La pena oculta de los hombres

09 Jun 2018
1

“Life is what happens to you while you’re busy making other plans” (“la vida es eso que sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes”). Esta máxima se convirtió en una de las citas más célebres de John Lennon, aunque en realidad es una estrofa de la canción “Beautiful boy -Darling boy-”, (“Hermoso niño -Querido niño-”).

Fue uno de los últimos temas que compuso Lennon antes de ser asesinado, el 8 de diciembre de 1980, y estaba dedicado a Sean, su único hijo con Yoko Ono.

Días antes, el 17 de noviembre, Lennon había publicado su último álbum en vida, “Double Fantasy”, donde se incluía esta canción.

Por esas locas paradojas de la vida, el líder de la banda más popular de todos los tiempos le había autografiado este disco a Mark David Chapman, el hombre que apenas unos días más tarde lo asesinaría en plena calle de Nueva York.

Lo que el autor de “Give Peace a Chance” (“Dale una oportunidad a la paz”) nos decía en esta famosa cita era que la vida transcurre implacable frente a nuestros ojos mientras nos pasamos lamentando el pasado que tuvimos o maldiciendo un futuro que anhelamos y no termina de llegar. Y mientras permanecemos atornillados a lo que ya fue y nunca volverá o estamos enceguecidos en desear lo que no tenemos, nos perdemos la oportunidad, única, irremplazable e irrepetible, de vivir plenamente el presente, el aquí y ahora.

Pasado y futuro

Sostiene el psicólogo español Alberto Soler Sarrió que aquellos que repiten siempre “no voy a descansar hasta que consiga…” o “para ser feliz necesito…” son personas que están literalmente hipotecando su presente, presente que es, de todo lo que podemos llegar a tener en la vida, lo único que es irrecuperable.

Igual con los que han tenido malas experiencias y no han podido superarlas. Son los que a menudo repiten “si yo hubiera hecho…” o “si yo habría tenido…” y así van quemando cada hora de vida repasando archivos de frustraciones.

“La mayoría de las personas usan el miedo y la ansiedad en contra de sí mismos. Ese es el comienzo de la ignorancia. Muchos, a raíz de sus emociones de miedo y deseo, viven sus vidas a la caza de salarios, aumentos, y la seguridad de un empleo, sin cuestionarse realmente a dónde los están conduciendo esos pensamientos altamente emotivos. Es igual que la imagen de un burro tirando de una carreta, mientras el amo hace colgar una zanahoria delante de la nariz del animal. Puede ser que el dueño del burro esté yendo donde quiere, pero el animal está persiguiendo una ilusión. Al día siguiente, sólo habrá para el burro una nueva zanahoria.” Este párrafo que cita Soler Sarrió en una crónica, pertenece al libro “Padre rico, padre pobre” (1997), de Robert Kiyosaki y Sharon Lechter.

Jefes de sí mismos

En esta obra los autores aconsejan, en forma recurrente, que es mucho mejor ser dueño de un sistema o forma de producción antes que ser un empleado asalariado. Entre sus principales tópicos, Kiyosaki y Lechter advierten tres cosas: la importancia de la educación financiera para poder tomar decisiones y progresar por sí mismos; que las corporaciones gastan primero, luego pagan impuestos, mientras que los individuos pagan impuestos primero y recién luego gastan lo que les queda; y que las corporaciones son entidades artificiales que cualquiera puede usar, pero generalmente los pobres no tienen acceso a ellas ni saben cómo tenerlo.

Es la proyección económica y laboral acerca del consejo que Lennon le dio a su hijo Sean.

El dinero puede hacerte tan libre como esclavo y esta diferencia depende de una sola condición: educación.

La educación te enseña a administrar mejor tu dinero, tus emociones, tus prioridades pero principalmente tu tiempo.

La sabiduría no es otra cosa que la valoración de los hechos desde la conciencia plena de nuestra finitud en este mundo.

El ignorante avanza a ciegas por la vida que supone eterna, o con final muy lejano, inconsciente de que las horas se le escurren como lluvia por la alcantarilla, en un proceso absolutamente irreversible.

