Zapatos a medida, para pisar bien fuerte

Cada vez más personas tienen problemas para encontrar calzados. La confección artesanal de zapatos abre un abanico de opciones para quienes se apartan de los clásicos talles. Mujeres que calzan más de 41 y hombres que superan el 46. Pie plano, demasiado ancho o muy flaco. Para todos ellos, que padecen porque jamás pueden estar a la moda o sentirse cómodos, hay especialistas decididos a sacarles la piedra del zapato y ayudarlos a salir adelante.

25 Mar 2018 Por Lucía Lozano

Pueden revelar tu personalidad. Irradiar sensualidad. Podés dar una buena impresión con ellos; mostrarte sofisticada, moderna o conservadora. Dime qué zapatos usas y te diré quién eres, aseguran los diseñadores. Una frase que nunca tuvo cabida en la vida de Josefina P., de 35 años. Es docente, mide 1,83 metro y calza 42. Hasta el año pasado jamás había podido comprarse un calzado para estar a la moda. Pablo Parolo (52 años, actor) tuvo que acostumbrarse -a la fuerza- a usar zapatillas de básquet desde que era adolescente. No había otra opción para su pie talle 47. Tampoco para Lisandro Barrera (39 años, diseñador), que calza 49 y a veces 50.

Nadie más que ellos podría andar con los pies bien puestos en la tierra. Sin embargo, nunca les resultó fácil transitar su camino. Por las burlas. Por la imposibilidad de encontrar algo que les guste y que les calce bien. De tanto contar sus angustias, Raúl Galván (51) encontró por Facebook a dos tucumanos que prometieron hacerle unas alpargatas de cuero a medida. Siempre había soñado con tener este calzado. Por su altísimo empeine, sólo podía usar de tela. Cualquier cosa que se compraba, le sacaba ampollas. “Era una tortura”, cuenta.

Galván llegó así al taller de María de los Ángeles Lobo (38) y Daniel Iramain (35), dos emprendedores que “sin querer” terminaron ayudando a un montón de tucumanos que tienen problemas para conseguir calzados.

Hace un año y medio, cuando María y Daniel quedaron sin trabajo, compraron unos retazos de cuero y probaron hacer una alpargata. “Si sale bien, nos largamos con esto”, había dicho él, que había trabajado en talleres de arreglo de calzados y allí había aprendido cómo se armaban zapatos.

El primer modelo gustó tanto a la familia que empezaron a encargarles más productos. De boca en boca, fueron creciendo y ampliando el taller, ubicado en el fondo de la casa donde creció María, en Villa Alem. Allí, sobre una estantería de chapa, hay una montaña de hormas de zapatos. Muchas están personalizadas y tienen los nombres de “María”, “Raúl” y “Cristina”, por ejemplo.

“Empezamos haciendo alpargatas con medidas estándar, y de pronto empezamos a recibir consultas de gente que nos preguntaba si hacíamos a medida. Muchos llegaban en estado de desesperación porque no conseguían nada”, cuenta Daniel, mientras muestra el molde que preparó para una mujer que tiene un pie talle 39 y el otro 40. “Ella siempre tenía que comprarse dos pares de zapatos o ponerse algodón en uno de los calzados”, cuenta.

Pie plano o muy flaco, empeine altísimo. Estos son algunos de los casos más frecuentes que reciben en “Suyanna” (significa esperanza, en quichua). “Nunca fue nuestro propósito hacer calzado a medida. Se dio. La gente nos empezó a buscar mucho para que le diseñemos lo que quieren: alpargatas, botas de tipo borcego, balerinas con plataforma. Tenemos cueros de todos los colores y ellos eligen”, detalla María y muestra un dibujo sorprendente de un pie de más de 15 cm de ancho. “Este cliente, por ejemplo, nunca había podido usar otra cosa que ojotas. Se le caían las lágrimas cuando vio sus primeras alpargatas”, recuerda.

Después de dibujar el pie sobre una hoja y de recortar el molde en un plástico de radiografía, toman medidas con un centímetro especial y entonces comienzan a agregarles trozos de cartón a las hormas. Así se asemejan bastante al tamaño de ese “pie especial” que tiene el cliente. Ella corta el cuero, él la planta. Con pinzas, van dándole forma al calzado. Luego lo pegan. Parece sencillo. Pero no lo es. Es un trabajo artesanal. Cada paso exige mucha precisión. Se levantan todos los días a las 6 y apagan las máquinas de coser a las 19. Cada jornada hacen cinco pares de zapatos. Una bota les lleva más tiempo: mínimo mediodía. Cuestan desde $ 600 a $ 1.200.

