Vocación guerrera nacida en Tucumán

En seis décadas, Eustoquio Frías luchó a órdenes de San Martín, de Sucre, de Bolívar, de Lavalle y de Urquiza

13 May 2018

Entre mis fotos antiguas guardo una amarillenta del teniente general Eustoquio Frías, tomada por Witcomb. Al dorso, se lee: “Dedicada en recuerdo de amistad a la amable y simpática señorita Brígida López”. Después, la firma “Eustoquio Frías”, y la fecha: “Buenos Ays. Enero 28 de 1886”.

Frías sirvió durante más de seis décadas en el Ejército Argentino. Aunque era nacido en Salta en 1801, fue en Tucumán donde encontraría la vocación de su vida, en 1812. Sus padres, el teniente coronel Pedro José Frías, oficial del Ejército del Norte, y doña María Loreto Sánchez, se habían trasladado a nuestra ciudad al replegarse la fuerza que mandaba el general Manuel Belgrano.

Según Jacinto Yaben, el niño se entusiasmó tanto con el clima guerrero que reinaba en Tucumán, que se presentó con un amigo ante Belgrano, para pedirle un puesto en la inminente batalla contra los realistas. Dada la edad, el general se limitó a entregarles “dos baldes de suela para que, en el momento de la pelea, alcanzaran agua a los artilleros”. En la victoria del 24 de setiembre en Campo de las Carreras, su padre participó y resultó seriamente herido.

San Martín y Sucre

Después, la familia pasó a San Juan. El joven Frías y sus amigos Zapata, Argüello y Aguiar se escaparon a Mendoza. Querían incorporarse al Ejército de los Andes que organizaba en El Plumerillo el general José de San Martín. Gracias a la intercesión del capitán Mariano Necochea, finalmente Frías consiguió ser dado de alta en 1816, como soldado raso de los Granaderos a Caballo.

Hizo la campaña del Perú, en 1820, y luego fue destinado a la fuerza de Juan Antonio Álvarez de Arenales, que encaraba las campañas de la Sierra. Actuó en las dos que se ejecutaron y participó en el combate de Nazca. Formó más tarde entre los sitiadores de la fortaleza de El Callao, a órdenes del general Juan Gregorio de las Heras, y participó en el heroico asalto del 18 de agosto de 1821.

De allí pasó a la campaña del Ecuador. Se batió a órdenes de Juan Lavalle en Riobamba (abril de 1822). Resultó lanceado en la mano derecha y recibió la condecoración “El Perú al heroico valor en Riobamba”. Un mes más tarde, bajo el comando del mariscal Antonio José de Sucre, peleaba en la batalla de Pichincha. Su bravo comportamiento le valió tres condecoraciones. Y a comienzos de 1823 repartió sablazos en el encuentro de Chunganga, donde resultó baleado en el brazo derecho.

De Junín a Ituzaingó

Cuando los realistas se retiraron de El Callao, tocó a Frías actuar en las guerrillas que picaban su retaguardia. Ejecutó varios ataques exitosos, entre ellos el del pueblo de Pisco, ya reforzado por un escuadrón de los Granaderos a Caballo. Más tarde, bajo el mando de Simón Bolívar, se halló Frías -ya con grado de alférez portaestandarte de los Húsares del Perú- en la batalla de Junín, el 6 de agosto de 1824. Y, dice Yaben, luego “fue una de las 80 lanzas argentinas” que participaron en la gloriosa acción de Ayacucho, el 9 de diciembre, que terminó con el dominio de los realistas en América. Allí recibió una herida de bayoneta en la rodilla y también se le otorgó una condecoración por su comportamiento.

En 1826 estaba en Buenos Aires. Se incorporó con su grado al regimiento 13 de Caballería y luego al Regimiento 16 de Lanceros. En la guerra con el Brasil, luchó Frías en el combate del Ombú y en la gran batalla de Ituzaingó, del 20 de febrero de 1827. Recibió los cordones y el escudo de plata acordado a los vencedores.

Diálogo con Rosas

De vuelta en Buenos Aires y ya capitán, formó en el ejército de Juan Lavalle y actuó valientemente contra Juan Manuel de Rosas en las batallas de Navarro, Zapallar, Arroyo de Matanza y Puente de Márquez. Tras la disolución de esa fuerza pidió su retiro del servicio.