De allí que vemos gente que reniega por estupideces o se hace mala sangre por contrariedades que en el contexto de la finitud de la existencia, de un agotamiento bastante prematuro de la vida -más veloz de lo que suponemos- son verdaderas ridiculeces.

Hallazgo peruano

La escritora tucumana Gabriela Bosso descubrió recientemente en Perú, durante un congreso internacional de literatura, una antología del genial César Vallejo, en su faceta menos conocida, la de periodista.

El libro fue editado por el Fondo Editorial de la Municipalidad de Trujillo y contiene 42 crónicas y artículos escritos entre 1918 y 1937, como corresponsal en París de distintos diarios peruanos.

En una nota aborda de manera exquisita el tema de la consciencia de la muerte, en idéntica línea con Lennon, y nos pareció valioso compartirla, ya que la única forma que tendría el lector de acceder a este material es viajando a Trujillo, ciudad donde Vallejo vivió su años formativos y su juventud, antes de emigrar a Europa, porque se trata de una humilde publicación impresa, acotada a la órbita municipal.

“La necesidad de morir”

“Señores: tengo el gusto de deciros, por medio de estas líneas, que la muerte, más que un castigo, pena o limitación impuesta al hombre, es una necesidad, la más imperiosa e irrevocable de todas las necesidades humanas. La necesidad que tenemos de morir, sobrepuja a la necesidad de nacer y vivir. Podríamos quedarnos sin nacer, pero no podríamos quedarnos sin morir. Nadie ha dicho hasta ahora: “Tengo necesidad de nacer”. En cambio, sí se suele decir: “Tengo necesidad de morir”. Por otro lado, nacer es, a lo que parece, muy fácil, pues nadie ha dicho nunca que le haya sido muy difícil y que le haya costado esfuerzo venir a este mundo; mientras que morir es más difícil de lo que se cree. Esto prueba que la necesidad de morir es enorme e irresistible, pues sabido es que cuanto más difícilmente se satisface una necesidad, ésta se hace más grande. Se anhela más lo que es menos accesible.

Si a una persona le escribieran diciéndole que su madre sigue gozando de buena salud, acabaría al fin por sentir una misteriosa inquietud, no precisamente sospechando que se le engaña y que, posiblemente su madre debe haber muerto, sino bajo el peso de la necesidad, sutil y tácita, que le acomete, de que su madre debe morir. Esa persona hará sus cálculos respectivos y pensará para sus adentros: “No puede ser. Es imposible que mi madre no haya muerto hasta ahora”. Sentirá, al fin, una necesidad angustiosa de saber que su madre ha muerto. De otra manera, acabará por darlo por hecho.

Una antigua leyenda del Islam cuenta que un hijo llegó a vivir trescientos años, en medio de una raza en que la vida acababa a lo sumo a los cincuenta años. En el decurso de un exilio, el hijo, a los doscientos años de edad, preguntó por su padre y le dijeron: “Está bueno”. Pero, cuando cincuenta años más tarde volvió a su pueblo y supo que el autor de sus días había muerto hacía doscientos años, se mostró muy tranquilo, murmurando: “Ya lo sabía yo desde hace muchos años”. Naturalmente. La necesidad de la muerte de su padre había sido en él, a su hora, irrevocable, fatal y se había cumplido fatalmente y también a su hora, en la realidad.

Rubén Darío ha dicho que la pena de los dioses es que no alcanzan la muerte. En cuanto a los hombres, si éstos, desde que tienen conciencia, estuviesen seguros de alcanzar la muerte, serían dichosos para siempre. Pero por desgracia, los hombres no están nunca seguros de morir: sienten el afán obscuro y el ansia de morir, más dudan siempre de que morirán. La pena de los hombres, diremos nosotros, es no estar nunca ciertos de la muerte”. César Vallejo, diario El Norte, 22 de marzo de 1926.

“Carpe diem, quam minimum credula postero” (Aprovecha el día, no confíes en el mañana), Horacio, poeta romano.

En Esta Nota

Notas de opinión
Comentarios