Singular maltrato a los monumentos

Una historia de destrozos, desapariciones y desguaces

17 Jun 2018

Con toda justicia, Tucumán se enorgullece de su tradición espiritual. Nos ufanamos de la Generación del Centenario, del Taller de Spilimbergo, de la Fundación Lillo, de la tarea de nuestros poetas, escritores, músicos y actores, de nuestras cuatro universidades y de muchos otros indiscutibles méritos locales.

Y es por eso mismo que resulta extraño el maltrato que hemos dado a las esculturas emplazadas en lugares públicos de nuestra ciudad capital. Ese maltrato se ha expresado tanto en desapariciones como en mudanzas y desguaces. Son atentados que no parecen haber importado a nadie.

Dos veces Garcilaso

El 11 julio de 1916, como uno de los actos del Centenario de la Independencia, el gobernador Ernesto Padilla descubrió, en la intersección del Camino del Perú y avenida Aconquija, un busto en bronce de Garcilaso de la Vega. Era un homenaje a quien en sus “Comentarios reales” de 1609, narraba que “embajadores del reino llamado Tucma, que los españoles llamaban Tucumán”, se presentaron a fines del siglo XIII o principios del XIV ante el Inca Viracocha, para pedir que los pusiera bajo su jurisdicción, a tiempo que le ofrecían frutos de esa tierra.

Hacia 1927, la efigie fue decapitada por vándalos. El 11 de setiembre de 1928, se descubrió una nueva, también de bronce, obra de Juan Carlos Iramain. Nuevamente fue destruida o robada por manos anónimas años más tarde. Ya no se intentó reponerla.

Benjamín Aráoz

El 28 de noviembre de 1917, se inauguró el monumento al gobernador Benjamín Aráoz, al centro de la avenida que lleva su nombre. Costeado por suscripción pública, lo ejecutó el escultor Juan Bautista Finocchiaro. Era un trono de mármol que llevaba al centro un altorrelieve en bronce con el rostro de Aráoz. Debajo, se emplazaba una gran placa de mármol con la leyenda de homenaje.

Pasaron varios años y, en algún momento (¿década de 1930 o 1940?) todo el conjunto desapareció. No hemos encontrado constancia de las razones aducidas para eliminar el tributo al gobernador que inició la dotación de aguas corrientes a Tucumán, para referirnos sólo a una de sus memorables medidas de estadista.

Antonino Lamberti

El 24 de marzo de 1929, el intendente Juan Luis Nougués, al inaugurar el parque Avellaneda, colocó en uno de sus jardines un busto en mármol de Antonino Lamberti, el poeta de “Montaraz” y “Flor del aire”, gran amigo de Rubén Darío y de Almafuerte. Era un tributo expresivo del cariño que Lamberti había ganado entre los tucumanos.

Llegó en julio de 1925, a pasar unos días. Ya tenía 81 años pero pareció rejuvenecer entre nosotros. Lo agasajaban tanto, que resolvió quedarse definitivamente en Tucumán. Pero un ataque cerebral puso fin a su vida, cuando conversaba en el “hall” del hotel Savoy, el 23 de setiembre de ese año. Algún día de la segunda mitad del siglo XX, el busto de Lamberti desapareció. No se conoce su paradero hasta la fecha.

La fuente y Roca

En la plaza Independencia, desde fines del siglo XIX, existían dos fuentes. Una se encuentra, hasta hoy, sobre calle 24 de Setiembre. La otra, que era idéntica, se hallaba a la misma altura, emplazada sobre calle San Martín. Fue retirada de pronto, hace muchos años, sin que se explicaran las razones. No se sabe el paradero que tuvo esa valiosa pieza de bronce.

Hasta aquí, hablamos de desapariciones. Pero está también el caso de un monumento que fue desmantelado sin respeto alguno por su concepción, su simbolismo y su valor artístico. Nos referimos al del general Julio Argentino Roca, dos veces presidente de la República. Obra confiada, tras concurso nacional, al escultor Ángel Ibarra García, se la emplazó en la rotonda de entrada al parque, en la intersección de las avenidas Brígido Terán y Alberto de Soldati con Benjamín Aráoz.

Desmantelamiento

En un imponente basamento, estaba colocada la efigie en bronce de Roca de pie, con sus galas de teniente general. Alrededor se distribuían cuatro grandes bajorrelieves, también en bronce, que ilustraban aspectos de su acción de estadista y de militar. El acto inaugural, realizado el 17 de julio de 1943, fecha en que se cumplía el centenario del nacimiento de Roca, congregó a una multitud.

Un día de 1963, la Municipalidad dispuso sacar el monumento de ese lugar. El pretexto era que creaba peligro para los aviones del entonces cercano aeropuerto. Pero en ningún momento se pensó en despiezar con cuidado el conjunto y rearmarlo, tal como era, en otro lugar. Con la velocidad habitual en las demoliciones, todo el cuidadoso trabajo de Ibarra García fue echado abajo, a golpe de piqueta, y la estatua sola se colocó sobre una minúscula base de hormigón, sobre la avenida Soldati.

Las mudanzas

Tan ridícula parecía, que meses más tarde se la mudó al centro mismo del parque 9 de Julio, frente a la casa de la administración. Rápidamente se confeccionó un nuevo basamento, y allí la inauguraron el presidente José María Guido con el interventor federal Alberto Gordillo Gómez, el 24 de setiembre de ese año 1963.

Pero estaba escrito que ni siquiera en esa nuevo ubicación (donde ni por asomo tenía la majestuosidad original) la estatua de Roca iba a quedar tranquila. En 1977, nuevamente demolieron su base y la mudaron. Quedó donde se encuentra hoy, a la entrada del parque por la avenida Gobernador del Campo, con una base baja y lisa. Por cierto que los relieves no la acompañaban. Se optó por distribuirlos en los arcos que se erigieron en las cercanías. Así, la obra de Ibarra García había sido desbaratada y empequeñecida.

Rivadavia y otros

En la calle Bolívar, entre Ayacucho y Chacabuco, existía desde la década de 1930, la plaza Bernardino Rivadavia. Allí se colocó un busto en bronce del prócer, obra de Juan Carlos Iramain. No se libró del vandalismo, ya que en 1955 fue cubierto de alquitrán. Pero la esperaba otra desventura. En 2014, la plaza fue rebautizada “Plaza de los Decididos” y se retiró el busto de Rivadavia, sin explicación pública alguna. No sabemos el paradero de la escultura. No deja de ser curiosa esa reciente abominación hacia el prócer: su nombre también se retiró, en 2016, de la arteria que lo llevaba desde 1867.

El 8 de octubre de 1963, el interventor municipal, arquitecto Juan Padrós, inauguró en la plaza Urquiza, en el sector que mira a la avenida Sarmiento, un busto del doctor Ildefonso de las Muñecas, el famoso cura guerrillero de la Independencia. La efigie desapareció años más tarde, sin que se sepa su paradero.

La misma plaza tenía un excelente busto en bronce del vencedor de Caseros. En 1979, se resolvió remodelar el paseo. Entonces, fue retirada la escultura y reemplazada por una estatua de Urquiza de pie, extrañamente ataviado con una capa. Por suerte, el busto de bronce pasó al Museo de Bellas Artes y no desapareció, como en los otros casos.

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