Los dueños de la ciudad

28 Abr 2018 Por Federico Türpe
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“Si se concreta una iniciativa que acaba de presentar la Municipalidad de San Miguel de Tucumán, la ciudad tendrá una red de ciclovías que se extenderá por 50 kilómetros” (LA GACETA, 24 de septiembre de 1998).

Un día antes, el 23 de septiembre, un equipo técnico de la Secretaría de Planeamiento Urbano, que estaba a cargo del arquitecto Enrique Rusconi, había presentado una maqueta que fue reflejada luego por el diario en una infografía.

Se trataba de un proyecto de ciclovías “interurbanas”, que unían Alderetes, Las Talitas, Banda del Río Salí, San Felipe, San Andrés, El Manantial, San Pablo, Yerba Buena, Villa Mariano Moreno, Cebil Redondo, Villa Carmela, Tafí Viejo y la capital.

Un proyecto de bajo costo y alto impacto social, según narraba la crónica de la época, que contaba con el apoyo del gobernador, Antonio Bussi, y de los intendentes del área metropolitana.

También se preveía una red de ciclovías urbanas, dentro de la capital, que se interconectaban con las que ingresaban y egresaban de la ciudad.

En cuatro meses se cumplirán 20 años de este proyecto que, como tantos otros planes de desarrollo urbano estratégico, han muerto aplastados por la bota de la mediocridad y los mezquinos intereses de un puñado de “dueños de la urbanidad”.

Esta ciudad, y cuando decimos esta ciudad hablamos de una gobernación, siete intendencias y una docena de comunas, está administrada, en los hechos comprobables, por los empresarios del transporte (Aetat), sus sindicatos asociados (UTA y Camioneros), la patota taximetrera y los comerciantes, amos y señores del macro y microcentro.

Debilidad política

Desde el 83 a esta parte, los gobernadores y los intendentes han demostrado, obscenamente, ser meros cadetes de estos sectores que hacen y deshacen leyes y ordenanzas como quien da la orden de cortar el pasto de la casa.

En las últimas dos décadas se han sumado a esta mesa de gobierno las concesionarias de autos y motos, que escupen motores a la calle como si fueran semillas de sandía.

En Tucumán se patentan 45.000 motos por año y nadie se pregunta en qué espacio van a circular, dónde van a estacionar, quién autorizó esas licencias para conducir, quién entrenó y educó a esos conductores, y dónde van a acomodar todas esas camas en los hospitales para recibir a las decenas de muertos y heridos que se producen cada semana.

Hay que decir las cosas como son, porque para eufemismos ya están los discursos políticos, más vacíos que heladera de jubilado.

Volvamos al principio: ¿Secretaría de Planeamiento Urbano? ¿Los tucumanos tenemos eso? Como hoja en otoño, la pregunta se cae sola: qué sería entonces de esta ciudad si no hubiera gente planeándola urbanísticamente…

Para los bipolares agrietados que sólo ven el mundo en blanco y negro, y de paso nos ahorramos bizantinas y obtusas discusiones partidistas, vale la pena aclarar que desde la recuperación de la democracia, la capital del norte, la quinta ciudad más populosa del país, tuvo un solo intendente peronista, que fue Domingo Amaya, quien incluso hoy es un alto funcionario de Cambiemos.

Los otros alcaldes fueron todos radicales y bussistas: Rubén Chebaia, Raúl Martínez Aráoz, Rafael Bulacio, Oscar Paz y Raúl Topa. Luego -tras dos breves gestiones de Antonio Alvarez y Marta de Ezcurra- vinieron Amaya y ahora Germán Alfaro, hoy devenidos macristas. Entonces, no es el partido, somos los tucumanos.

Que tren que tren

Uno de los proyectos de desarrollo urbano más trascendentales y revolucionarios que fuimos capaces de crear los tucumanos, más nunca implementar gracias a los verdaderos dueños de la ciudad, fue el plan ferrourbanístico, presentado en 1995, con el bussista Paz en la intendencia y su jefe en la Casa de Gobierno.

Fue una propuesta conjunta del entonces legislador radical Carlos Courel y del concejal del mismo partido, Ricardo Ascárate, ambos ingenieros.

Gracias a los Talleres de Tafí Viejo, el Gran Tucumán cuenta con la tercera telaraña ferroviaria urbana más extensa de la Argentina, después de Buenos Aires y Rosario; entonces Courel y Ascárate proponían utilizarla para implementar una red de premetros o ferrobuses que comunicaran todas las zonas del área metropolitana, incluido Lules.

Una opción económica, popular, no contaminante, rápida y mucho más eficiente que el ómnibus, que iba a permitir además descongestionar el tránsito vehicular.

