

Desde ese lugar, la rusa es una sociedad partida al medio. A los mayores de 40 no se lo contaron. Fueron protagonistas de aquel mundo bipolar, en el que su país -un conglomerado reunido a la fuerza bajo el paraguas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas- peleaba mano a mano con Estados Unidos por la supremacía en la política, en la economía, en el arte, en la tecnología y en el deporte. Si la URSS se desmoronó como un castillo de naipes no fue por culpa de su pueblo. Los rusos, azorados, contemplaron los veloces procesos independentistas de los Estados bálticos, de ucranianos, de georgianos, de bielorrusos, de armenios, y así. Pero la procesión más fuerte se sintió fronteras adentro, de la mano de una apertura a la que, sencillamente, no sabían cómo manejar. Nadie los preparó, nadie les enseñó.

Los que eran chicos y poco y nada recuerdan; los que nacieron tras la caída del muro; miran la etapa soviética como una película. No es la ficción de “Goodbye Lenin”, es un documental riguroso y complejo, en el que se mezclan los logros de una sociedad construida desde el modelo marxista con los errores y las frustraciones que sus mayores no consiguieron enderezar. Hasta que un día todo se vino abajo.

Una Rusia dicotómica

Fuera de la Plaza Roja, con su burbuja de shoppings, hay una Rusia dicotómica. Se la percibe en los barrios, en los supermercados, en el subte, en los bares sin glamour. Hay ancianas de vestido negro y pañuelo en la cabeza que marchan cabizbajas con la bolsa de las compras. Hay muchos, pero muchos hombres a quienes la vida parece haber arrollado como un tractor, entrados en kilos, de mirada huidiza. Rusia padece un doloroso problema de alcoholismo y de violencia doméstica. Aquí se toma vodka como si el mundo fuera a acabarse en cuestión de minutos. Hay una clase de trabajadora que jamás podría acercarse a todo lo que la Plaza Roja ofrece. Y a la vez, moviéndose casi en sincronía, hay chicas y chicos cortados por la tijera del consumo, casi todos uniformados con leyendas en inglés en las remeras y subidos a la nación fast food. Quedan viejos Lada de la década del 80 circulando entre Jaguars, Porsches y Maseratis.

Son dos Rusias en una, condensadas en una transición a la que el tiempo, inexorable, le pondrá fin. Llegaría el día, y no falta tanto, en la que no habrá más ancianos de la tribu capaces de contar cómo era aquella época. Es el destino de los pueblos. La clave del momento es ser capaces de dar un paso atrás para mirar este cuadro pintado por dos artistas, uno comunista y otro capitalista. Son los colores del Mundial y de su gente.

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