“Sufren mucho”

Juan Carlos Soraire (53) se presenta con orgullo como uno de los pocos zapateros del medio que hace calzados a medida. Dice que, a veces, hasta se convierte en psicólogo de sus clientes. “Son personas que sufren mucho. Se cansan de andar de negocio en negocio y no encontrar nada. Los miran raro. O tienen que viajar y pagar mucho dinero para poder tener un zapato”, señala el especialista, dueño del taller “Alejandro”, que abrió sus puertas en el año 94 en avenida Ejército del Norte al 600.

Juan Carlos pasa largas horas sentado entre cuatro paredes. Desde la vereda del local se respira el aroma a cuero recién lustrado. Al ingresar, detrás del mostrador, se abre un mundo impensado: montañas y montañas de calzados, cueros que cuelgan de las paredes, cientos de hormas hasta el talle 53, para botas, zapatos colegiales o de vestir, para sandalias, etcétera. La radio que no para de andar. Las máquinas de coser, igual. Las herramientas desparramadas. “Soy zapatero desde mi juventud, cuando llegué del campo con una mano atrás y otra adelante, y me instalé en la ciudad. Mi anhelo siempre fue confeccionar calzados porque escuchaba todo el sufrimiento de esa gente que tiene el pie muy grande, o muy gordo, o muy flaco; para quienes sufren diabetes y se les hincha demasiado el pie, o sufren porque tienen espolón”, describe.

Si fuera mujer, de seguro su el oficio sería el de hada madrina, bromea el hombre que le resuelve problemas a muchas personas. La varita mágica son sus manos, listas para hacer un calzado con este objetivo: que no duela, que se adapte bien, que no roce, que anime a salir y que no de ganas de que la fiesta termine para descalzarse.

pie grande
“es un problema cada vez más frecuente”
El Club del Pie Grande ofrece desde su página web consejos y tips para las personas que  no encuentran calzados. Tienen 72.000 seguidores en el país. A diario reciben 17 pedidos de gente que necesita ayuda, el 70% son del interior porque las opciones allí son mucho menores que en la capital del país, cuenta Inmaculada Ruiz Santana, la fundadora del sitio. “Lo que vemos es que es un problema cada vez más frecuente entre las jóvenes. Hoy ya tenemos chicas que a los 15 años calzan 43 o 44. Para los hombres, desde el número 47 en adelante, ya es misión imposible encontrar un calzado”, señala. 
 
testimonio
el actor pablo parolo cuenta su experiencia
“Calzo 46 o 47 desde los 12 años. Mis pies sobresalían tanto que  siempre me gastaron. Algunos me decían que me iba a morir parado, o me preguntaban si me lavaba los pies en El Cadillal”, confiesa el reconocido actor tucumano, Pablo Parolo, de 53 años. “Nunca puede elegir calzado. Tuve que conformarme con las zapatillas de básquet; eran las únicas que venían de mi número”, recuerda. De chico, Pablo pensaba que su pie había crecido tanto porque le gustaba andar descalzo. “El hecho de tener el pie grande me proporcionó cierta torpeza: no bailo bien y aunque me gusta jugar al fútbol soy inútil: es como jugar al ping pong con paleta de padel. 

> Pie grande
“Es un problema cada vez más frecuente”

El Club del Pie Grande ofrece desde su página web consejos y tips para las personas que  no encuentran calzados. Tienen 72.000 seguidores en el país. A diario reciben 17 pedidos de gente que necesita ayuda, el 70% son del interior porque las opciones allí son mucho menores que en la capital del país, cuenta Inmaculada Ruiz Santana, la fundadora del sitio. “Lo que vemos es que es un problema cada vez más frecuente entre las jóvenes. Hoy ya tenemos chicas que a los 15 años calzan 43 o 44. Para los hombres, desde el número 47 en adelante, ya es misión imposible encontrar un calzado”, señala. 

 
> Testimonio
El actor pablo parolo cuenta su experiencia

“Calzo 46 o 47 desde los 12 años. Mis pies sobresalían tanto que  siempre me gastaron. Algunos me decían que me iba a morir parado, o me preguntaban si me lavaba los pies en El Cadillal”, confiesa el reconocido actor tucumano, Pablo Parolo, de 53 años. “Nunca puede elegir calzado. Tuve que conformarme con las zapatillas de básquet; eran las únicas que venían de mi número”, recuerda. De chico, Pablo pensaba que su pie había crecido tanto porque le gustaba andar descalzo. “El hecho de tener el pie grande me proporcionó cierta torpeza: no bailo bien y aunque me gusta jugar al fútbol soy inútil: es como jugar al ping pong con paleta de padel.   


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