El “Edén” de la amabilidad

En el Fan Fest, todo es alegría y buena onda

15 Jun 2018
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UNA MAREA HUMANA. Rusos y extranjeros que no consiguieron entradas para presenciar los encuentros se concentran en el Fan Fest. Allí no hay diferencias. Todos disfrutan por igual. la gaceta / fotos de leo noli (enviado especial)

Si uno esperaba encontrarse con un volcán de felicidad en cada corazón ruso, pase y siga la flecha. A su casa, con caracol y todo. Empezó el Mundial y la mejor forma de sentirlo para aquellos que no dispusieron de la moneda para la entrada al partido inaugural, era el Fan Fest de la FIFA. ¡Qué lugar, por Dios! Este parque bien protegido que da hacia los jardines de la Universidad Estatal de Moscú, un monumento arquitectónico del pasado en forma de decorado a una panorámica increíble y desconocida también.

El capitalismo, el consumismo desbandado tomó por asalto la austeridad de una historia rusa que lejos estuvo y está, pese a este veranito por el Mundial, de hacer culto del despilfarro. Pero en el Mundial todo lo vale, así lo entendió Vladimir Putin, el presidente de un país que cuando lo ve se rinde a sus pies. Al menos eso demostraron los dueños de casa en un Fan Fest atestado de colombianos, peruanos, los dos que picaron en punta en cuanto a cantidad de visitantes. De los argentinos, ni hablar, pero en su mayoría estuvieron desperdigados en los grupos que cada uno hizo antes de meterse en este predio tan gigante como maravilloso.

Hay de todo en el Fan Fest. De todo para sentir, de todo para gastar y de todo para comer y beber. Claro, mientras sea la bebida oficial del Mundial. Ya lo dijo el amigo Guillermo, Budweiser, Coca Cola y Stalin, un solo corazón. Habría que agregarle también las salchichas típicas del lugar o los bailes tradicionales a los que más de un mandado se animó a copiar. El final de la coreo, obvio, fue el piso; un casi esguince de tobillo. No todos pueden hacer esos movimientos de saltos tan controlados. Ni el nombre del baile sé, pero lo que sí sé es cómo se divirtió la gente ayer en Moscú. Los rusos también, aunque su pasión se mide en una escala de gritos seguidos a lo macho alfa. El famoso canto sagrado, el del gol, no tiene esa armonía latina que sale bien de adentro, de las tripas. Ojo, sí están los locos a los que uno de los tantos goles que les regaló su selección ayer casi les hace explotar las venas del cuello. Fueron esos a los que las pantallas gigantes les fueron negadas. Por tiempo, por trabajo, distancia, vaya a saber por qué. Igual, todos gritaron, todos festejaron.

A decir verdad, los rusos sumaron fan parciales en los argentinos, peruanos, colombianos, alemanes, etcétera. Todos hincharon por el local y una minoría por la débil y vapuleada Arabia Saudita. Pobre el equipo de Juan Antonio Pizzi. Pobre sus jugadores. Y pobres sus hinchas, aunque los que pudieron cortaron la amargura con uno de los tantos sets de shows que ofreció el Fan Fest.

Y si no querías bailar, podías probar opciones de TV de un sponsor, o volver a la edad del pavo y ponerte unos trajes de goma que te convierten en una especie de figura de metegol con movimiento reducido. También podías patearle un penal a un arquero giratorio o intentar una especie de sapo terrestre con la pelota. Ir al pelotero con tus hijos, sacaerte fotos con ellos con fondos dedicados. Comprarles peluches, juguetes, la imagen de Lionel Messi, el otro “Dios”, el único del fútbol.

Hay más en el Fan Fest: el delirio de los hinchas de todo el mundo, el punto de encuentro de nuevas amistades, amores, futuros negocios y lazos que posiblemente duren hasta la despedida de cada comensal de la Copa. O quizás Para siempre. Lo que sí da para pensar que puede ser para siempre es la devoción de los rusos por Putin. El presidente les aparece por TV y ellos ven al amor de su vida. Puede estar a su lado, pero para ellos está donde el mandatario. Ayer abrió el partido con un discurso y su equipo volvió a jugar al fútbol, algo que no había hecho en los amistosos previos, en el último año largo también.

El Fan Fest es el edén de la amabilidad, de la cordialidad. Nada de guapos, nada de bravos. Todos amigos sin importar la bandera ni el color de piel. Y todo, gracias a una pelota de fútbol.

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Vladimir Putin
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