Según su propio testimonio, Rosas lo llamó y le pidió que permaneciera en el Ejército. Frías contestó: “Si el señor Gobernador me permite que le hable con franqueza, le diré los motivos que me obligan a no servir. Primero, lo quebrantado de mi salud. Segundo, la ingratitud del gobernante. Tercero, que pertenezco a un partido contrario a V.E. y mis sentimientos tal vez me obligaran a traicionarle, y para no dar un paso que me degrade, suplico a V.E. se digne concederme mi retiro”. Al día siguiente, Rosas le entregó la cédula de retiro, le dio 500 pesos y le dijo: “Cuando usted se halle necesitado, busque no al gobernador, sino a Juan Manuel de Rosas”. Añade Frías que “le di mis agradecimientos y no volví a verlo más”.

Del sitio a Caseros

Emigró al Estado Oriental, y en 1839 se incorporó a la fuerza de Lavalle, que marchaba dispuesto a terminar con Rosas. Combatió en encuentros como Sauce Grande y El Tala, y estuvo en la derrota de Quebracho Herrado, en 1840. Fue tomado prisionero al año siguiente, en la sorpresa de San Cala. Lo llevaron a pie hasta Buenos Aires y lo encerraron en los calabozos del Retiro. Obtuvo su liberación, que se le concedió dándole la ciudad por cárcel, en enero de 1841.

Pero Frías escapó a Montevideo en marzo, para ponerse a las órdenes del general José María Paz. Estuvo, con grado de teniente coronel, entre los defensores de esa plaza sitiada varios meses, en cuyo transcurso luchó en no pocos encuentros. A mediados de 1844 pidió pasar a Corrientes, para formar en el ejército que organizaban los Madariaga.

Tras la derrota de Vences, se internó en el Paraguay. Al enterarse del pronunciamiento de Justo José de Urquiza contra Rosas, se alistó en el “Ejército Grande” de aquel, y tomó parte en la batalla de Caseros del 3 de febrero de 1852. Ya era entonces coronel de caballería.

Teniente general

De allí en adelante y hasta 1859, Frías estuvo encargado de combatir a los indios que asolaban el sur bonaerense, y lo hizo con gran eficacia. Comandó numerosas acciones exitosas como las de Cañada de la Paja, Cañada de los Leones, La Brava, Chicolofú y Laguna Larga. En 1861, al frente del Regimiento 4 de Caballería de línea, formó entre los vencedores de la batalla de Pavón. En 1879 fue promovido a brigadier General, y en 1882 a la máxima jerarquía de teniente general.

Carlos Ibarguren narra que lo conoció cuando frisaba los 90 años y era el único sobreviviente de los guerreros de la independencia. Recordaba que, en Buenos Aires, en la calle Suipacha entre Tucumán y Lavalle, “a la puerta de su domicilio aparecía la silueta del viejo soldado tomando mate, vestido con larga bata, tocado con un gorro de terciopelo con borla, calzado con pantuflas, abrigado con un poncho de vicuña y mirando curiosamente a los transeúntes. Alto y erguido a pesar de su vejez, el general Frías semejaba un patriarca con su barba blanca que le caía hasta el pecho, su nariz aguileña, sus ojos oscuros que habían visto tantas hazañas heroicas, su ademán amplio, imperioso y su perfil de centurión romano, como cincelado en una medalla antigua”.

Un sable roto

Carlos Pellegrini narraba que un día preguntó al viejo soldado si conservaba alguna de sus espadas de la guerra de la Independencia. La respuesta de Frías fue: “no, aunque he cuidado mucho mis armas porque la patria era pobre y yo también. El sable que me dio Necochea en Mendoza para pasar los Andes, lo rompí en Junín. ¡Estaba algo sentido!”. Según Yaben, había escrito un pequeño folleto autobiográfico, titulado “Recuerdos de la vida de campamento”, que no sabemos si llegó a editarse

El 9 de julio de 1890, narra Ibarguren que presenció el impresionante homenaje público tributado al general Frías. Pasó “en carruaje descubierto, seguido de una columna cívica y de estudiantes de los colegios, cubierto de flores que le arrojaban desde todos los balcones”. Las tropas “le rendían honores, desde la Plaza de Mayo, por la calle Florida, hasta el pie de la estatua de San Martín”.

El teniente general Eustoquio Frías murió en Buenos Aires a la madrugada del 16 de marzo de 1891. Varios oradores despidieron sus restos, encabezados por el presidente de la República, doctor Carlos Pellegrini, y el teniente general Emilio Mitre.

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