El encuentro con un fantasma

19 Jun 2018 Por Guillermo Monti
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LA GACETA / FOTO DE GUILLERMO MONTI (Enviado Especial)

Es una noche casi veraniega en Moscú. Fresca, agradable. Invita a caminar y a aprovechar la tregua de un par de horas que ofrece el sol. Pronto, a las 2 de la mañana, empezará a clarear. Hay una placita rebosante de verde, a pocas cuadras de la estación de subte Prospekt Myra, poblada por algunas familias y por un grupo de adolescentes dotados de skates y monopatines. La zona de juegos infantiles está en calma. Es un espacio colorido, con una especie de pelotero en forma de barco, pasamanos y toboganes. Pero a un par metros, en una hamaca, se nota una presencia discordante.

La chica tendrá unos 20 años. Es rubia -vaya novedad entre las moscovitas-, con una blancura deslumbrante en la cara y en los brazos. Lleva una pollera negra bien larga, de esas que llegan hasta los tobillos, y una blusa azul. El mismo color de la vincha. Se hamaca muy despacio, casi sin impulsarse. Como si fuera el viento el que la acompañara en ese vaivén hipnótico. Tiene la vista clavada en el horizonte, soñadora. El gesto es de una placidez absoluta. Al lado de la hamaca dejó una bicicleta que llama la atención: es casi una antigüedad, con el cuadro negro que parece de hierro, las ruedas gruesas y un timbre plateado sobre el manubrio.

Algo no encaja. Será porque la vida alrededor marcha a un ritmo distinto que en la zona de juegos. Los autos pasan, la gente camina, pero en ese rincón de la plaza, de repente, el fresco se convirtió en frío. O tal vez sea una sensación. El episodio, que duró un puñado de segundos, parece prolongarse durante horas. La chica ensaya una sonrisita tímida, se aferra a las cadenas de la hamaca y de un salto se pone de pie. Es altísima. O posiblemente sea una cuestión de perspectiva, porque hasta las dimensiones fueron diluyéndose y se hace difícil medir y comparar. Mientras prepara la bicicleta, ella gira y se queda mirando un bloque de edificios, en la vereda del frente. Es una de esas construcciones de la era soviética, cuadrada y enorme, con mil ventanitas y ningún balcón.

Rusia es tierra de leyendas y supersticiones, alimentadas por genios literarios que supieron recoger cada historia, brindarles mil vueltas de tuerca y devolverlas en forma de irresistibles piezas artísticas. Los medios moscovitas anuncian una puesta de “Rusalka”, la ópera de Antonin Dvorak y Jaroslav Kvapil. Rusalka es una especie de duende que vive en al agua, cuyo desesperado deseo es transformarse en humana para encontrar el amor de un hombre. Para eso está dispuesta al sufrimiento. Sí, hay óperas en pleno Mundial. Las brujas, los aparecidos y los monstruos cruzan la geografía del país. Nada más terrible -afirman-, que encontrarse con un upiro, nombre que reciben los no-muertos. Son un poco zombis, un poco vampiros, implacables en su maldad. Rusia es un país maravilloso, pero cuidado con la oscuridad que yace en sus grietas.

Una moto, de las muchas que circulan a toda velocidad por el barrio, irrumpe en la noche y provoca la distracción. Esa fracción fue suficiente para perder de vista a la chica. No está por ninguna parte. ¿Cómo hizo? ¿Se fue? En un banco, detrás de la zona de juegos, un matrimonio conversa mientras vigila un cochecito. El hombre está con ganas de decir algo, aunque no se anima a hacer señas. Es cuestión de acercarse. Habla en ruso, y después de un rato, advirtiendo el desconcierto, en un inglés correctísimo explica: “you saw the ghost”, señalando con el dedo justo donde estaba la bicicleta. “Viste al fantasma”. Sólo queda sacarle una foto a la hamaca y seguir camino.

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