Correspondencia con la otra punta del mundo

Un intercambio epistolar inédito, como la del célebre filósofo rumano Emil Cioran, en la última década de su vida, con Alina Diaconú -joven escritora y periodista rumana radicada en Buenos Aires- representa un espejo de la realidad cultural de los años 1985-1989, en París

01 Abr 2018

Por Anca Sirghie

Demasiado poco conocida hasta ahora en su país de origen, Alina Diaconú, la interlocutora de Cioran en ese diálogo epistolar entre los años 1985-89, se ve sorprendida a sus 40 años y, en plena afirmación de su vocación, por esa circunstancia; ella es dueña de una poderosa personalidad y una sensibilidad a la medida de él. Nacida en Bucarest, Alina partió en el exilio junto a sus padres en 1959, cuando tenía 14 años, edad que cumplió justamente durante su viaje en barco. Se radicó en Buenos Aires, donde recibió la ciudadanía argentina. Entre 1968 y 1970 vivió en París, la ciudad a la cual retornó varias veces y donde conoció a algunas grandes personalidades, abordadas por ella con los instrumentos del periodismo. Entre esas figuras están sus connacionales Emil Cioran, Mircea Eliade y Eugène Ionesco.

A estos tres escritores los conoció en la época de su primera residencia en Francia, en la casa del crítico de arte Ionel Jianu, que era amigo de sus padres en Rumania. El padre de Alina fue un prestigioso crítico de arte y coleccionista de pintura, de cuyas obras tuvo que deshacerse al abandonar el país.

Alina Diaconú se hizo conocida en Argentina como autora de las novelas La Señora, publicada en 1975; Buenas noches, profesor, aparecida en 1978; Enamorada del muro, 1981; Cama de Angeles, editada en 1983, Los ojos azules, 1986; El penúltimo viaje, publicado en 1989 y que obtuviera el Premio Meridiano de Plata como mejor novela argentina del año, seguido por Los devorados, 1992 y otras más.

Hasta el presente, la escritora argentina sigue guardando la tradición de sus viajes a París. Yo no puedo sino lamentar el hecho de que no logré encontrarla en la capital francesa donde Alina Diaconú estuvo recientemente de vacaciones. Deseaba mucho esa entrevista, que me falló. Pero a pesar de no habernos visto cara a cara, nuestro diálogo sigue en el plano virtual con todo el entusiasmo de una comunicación fecunda. En el mensaje que me llegó desde Buenos Aires justamente hoy, la alegría de las remembranzas la llevan a Alina Diaconú a revivir la amistosa emoción de sus visitas a la buhardilla de Emil Cioran en París.

“Le cuento un detalle -me aclara-. Mis visitas a la calle Odéon las hacía siempre sola, mi marido iba a buscarme para hablar un poco con Cioran y hacernos fotos al final de los encuentros. Esto ocurría así porque había un problema de idioma: mi marido no hablaba francés (solamente inglés y yo… no hablo inglés). Cuando él me iba a buscar, se comunicaba con Cioran en inglés. La última vez que lo vimos, cuando nos despedíamos, Cioran le dijo a mi marido: “Ella es siempre joven y bella”. Y mi marido, le preguntó, riendo: “¿Y yo? ”.

Un Cioran sosegado

Estaba claro, según lo demuestran las cartas, que Cioran esperaba que sus futuros encuentros fuesen puramente amistosos, sin ningún objetivo lucrativo de su parte. También se nota que su amistad se había vuelto prioritaria en relación al profesionalismo de la periodista de opinión y escritora que era Alina Diaconú.

Inmerso en ese diálogo de las edades, el filósofo no duda en compartir con la exuberante, joven y bella amiga de allá lejos, la precariedad de su salud en el otoño de su vida, con cambios físicos o de actitud, cuando intenta ubicarse bajo el blindaje de “la modestia”, lejana a toda forma de gloria. Esto, porque en la concepción de Cioran, no hay calamidad más insoportable para la tranquilidad de un hombre que la celebridad.

Hace falta mencionar también otra experiencia existencial, probada ya y superada. La lectura de las cartas a Alina demuestran el hecho que el septuagenario Cioran se da cuenta -con toda lucidez- de que ya no vale la pena dar la falsa imagen de una masculinidad tardía. En este caso decide renunciar al modo en que había procedido en su diálogo epistolar con la señora Friedgard Thoma de Alemania, que fue un preludio de ese “enamoramiento a través de las palabras”, como definiera esa mujer -35 años más joven- la perturbadora crisis erótica del filósofo de 70 años. El único punto en común con las dos mujeres sería su constante admiración por la Patagonia, que Cioran también le confesó a la alemana: “Quisiera volar ahora a la Patagonia, lejos, lejos de usted, en el polo opuesto”. Un estado de espíritu totalmente diferente anima a Cioran cuando le confiesa a Alina y le declara amar a la Patagonia toda, proponiéndole que sea esta un posible tema para un libro futuro de la escritora rumano-argentina. La realidad es que la experiencia de un enamoramiento tan riesgoso para aquel que se decía “un gran cazador de faldas” ya estaba consumada, por lo cual frente a la joven compañera del diálogo epistolar de la Argentina, Cioran se muestra completamente… sosegado. Su amistad tiene otros parámetros y hasta objetivos diferentes, siendo ella en todo caso y de una manera muy profunda, la base de un sostén intelectual recíproco.