Ni siquiera se necesitaban subsidios del Estado, como los millones que se llevan las empresas de colectivos todos los meses por prestar un servicio deficiente, ya que la rentabilidad del tren estaba asegurada. Según los estudios, por ejemplo, el ramal Tafí Viejo-capital sería rentable con sólo 11 pasajeros por kilómetro, y el ramal Lules-Tucumán cubría los costos con ocho pasajeros por kilómetro.

Se proponía también que toda la red ferroviaria fuera forestada, con plazas y parques, lo que iba a multiplicar varias veces el área de espacios verdes de la ciudad, haciéndola más fresca, agradable y saludable. Y que además, junto a las vías se hicieran las ciclovías, aprovechando los espacios ya ganados por el ferrocarril.

Con el tren urbano se hicieron varios otros intentos. El último lo impulsó Néstor Kirchner, en 2003, durante un encuentro con el gobernador Julio Miranda. Incluso, la Nación destinó fondos para el ramal Tucumán-Concepción, dinero que nunca nadie supo explicar adónde fue.

Ordenanzas y leyes enterradas

Con las ciclovías la bicicleteada fue más alevosa. Hubo proyectos en la década del 80, luego en el 95, después en el 98 -que se convirtió en ordenanza- más tarde en el 2005 -otra ordenanza- y finalmente dos ordenanzas más, en 2009 y en 2010.

Todas parecidas o complementarias. Ahora el concejal Roberto Avila (Cambiemos) presentó en 2016 un nuevo proyecto de ordenanza, elaborado en colaboración con la ONG “Meta Bici”, que propone comenzar de a poco, con una cruz que atraviese el centro, para que luego se vaya extendiendo por la ciudad.

Consultado al respecto, Avila coincidió en que estos proyectos no se concretan porque las autoridades terminan cediendo ante la presión de sectores como el de los ómnibus, los taxis o los comercios.

En 2013 la Legislatura provincial aprobó la ley 8.581 con la que se creó el circuito de ciclovías “Ruta del Bicentenario”, que une los principales puntos históricos y turísticos del área metropolitana, e incluye una traza de 125 kilómetros, que pasa por los principales atractivos de la provincia.

La ley duerme en algún cajón o tal vez el gobernador Juan Manzur la envió a la Dirección Provincial de Planos, donde se guardan todos los anuncios que nunca serán obras.

La Dirección de Arquitectura y Urbanismo, durante la gestión de José Alperovich, también debió haber construido una ciclovía de cuatro kilómetros junto al Camino de Sirga, en Yerba Buena. Hoy la Justicia investiga qué hicieron con esos fondos que salieron de las arcas del Estado pero nunca se convirtieron en ciclovías.

También, más años que la recuperación de la democracia tiene el proyecto de recuperación del río Salí que, sin exagerar, podría ser el Plan Marshall de los tucumanos.

La idea, anunciada con diferentes matices por varias administraciones, las últimas veces por Amaya y luego por Alfaro, en campaña, incluye el rellenado del cauce, mediante pequeños diques, con lo que se reduciría la contaminación y los malos olores y se recuperaría el río para pesca y deportes náuticos.

Los expertos estiman que incluso hasta contribuiría a bajar la temperatura en el sector este de la ciudad.

El proyecto contempla reforestar los márgenes, con un parque de más de 14 kilómetros de extensión, con explotación comercial y de diferentes servicios, lo que tendría un fuerte impacto en el desarrollo de un sector postergado de la capital y de Las Talitas, de un lado, y de Alderetes y Banda del Río Salí, del otro lado.

El poder nunca quiere cambiar

Corrupción, desidia, incompetencia y debilidad política son algunas de las razones por las que no tenemos una ciudad más verde, menos ruidosa y contaminada, con mejor transporte público y más amigable con los peatones y los ciclistas. Pero los principales responsables no son estos hombres que se trasladan en autos con chofer, sino nosotros como sociedad que somos incapaces de imponer nuestro derecho a vivir mejor.

Los cambios nunca vienen desde el poder, porque justamente el que está en el poder no quiere que el statu quo cambie. Los cambios importantes siempre se producen por presión de la gente, porque la sociedad los va exigiendo. Los políticos, en general, sólo actúan en consecuencia.

Esta semana, por ejemplo, la prioridad de nuestra clase política citadina estuvo puesta en las rinoscopías. Como si a alguien le importara. Puras chicanas y tiempo y energía malgastados. Entonces, si no nos dejan vivir en un Tucumán mejor es porque nosotros lo permitimos. A no quejarse luego.

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