El goce del acosador

12 Jun 2018

PUNTO DE VISTA

MARTA GEREZ AMBERTÍN

POSDOCTORA EN PSICOANÁLISIS

El acoso no es un conflicto de amor que opone dos seres uno de los cuales ama y el otro no. Tampoco es un sentimiento que lleva a reiterados actos de seducción que no obtienen satisfacción. La relación esencial de “acoso” es una relación de dominio, de poder. El acoso “verdadero” no es aquel en el que el acosado puede decir fácil y simplemente “no” (aunque acuda a la policía para librarse del acosador), en este caso el “no” carece de riesgo; por el contrario, en el acoso “verdadero” el acosado, si dice: “no”, pierde: trabajo, amigos, bienes, oportunidades... o lo que sea.

La esposa de Potifar -Génesis 39- acosa a José (sirviente de Potifar); el poderoso empresario acosa a la bella actriz cuyo trabajo depende de las decisiones del empresario acosador; el profesor/a (de quien depende la aprobación de la materia) acosa al alumno/a. De allí la dificultad del acosado/a para librarse del acosador/a, pero de allí, también, la dificultad del acosador/a para librarse de la pasión de acosamiento pues no está en juego el propio narcisismo (“cómo no va a querer si soy yo, nada menos que yo, quien lo desea”), sino su dominio, su poder, es decir, la esencia de su ser: no es el hombre (o la mujer) quien lo desea, es Amo quien lo hace. Se trata de la aplicación de una fuerza en una relación, es decir, de violencia. El “no” del/la acosado/a no es un “no” al amor, no es “no” a un cuerpo o a un acto, es un “no acepto” la superioridad y la manipulación del otro/a. El acosador/a no pretende obtener una felicidad de dos, sino la ratificación de poderío de “uno”. El otro es un cuerpo testarudo que hay que poseer, pero no por el cuerpo (del otro), sino por la testarudez (del otro), no es su cuerpo lo que se pretende obtener, es su alma, vencer su resistencia, someterlo, en tanto es el sometimiento del acosado lo que ratifica el poder del acosador.

Los múltiples casos de acosos denunciados han llevado a muchos a condenar (¡cuándo no!) a las víctimas (“¿por qué no denunciaron antes?”), ignorando o apartando la vista de ese sujeto que, sumergido en el dolor o en el miedo, no siempre está en condiciones de quejarse. Celebremos que también en esta problemática haya llegado el tiempo de reemplazar el silencio con la lucha insistente y fructífera.

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