Un enemigo acecha: el hambre emocional

Suele dispararse cada vez que nos sentimos mal. Las herramientas para combatirlo.

18 Mar 2018
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ALERTA. Las visitas constantes a la heladera no suelen corresponder al hambre real. Hay que frenar a tiempo. mujerysalud.es

La angustia, el estrés, la tristeza, la soledad, la baja autoestima, la culpa, la bronca y la frustración son emociones que suelen funcionar como “disparadores” del hambre emocional. A diferencia del hambre real, el hambre emocional aparece en forma de ganas de comer, sin medir cantidades ni calidad.

El hecho de que una persona se premie o se castigue con comida según como le haya ido en el día es síntoma de que no reconoce el tipo de hambre que siente, explica Dolores Moreno, licenciada en Nutrición. A modo de ejemplo, sostiene que hay personas que se plantean algo así como “estoy triste. He tenido un mal día en el trabajo. Me merezco comer un sándwich de lomito, un chocolate o un buen helado”.

Existen muchas pautas y comportamientos -dice Moreno- que permiten visibilizar si comemos porque tenemos un hambre real o uno emocional. La especialista explica que el hambre real es aquel que cubre las necesidades biológicas y energéticas de nuestro organismo. “No es un hambre selectivo; es el qué sentimos, cuando nos levantamos de dormir y es hora del desayuno”, ejemplifica. En contraste, el hambre emocional es selectivo (principalmente azúcares y carbohidratos), aparece de manera repentina y tiene que ser saciado ya. “Es cuestión de vida o muerte, necesito comer ya una torta porque si no moriré”, relata.

Moreno advierte que detrás de ese comportamiento hay más que nada la necesidad de calmar o saciar una emoción o inquietud de nuestro ser; porque el morir de hambre -resalta- se manifiesta de otras maneras.

Marcelo Massons, coach ontológico, especializado en Programación Neurolingüística (PNL) e inteligencia emocional, apunta a los registros del cerebro. “Hay casos en los que la persona se siente nerviosa, angustiada, solitaria, aburrida, y va 20 veces a la heladera y no tiene registro de que lo hace de manera automática. Alguna vez en su vida comió y eso su cerebro lo registró como placentero y aprendió a calmar esos estados con comida, sin degustar sabor, textura, color, aroma”, resalta.

Massons hace referencia a la metáfora del iceberg para hablar de los diferentes traumas o trastornos que pueden esconderse detrás de la comida. “La punta del iceberg, ese pedazo de hielo que sobresale, es sólo una parte de la masa total que se encuentra bajo el agua. En el caso de la alimentación sucede lo mismo, una persona que come para saciar o satisfacer sus frustraciones, penas, problemas, peleas o como queramos llamarlo; está ocultando otras situaciones de las cuáles escapa o no las reconoce”, describe.

Florencia Alzogaray, licenciada en Psicología y terapeuta sistémica familiar, concuerda con lo expuesto por Massons. Además toma como ejemplo el caso de los pacientes con obesidad. “Un cuerpo obeso está dando un mensaje -apunta-; tal vez la persona vivió un hecho traumático, o es síntoma de otra patología como la depresión o trastorno de pánico. En ese tipo de situación primero hay que observar la genética porque ahí siempre encontramos algunas señales de por qué ‘somos como somos’; concientizarnos acerca de lo que nos pasa, reconocernos; descartar que no se trate de un problema de salud. Si no lo es, hay que empezar un tratamiento ya sea psicológico, nutricional y deportivo, según cada paciente. Porque todos somos diferentes y únicos”, destaca.

Alsogaray afirma que las emociones sí están asociadas con la alimentación; y que la mayoría de las veces ya sea el aumento o disminución del peso es un síntoma de que “algo más está pasando”.

El orden es clave

Los especialistas concuerdan en que hay que ser ordenado y consciente de cómo nos alimentamos. De ese modo se podrá reconocer si se consumen alimentos para saciar el hambre fisiológico o el hambre emocional.

