Philip Roth: el escritor y su mundo

03 Jun 2018
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En la comunidad judía en la que creció había mucho para su imaginación, y esa vocación literaria lo llevó a estudiar letras -obtuvo su Maestría en la Universidad de Chicago-, a hacer docencia y a publicar. 
Las novelas fluyeron con regularidad prodigiosa y entusiasta recepción. A veces se alzaron voces de la comunidad judía ante la insistencia de Roth en acentuar aspectos tales como la fuerza opresiva de la familia sobre la libertad individual: Alexander Portnoy, protagonista de El lamento de Portnoy, es el más conspicuo ejemplo de “muchacho malo” rebelde que defiende su individualidad ante la autoridad familiar. Con gran sentido del humor, Roth presenta dos personajes secundarios en “La conversión de los judíos” que grafican actitudes fundamentalistas cuya negatividad él percibe: el celador de la sinagoga, que percibe todo lo que sucede como “bueno para los judíos” o “malo para los judíos”, y la abuela de Ozzie, el protagonista, que lee en el periódico sobre un accidente de aviación y contabiliza los apellidos hebreos de las víctimas para medir la magnitud de la desgracia. El epítome del autoritarismo en este bello relato es el Rabino, que insiste en afirmar que Jesús “es histórico”, pero no “el Hijo de Dios”, ya que una virgen no puede ser madre, negando el reclamo de Ozzie respecto a que si Dios hizo algo tan maravilloso como la luz, ¿cómo no va a poder convertir en madre a una virgen? Para Ozzie no se trata de que Jesús haya nacido o no de virgen, sino la calidad de todopoderoso que el Dios de sus mayores detenta. Este relato, lleno de ternura y conciliación, de humor y originalidad, además de ser profundamente humano, es el que elegí para presentar a Roth en mi curso de literatura de EEUU en la carrera de inglés. Y no me canso de recomendarlo.  
La suya fue una larga, fructífera carrera: unas 30 novelas cuyo soporte, la sangre que fluye en la creación artística, está en su libro de ensayos Reading Myself and Others: la idea rectora de su labor fue su interés en “la relación entre el mundo escrito y el mundo inédito”, lo que parece más útil que las dicotomías entre “el arte y la vida” o “la imaginación y la realidad”. Le interesan “los mundos entre los cuales yo mismo alterno todos los días”, y eso incluye a los gentiles y a la propia historia de los EEUU. Llovieron los premios: The Best American Short Stories, de 1956, incluye un cuento suyo: primera distinción entre las muchas que recibiría. Fue incorporado al Instituto Nacional de Artes y Letras y ganó el premio O. Henry, y el Pulitzer por Pastoral Americana (1997). Recibió la Legión de Honor, de Francia, de Inglaterra el premio Booker, y de España el Premio Príncipe de Asturias. En una encuesta del New York Times sobre los mejores libros de ficción de los últimos 25 años, de los 22 títulos ganadores, seis eran novelas de Roth. 
Pero el Premio Nobel, varias veces anunciado como posibilidad, no llegó, como sucediera con Borges. Buena compañía para ambos.
© LA GACETA
Eugenia Flores de Molinillo - Profesora 
de Literatura norteamericana.
============07 FIR L- Tapa (12375422)============
 Por Eugenia Flores de Molinillo
Para LA GACETA - Tucumán

Por Eugenia Flores de Molinillo - Para LA GACETA - Tucumán

En la comunidad judía en la que creció había mucho para su imaginación, y esa vocación literaria lo llevó a estudiar letras -obtuvo su Maestría en la Universidad de Chicago-, a hacer docencia y a publicar. 
Las novelas fluyeron con regularidad prodigiosa y entusiasta recepción. A veces se alzaron voces de la comunidad judía ante la insistencia de Roth en acentuar aspectos tales como la fuerza opresiva de la familia sobre la libertad individual: Alexander Portnoy, protagonista de El lamento de Portnoy, es el más conspicuo ejemplo de “muchacho malo” rebelde que defiende su individualidad ante la autoridad familiar. Con gran sentido del humor, Roth presenta dos personajes secundarios en “La conversión de los judíos” que grafican actitudes fundamentalistas cuya negatividad él percibe: el celador de la sinagoga, que percibe todo lo que sucede como “bueno para los judíos” o “malo para los judíos”, y la abuela de Ozzie, el protagonista, que lee en el periódico sobre un accidente de aviación y contabiliza los apellidos hebreos de las víctimas para medir la magnitud de la desgracia. El epítome del autoritarismo en este bello relato es el Rabino, que insiste en afirmar que Jesús “es histórico”, pero no “el Hijo de Dios”, ya que una virgen no puede ser madre, negando el reclamo de Ozzie respecto a que si Dios hizo algo tan maravilloso como la luz, ¿cómo no va a poder convertir en madre a una virgen? Para Ozzie no se trata de que Jesús haya nacido o no de virgen, sino la calidad de todopoderoso que el Dios de sus mayores detenta. Este relato, lleno de ternura y conciliación, de humor y originalidad, además de ser profundamente humano, es el que elegí para presentar a Roth en mi curso de literatura de EEUU en la carrera de inglés. Y no me canso de recomendarlo.  

La suya fue una larga, fructífera carrera: unas 30 novelas cuyo soporte, la sangre que fluye en la creación artística, está en su libro de ensayos Reading Myself and Others: la idea rectora de su labor fue su interés en “la relación entre el mundo escrito y el mundo inédito”, lo que parece más útil que las dicotomías entre “el arte y la vida” o “la imaginación y la realidad”. Le interesan “los mundos entre los cuales yo mismo alterno todos los días”, y eso incluye a los gentiles y a la propia historia de los EEUU. Llovieron los premios: The Best American Short Stories, de 1956, incluye un cuento suyo: primera distinción entre las muchas que recibiría. Fue incorporado al Instituto Nacional de Artes y Letras y ganó el premio O. Henry, y el Pulitzer por Pastoral Americana (1997). Recibió la Legión de Honor, de Francia, de Inglaterra el premio Booker, y de España el Premio Príncipe de Asturias. En una encuesta del New York Times sobre los mejores libros de ficción de los últimos 25 años, de los 22 títulos ganadores, seis eran novelas de Roth. 
Pero el Premio Nobel, varias veces anunciado como posibilidad, no llegó, como sucediera con Borges. Buena compañía para ambos.

© LA GACETA


Eugenia Flores de Molinillo - Profesora de Literatura norteamericana.


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