Dado que a Alina Diaconú el filósofo parisino la apreciaba también como escritora, es evidente que juzga necesario aconsejarla con sugerencias útiles para la creación literaria, y le pide nutrirse de las fuentes más auténticas de las realidades vividas. Por eso, según su opinión, ella tiene que cuidarse de los medios universitarios, con la idea de que para la inspiración, puede resultar mucho más beneficiosa la charla con un chofer de taxi que con los profesores universitarios.

Este punto de vista de Cioran, tan lleno de desprecio hacia los medios académicos de cualquier lugar, no le va a impedir ofrecerle, inmediatamente después, lleno de solicitud, darle una recomendación para la Fundación Guggenheim para ayudarla a obtener una nueva beca en una universidad norteamericana. Lo reconocemos así al levemente contradictorio Cioran. Sobre todo en esa expresión con la cual Cioran define al Paraíso terrestre como “una beca a perpetuidad” no nos asombra, ya que ésta era -siempre y en toda ocasión- su afirmada estrategia existencial...

Maledicencia de la notoriedad

En las cartas se esbozan los proyectos creadores de Cioran, molesto según su epístola del 31 de Marzo de 1987 por el éxito televisivo de su libro más reciente, Exercices d’admiration, éxito que él siente como la más pesada derrota de su vida. Cioran era conocido por su mala relación con los honores que París le concedía a través de premios y se sabe del permanente rechazo con el cual insistía en no recibirlos. Sobre la única excepción, el Premio Rivarol (acordado mucho tiempo atrás por una Comisión de Honor, integrada por A. Gide, Jules Romains, A. Maurois y otros), él le relata a otro interlocutor cercano, Gabriel Liiceanu, en su carta del 3 de mayo de 1988 lo siguiente: “Fue la primera y la última vez que acepté esa clase de ‘honores’. A todos los demás, los he rechazado, pero acepté, en cambio, otro tipo de humillaciones”.

He aquí que a Alina Diaconú también le confiesa exactamente en los mismos términos la reversibilidad entre la gloria y la humillación. La postura de Cioran era muy reacia al reconocimiento oficial que, las más de las veces tiene en su visión, los colores de la humillación. En este sentido, él le va a desear a Alina que “no conozca jamás la maledicencia de la notoriedad”.

Exactamente un año después de la comunicación precedente, el 20 de septiembre de 1988, Emil Cioran redacta una pequeña carta en la cual manifiesta su agradecimiento por la manera en la cual Alina retrató a sus interlocutores en las entrevistas realizadas. Esa manera de encarar los diálogos había sido comentada por él también con Eugéne Ionesco, escritor que se había beneficiado con la popularidad: “Gracias por ese diálogo para nada imaginario, sino todo lo contrario. Esta forma de entrevista da una imagen mucho más verídica y coherente de un escritor que una improvisación donde hay, necesariamente, dichos más o menos frívolos”.

Cioran no puede dejar de compartir, en su primera carta del 20 de enero de 1989 la alegría de haberse enterado de que en Rumania había aparecido una antología con fragmentos de sus libros publicados en francés. Finalmente ¡se producía ese milagro! He aquí una apertura que lo asombra, después de tanta prohibición a la cual fuera sometido en la Rumania comunista. En este contexto, señala con entusiasmo “une excelente brochure de Mariana Sora”, que se había publicado: Cioran jadis et naguère, de Editions de l’Herne, en 1988.

A través de los comentarios epistolares premonitorios de Cioran, nos enteramos de que en el año de la Revolución Rumana de Diciembre (1989), su país natal era “un infierno”, considerando a sus connacionales, según su opinión “el pueblo más desdichado del mundo”. Excesivo en sus formulaciones, el filósofo describe a los rumanos como la etnia más humillada, capaz de soportarlo todo, sin reaccionar a través de una revuelta. Con este acontecimiento (la Revolución Rumana de 1989) se cierra también el diálogo epistolar inédito entre Emil Cioran y Alina Diaconú, al cual nos estamos refiriendo en esta nota.

Más allá de todo, pero deslizada entre otras cosas, aparece la estima de Cioran siente con respecto al beneficioso y eficiente modo en el cual ella, joven interlocutora desde la otra punta del mundo, se ocupa de su promoción y de la de otros cofrades en la escritura. Después de la Revolución Rumana de Diciembre de 1989, de las cinco preguntas enviadas con un febril interés por la escritora de Buenos Aires, Cioran responde solamente a cuatro de ellas, de una manera muy sintética y, por supuesto, muy subjetiva. ¿Cómo si no?

Anca Sirghie - Crítica literaria, historiadora y profesora rumana.

* Artículo publicado originalmente en Romania Literaria, el 17 de noviembre de 2017.

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