Massons hace hincapié en el sentimiento de culpa. “El problema aparece cuando las decisiones se valoran desde el punto de vista racional, que separa las cosas como buenas o malas. ‘Voy a comerme un asado’; pero yo sé que quiero tener determinado cuerpo, que no tengo, y me siento mal por eso y a ese sentimiento lo tapo con comida. Sin querer, en ese raciocinio me comí la culpa, la ansiedad”, sostiene.

El paciente tendrá que aprender hábitos para intervenirse frente a ese comportamiento que es compulsivo -afirma-. Para ello deberá trabajar a nivel cerebral, y reprogramar sus comportamientos ante esas situaciones y tener las herramientas necesarias para intervenirse.

La psicóloga Alzogaray advierte sobre el autocastigo. “Estamos inmersos en una cotidianidad en la que no prestamos atención a lo que nos rodea -advierte-. Debemos ser ordenados en todos los aspectos de nuestra vida y además ser conscientes de lo que hacemos, decidimos, queremos, comemos. El secreto está en reconocernos para mejorar nuestra alimentación. Hay que comer por hambre, no para escondernos, autocastigarnos o proteger nuestras debilidades”.

Saludables cambios de hábitos 

- Tomar un vaso de agua, porque muchas veces parece que tengo hambre y en realidad tengo sed.

- Contar hasta 10 y tomar un vaso de agua para reconocer, en ese intervalo de tiempo, si es hambre real o emocional.

- Hacer un listado de cosas para hacer o para comprar, entre otras. Así pienso en otra cosa.

- Salir a dar un paseo, llamar a un amigo, escribir, terminar un proyecto de trabajo, o simplemente quedarse con ese sentimiento que, inevitablemente, primero subirá y después bajará.

- No medir el hambre de modo racional (sí comer; no comer).

- Estar atentos para sentir si estamos hambrientos o llenos.

- Sintonizar tu cuerpo y tu estómago.

- Tratar de estar bien con nosotros mismos.

> Saludables cambios de hábitos 
- Tomar un vaso de agua, porque muchas veces parece que tengo hambre y en realidad tengo sed.
- Contar hasta 10 y tomar un vaso de agua para reconocer, en ese intervalo de tiempo, si es hambre real o emocional.
- Hacer un listado de cosas para hacer o para comprar, entre otras. Así pienso en otra cosa.
- Salir a dar un paseo, llamar a un amigo, escribir, terminar un proyecto de trabajo, o simplemente quedarse con ese sentimiento que, inevitablemente, primero subirá y después bajará.
- No medir el hambre de modo racional (sí comer; no comer).
- Estar atentos para sentir si estamos hambrientos o llenos.
- Sintonizar tu cuerpo y tu estómago.
- Tratar de estar bien con nosotros mismos.

> Un ejercicio clave

Antes de comer, pensemos cómo nos sentimos 

Si sentís hambre y tenés ganas de comer algo selectivo como “algo dulce” o “algo salado” es necesario reconocer qué emoción, inquietud o sentimiento posees, ya sea: aburrimiento, estrés, problemas en el trabajo o en casa, como una pelea. Antes de llevar el alimento a la boca hay que hacer este ejercicio, como un modo de identificar lo que pasa por tu mente y tu cuerpo y además tomar conciencia para poder discernir si es hambre real o emocional.

La licenciada en Nutrición Dolores Moreno explica que las cuatro comidas principales son fundamentales: desayuno, almuerzo, merienda y cena. “Sólo si tenés hambre real (para saberlo hacés el ejercicio de identificarlo) podés comer colaciones de media mañana o media tarde. Por ejemplo: si te levantás y desayunás a las seis de la mañana, es muy probable que tu organismo necesite una dosis de energía. Ahí es cuando comemos una colación. Pero si te levantás a las 11 y almorzás a las 13; no es hambre real el que podés tener a las 12, una hora después de desayunar”, advierte.


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