Dar frutos en la vida del prójimo

29 Abr 2018

LA MISA DE HOY

PBRO. MARCELO BARRIONUEVO

Nos señala Fernández Carabajal: “el origen, la gran fuerza que mueve al hombre justo, es el amor a Cristo; cuanto más fieles al Señor seamos, más justos seremos, más comprometidos estaremos con la verdadera justicia. Un cristiano sabe que el prójimo, el ‘otro’, es Cristo mismo, presente en los demás, de modo particular en los más necesitados. Sólo desde la fe se comprende qué es lo que de verdad nos jugamos con la justicia o la injusticia de nuestros actos: acoger o rechazar a Jesucristo”. Este es el gran motor de nuestras acciones. Esto es lo que sólo los cristianos, mediante la fe, podemos ver: Cristo nos espera en nuestros hermanos. “Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed...”

El Señor está en cada hombre que padece necesidad. Los pobres de la sociedad, personalmente considerados, así como las zonas, los grupos étnicos o culturales, los enfermos, los sectores de la población más pobres y marginados, tienen que ser preocupación constante de la Iglesia y de los cristianos. Es preciso aumentar los esfuerzos para estar con ellos y compartir sus condiciones de vida, sentirnos llamados por Dios desde las necesidades de nuestros hermanos, hacer que la sociedad entera cambie para hacerse más justa y más acogedora en favor de los más pobres.

Hay que reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en nuestros hermanos los hombres. Bastaría examinar nuestro espíritu de atención, de respeto, de afán de justicia, enriquecido por la caridad, para conocer con qué fidelidad seguimos a Cristo. Y al revés, si es profundo y verdadero el trato y el amor a Cristo, ese trato y ese amor se desbordan inconteniblemente hacia los demás.

Las exigencias espirituales y materiales del servicio cristiano a los demás son grandes: en la voluntad, en el sentimiento, en las obras. Ante ellas, con la ayuda de la gracia divina, el cristiano ni se acobarda ni se atolondra con un nervioso frenesí de “gestos” sorprendentes. Pero tampoco “se queda tranquilo”: porque nos acucia la caridad de Cristo (2 Cor 5, 14).

Para que este ejercicio de la caridad sea irreprochable y aparezca como tal -enseña el Concilio Vaticano II-, es necesario cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia.

La práctica de la justicia nos lleva a un constante encuentro con Cristo. En último extremo, hacerle justicia a un hombre es reconocer la presencia de Dios en él. Por eso en el cristiano no puede haber verdadera justicia si no está informada por la caridad, porque quedaría a ras de tierra, empequeñecida. Cristo, en nuestras relaciones con el prójimo, quiere más de nosotros. A Él hemos de pedirle que nos conceda un corazón bueno, capaz de compadecerse de las penas de las criaturas, capaz de comprender que, para remediar los tormentos que acompañan y no pocas veces angustian las almas en este mundo, el verdadero bálsamo es el amor, la caridad.

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