Un poeta llamado Cervantes

Suelen decir los entendidos que no gozó de la fama que merecía; lo que expresado así, sin mayores aclaraciones, es errado. Sí pudo asistir a su propia fama, aunque no supo gozar de ella, ya que esta no le llegó por la vía que él hubiese preferido. Las Novelas Ejemplares fueron sus obras favoritas pero pasaron casi desapercibidas en su tiempo. Luego, los años, los países hispanoamericanos, los programas de estudio de los colegios y, ocasionalmente, las facultades de Letras, subsanaron ese olvido. Don Quijote, en cambio, llamó la atención de los lectores desde el primer momento, y alguna porción de felicidad debió arrimarle a su autor

29 Abr 2018
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Por Rogelio Ramos Signes - Para LA GACETA - Tucumán

Tras el éxito de la primera parte del Quijote, y de los plagios a los que se vio sometido (el de Alonso Fernández de Avellaneda es el más conocido), pudo reírse de todo ello al escribir la segunda parte; trabajando la metaliteratura y convirtiendo a su plagiario en personaje. No cualquiera podría haber hecho eso; sólo alguien que estaba divirtiéndose con lo que hacía. Pero ¿quién era ese Avellaneda tan imaginativo? Se dice que podrían haber sido Pedro Liñán de Riaza y Lope de Vega, dos escritores con mucha experiencia. Y, si así fuese, el plagio ya tendría otra finalidad: el poder de la sátira.

El filtro de la elite cultural

La España de Cervantes (es decir, la España que expulsó a los moros, que convirtió al cristianismo a muchos judíos que trataban de escaparle a la Santa Inquisición, que descubrió nuevas tierras allende la mar océano, que unificó políticamente la península dejando a Aragón, Castilla y Navarra con sus ganas de autonomía) era, de pronto, una España imperial y presuntuosa. Los lectores de entonces se fijaron en El Quijote, y vieron en ese texto maravilloso el libro que el propio Cervantes no había visto: un símbolo. Para Cervantes era un personaje de aventuras jocosas y satíricas inspirado en un hidalgo pobre, tío de su esposa, y en un cura fanatizado por las novelas de caballería. El resultado fue un éxito. Eso cubrió de respeto a su autor. Pero (como estas historias sólo tienen sentido si un “pero” las condimenta) los intelectuales de Madrid, la flor y nata de la cultura peninsular del siglo XVI, no encontraron mayores méritos en el escritor. Para ellos se trataba de un novelista destacado; un narrador con un cierto ingenio, al que le estaban vedadas las artes líricas. Su Majestad, la Poesía (como decía Fernando Díaz-Plaja) configuraba “la más alta de las aficiones literarias de la época”. Y Cervantes, por lo visto, chapaleaba en el barro de otro picadero.

Por esos dos motivos fue que no tuvo calma: los intelectuales de Madrid no valoraron su poesía y, por ende, aceptaron su narrativa a regañadientes; y los lectores del resto de España (más los de sus colonias y los del resto de Europa) pusieron sus ojos sobre la narración equivocada, aquella en la que un caballero de luenga y triste figura deshacía entuertos sostenido por su locura. Todo ello lo privó del halago del dinero y de la representación social, ya que no gozó de cargos públicos de importancia y sus peticiones al rey nunca fueron escuchadas (la gobernación de Potosí que pidió, en 1582 y en 1590, le fue negada por falta de méritos o por falta de pureza en la sangre -se decía que sus abuelos eran judeoconversos-). Escribió y publicó, ininterrumpida e incansablemente; homenajeó a éste y a aquél; satirizó a aquél y a éste, según las tendencias en boga; participó en fiestas conmemorativas, pero no fue adornado con cargos honoríficos. 14 años mayor que Góngora, 15 mayor que Lope de Vega, 33 que Quevedo, 53 que Calderón de la Barca, a nivel social consiguió mucho menos que ellos; lo que, a juzgar por las valoraciones de la época, podía considerarse un fracaso, incluso literario.

