Le Clézio: “Siempre tuve la sensación de que no he hecho más que un viaje en mi vida”

El premio Nobel de Literatura 2008 fue entrevistado por Kupchik un año antes de recibir su galardón. Habló sobre sus comienzos con los libros, su vida personal, el viaje que lo marcó, las semillas de algunos de sus escritos y de un encuentro con Borges. La entrevista forma parte de Todos estos años de gente (editorial Modesto Rimba), libro de reciente publicación que reúne reportajes con escritores con una destacada trayectoria internacional

15 Abr 2018
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LA EXPERIENCIA. Las novelas deben madurar lentamente, afirma Le Clézio. foto Daniel Mordzinski

Por Christian Kupchik

- ¿Recuerda sus primeros contactos con la literatura?

- Sí, al menos tengo registro de un amor casi inmediato por los libros a partir del primer momento en que pude acercarme a ellos. Me resultaban objetos extraordinarios y a ellos les debo las principales emociones de mi infancia. Mis primeros libros no eran para niños, sino libros “serios”, como por ejemplo, diccionarios. Me leí un diccionario de inglés a los siete años porque pretendía de ese modo aprender la lengua. Le debo una de las grandes emociones de mi infancia a mi abuela, que puso a mi disposición una obra fantástica: El diccionario de la conversación, de 1858, en quince tomos, sin ninguna ilustración, un texto impreso a tres columnas, a la manera de la época… Y esta obra árida, escrita en un francés anacrónico, se me apareció como la materia misma de un sueño: el mundo entero comprendido en un libro. Este Diccionario de la conversación me permitió una suerte de atajo al conocimiento, un vagabundaje por el espíritu. Me hizo comprender que el libro era una suerte de vehículo para llegar otros mundos, a países lejanos y fantásticos. Es un poco el objetivo de Don Quijote, quien viaja por un perímetro muy restringido, pero el mundo que revela es enorme, ilimitado. A la manera también de los Viajes de Gulliver: la historia se desarrolla en un espacio reducido, pero todo aparece multiplicado. Cada línea, cada pasaje, conduce a una nueva aventura.

- Su genealogía de origen diversa también debe haber estimulado esa pasión por intentar “ver más allá”…

- Seguramente, aunque tampoco resultó sencillo. Mi madre era una inglesa refugiada en Niza y mi padre, médico en África al que recién conocí muchos años después de haber nacido, había llevado a Francia toda su tradición de Mauricio. En el contexto meridional francés, yo era educado como un niño mauriciano: se me decía que la Navidad era una festividad pagana que no había que festejar, comía todos los días arroz acompañado con hojas de calabaza, de espinaca, de acelga u otras verduras, todo hervido. La única excepción era el domingo: ese día se podía rociar el arroz con salsa de curry. Mis padres no poseían heladera, de modo que tampoco conocía los helados. Siendo francés, era un extranjero. Por otra parte, tampoco era sencillo ser inglés en esa época.

- ¿Le Clezio es su apellido materno?

- No, sucede que mis padres eran primos hermanos y tenían el mismo apellido. La isla Mauricio fue colonizada primero por portugueses y holandeses, y después llegaron los franceses e ingleses. Viví un tiempo allí, pero no demasiado, aunque ahora me gustaría volver. De allí las dificultades para definir una identidad. Durante mucho tiempo tuve pasaporte británico, y cuando visitaba un club inglés, muchas veces podía escuchar a la gente susurrar preocupada que “hay un francés rondando por el club”.

- Y en 1948 partió para reencontrarse con su padre en Nigeria…

- En efecto, debimos esperar hasta el 48 porque el camino estaba atestado de minas marinas como las que describió Kipling en un texto fantástico donde se ve a un carguero avanzar por el Atlántico temiendo chocar contra esas minas marinas. Los pasajeros estaban pendientes de tener que saltar en cualquier momento. Todo el mundo estaba de pie, expectante contra la proa. Me quedé un año en África, un año de vacaciones. Fue algo prodigioso. Siempre tuve la sensación de que no he hecho más que un viaje en mi vida: fue ese. Los otros no fueron viajes. Tomar un avión e ir a cualquier parte no es viajar.

