Diario del Mundial, día 5: a Messi nadie quiere verlo triste

17 Jun 2018 Por Guillermo Monti
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Es difícil penetrar en la coraza de los rusos. Lleva tiempo. Es una cuestión de confianza, condición que no se presta ni se regala con facilidad en estas tierras. Sería arriesgado afirmar “los rusos aman a Messi”. ¿Quién puede arrogarse la potestad de saber cómo, cuando y por qué aman los pueblos? Tal vez amen a Messi. Tal vez los seduzca al extremo de rozarles el corazón. Pero algo es seguro: lo admiran. No hubo y difícilmente habrá un Messi ruso, como es improbable la aparición de un Maradona chino o de un Usain Bolt argentino. Por eso, porque no lo tienen y porque desearían tenerlo, porque los deslumbra con la pelota, por tanta admiración, los rusos no quieren verlo triste.

El Messi que entró a la cancha del Spartak tenía la vista arriba, acechante como el felino que huele la presa. El que pateó el penal miraba al frente, ¿con un atisbo de duda?, sin lucir del todo convencido. El del epílogo, cuando el 1 a 1 era cosa juzgada, revoleó una pelota hacia el más allá y se marchó mirando al piso. Demasiada amplitud emocional para una tarde de fútbol. El Messi de otro mundo, el que todo lo puede, se calza la armadura de ser humano y se le desdibuja la sonrisa. Ayer regaló la carita de nene cuando Agüero encontró el gol y al rato ya lo acompañaba el gesto adulto, propio de sus 30 años. Cuando está feliz, Messi es un chico con un juguete.

Cuando está contrariado -lo que pocas veces sucede, y casi siempre tiene que ver con la Selección- sube al escenario el Messi sin maquillaje.    La TV rusa invitaba el viernes a ver los goles de Messi. No hablaban del partido, ni de Argentina, mucho menos de Islandia. “No se lo pierdan mañana”, decía un locutor. Es el cuarto Mundial de Messi, pero para los rusos ayer era todo un debut. La publicidad ignoró por completo a los equipos.

Bastó con una imagen gigante de Messi, esa en la que aparece serio, altivo, casi un conquistador de brazos cruzados y actitud desafiante. Un imán que hace mucho más que sacarle el jugo a la pelota y vender infinidad de productos desde los afiches. Messi, omnipresente. Messi, ídolo transnacional. Está en España, en Argentina y en todos los confines. Y en Rusia, lejana geografía a la que llegó para triunfar, aunque ayer se haya diluido en la bruma.Da la sensación de que, en la cancha, Messi nació para mirar lo que pocos quieren ver. Cuando entristece se le nubla la vista. Posiblemente, para animarlo con miras a las batallas que vienen, los rusos se animen a negar su idiosincrasia y le regalen una incuestionable declaración de amor. Puede que la admiración que le profesan se transforme en otra cosa, más profunda, irracional.

Este Mundial cuenta con varias figuras, con algunas estrellas y con Messi. A los rusos, tan poco dispuestos a las demostraciones de afecto, les tocó ver ese costado menos glamoroso que Messi desnuda de tanto en tanto. Y seguramente no les gustó. Nadie quiere verlo así, no, el Messi de todos es el que transita feliz por la vida y por las canchas. Anfitriones: habrá que ponerse románticos. Messi lo necesita. 

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