Si la vida no suele ser como deseamos, mal podía ser como la deseaba Cervantes. El caso del genio incomprendido por sus contemporáneos es casi un clásico de la insatisfacción universal; músicos, escritores y científicos, como mínimo, pueden firmar esta aseveración. Luego, tal vez, el tiempo corrija esas injusticias; correcciones de las que el autor jamás se enterará, al menos en el terreno de esta vida brevísima y única.

Desglose necesario

La España del siglo XVI era un hervidero de posibilidades y, al mismo tiempo, de desencuentros. Pero el imperio español, que fue fugaz (apenas 300 años y en constante descenso) sólo atinó a defender el catolicismo donde éste fuera atacado, aunque ello algunas veces no conviniera a los “intereses nacionales”. Cervantes, en definitiva un descendiente de conversos, pocas oportunidades podía tener allí. El Quijote se valió por sí mismo, y derrotó a los tiempos, casi al margen de su autor, que había puesto sus maíces en otro cartón (maíces indianos ¡vaya paradoja!).

Pero no nos engañemos. La muy buena poesía de Cervantes (que es el pretexto de este texto) tuvo casi siempre una finalidad circunstancial. Sus aciertos, que fueron muchos, están ocultos entre páginas de otros autores o en medio de sus propias narraciones, formando parte de ellas, como un condimento que bien vale desglosar (las diferentes cartas que envían los personajes de la literatura española a los personajes del Quijote, son buen ejemplo de esto, y el soneto que relata el Diálogo entre Babieca y Rocinante, es una joya en sí misma). No olvidemos que es poesía La Galatea, con todos sus cantos, y también Los trabajos de Persiles y Sigismunda; es poesía su teatro (el teatro de la época se resolvía en versos y, a veces, hasta la correspondencia personal también seguía esas formas); como es poesía una que otra dedicatoria a algún noble de entonces; y también es poesía algún ovillejo del Quijote y de La ilustre fregona.

Los homenajes de Cervantes se suceden en sus escritos líricos: a Lope de Vega, a Teresa de Jesús, a Mateo Vázquez (una epístola), a la Armada Española que luchó contra Inglaterra, a la reina Isabel de Valois (incluido en el libro de Juan López Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y sumptuosas exequias fúnebres de la Serenísima Reina Isabel de Valoys, nuestra señora), a Bartolomeo Ruffino de Chiambery, al cancionero de Antonio Veneziani, a Fernando de Herrera, a Diego de Mendoza y a muchos más, incluso al doctor Francisco Díaz, para incluir en su obra Tratado nuevamente impreso de todas las enfermedades de los riñones, vejiga y carnosidades de la verga y urina. En fin.

El oficio (sobre todo el oficio) de los escritores españoles de entonces se encuentra también en la poesía de Cervantes, que tal vez no estaba a la altura de la de Góngora, o de la de Quevedo, pero que a más de 400 años sobrevive como un dechado de imaginación, inspiración y destreza. Todo se ha simplificado tanto (hemos reducido a tal punto nuestro léxico y nuestros recursos expresivos) que cualquier creatividad del lenguaje hoy deslumbra y apabulla.

Decir que el tiempo corrige algunos errores, también es inexacto. El tiempo no siempre corrige, simplemente porque a veces no hay qué corregir. En todo caso, el tiempo reacomoda (momentáneamente) algunas cargas.

Trascendente irrelevancia

Cervantes, que también quiso ser hombre de armas, discursea en la primera parte del Quijote contra los que dicen que “los trabajos del espíritu exceden a los del cuerpo, y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su ejercicio oficio de ganapanes.”

Pero la vida es como es, y sólo dentro de la ficción puede ser como se desea. Por eso la ficción es el refugio de los escritores. Por eso este señor manco que fuera un militar sin suerte, un funcionario sin trascendencia, un dramaturgo irrelevante y un poeta no tenido en cuenta, es un narrador inmortal.

© LA GACETA

Rogelio Ramos Signes - Escritor.

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