- La experiencia de ese viaje la expresó en Onitcha. ¿Por qué debieron pasar 43 años entre ese hecho y su escritura?

- No lo sé. Pienso que las novelas deben madurar lentamente. He escrito algunas novelas enseguida de haber recibido un impulso inicial. En este caso, ni siquiera imaginaba que algún día sería capaz de escribirla. De hecho, la novela del viaje ya la había escrito mientras lo hacía, porque a los ocho años ya era novelista. Tenía unos pequeños cuadernos y un lápiz grueso, casi un crayón, y escribí una novela que se llamó Un largo viaje. Y a esa le siguió otra: Oradi noir (Oradi negro). Habiendo escrito esas dos primeras novelas, habiendo vivido el viaje, debió pasar mucho tiempo hasta que me dije: ¿vale la pena reescribir aquello?

- ¿Conservó esos cuadernos? ¿Le sirvieron para Onitcha o El Africano, donde también aborda el tema?

- Mi madre guardó piadosamente mis dos incipientes obras de juventud. Creo que se las mostré a medida que las iba escribiendo. A fin de cuentas, ella era mi único público. Las reencontré no hace mucho. Y me sorprendí al verificar que eran verdaderas novelas, en el sentido que seguían un flujo paralelo al de la realidad, pero no tenían ningún parecido con ella. Describía las aventuras extraordinarias de los viajeros una vez que llegaban a África, pero arriba del barco no ocurría nada. El viaje duró alrededor de dos meses y medio, al ritmo cansino en el que se desplazaba el buque. En estas novelas hablaba del encuentro con un grupo de ballenas, los desembarcos en las costas africanas, apuntaba insólitas aventuras. Lo escribía todo encerrado en mi camarote, quizá motivado por el aburrimiento. No, no las utilicé para Onitcha. De todas formas, esos cuadernos podrían servir muy bien como el trasfondo simbólico de toda novela: vivir lo real de otra manera.

- A los ocho años se estaba convirtiendo en lo que ya era, como el tigre de Borges, que dedica su vida a convertirse en un tigre…

- Es una idea muy hermosa. Tuve la suerte de encontrar a Borges una única vez y hablamos largamente sobre la relación que existe entre la literatura y la vida. Él estaba muy inquieto, porque buscaba el nombre de un autor que no podía recordar. Al cabo de varios ensayos, se lo pude proporcionar: Rider Haggar. De niño, me dijo, había sido conmovido por la lectura de un relato que leyó en un número muy antiguo del Journal des Voyages. Allí, se contaba la historia de Chaca, el rey zulú, y contenía un pasaje extraordinario en el que un joven negro educado por un pastor protestante, abandona el mundo europeo, el de su infancia, y desaparece en la jungla. Algún tiempo después, cuando el pastor se dispone a celebrar una fiesta, aparece un salvaje con el rostro cubierto de pintura de guerra, que lleva plumas y enarbola una lanza. El grupo allí reunido está aterrorizado pensando que algo terrible va a ocurrir. El hombre se acerca al pastor, le arroja un chaleco y le dice: “Es el único rastro que encontré de la civilización. Te lo ofrezco.” Luego, desaparece en la espesura de la selva. Borges decía que ese relato lo había impresionado porque demostraba que el destino de un hombre estaba escrito en su interior. Si puede transformarlo, siempre está reparando lo que debería ser, eligiendo lo que a fin de cuentas siempre debió haber sido. Según Borges, en función de esto nadie es capaz de escapar a su destino. Yo creo, en cambio, que está largamente condicionado por lo que vivió en sus primeros años, las lecturas que ha hecho, los cuentos que escuchó… El resto de la existencia consiste en un intento por reconstruir este período, un poco como el tigre que debe convertirse en tigre.

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