Yuyales y perros sueltos son problemas a solucionar

27 Feb 2018 Por LA GACETA

Entre las no pocas tareas que la Municipalidad debe llevar a cabo y lo hace sólo de modo incompleto, está el desmalezamiento de varios lugares de la ciudad. Para citar un ejemplo por demás ilustrativo, basta observar lo que ocurre con el amplio espacio verde que rodea la histórica estación ferroviaria de San Martín y Marco Avellaneda, y que se extiende por varios metros más al sur, cruzando la calle 24 de Setiembre.

En ese vasto sector, es impresionante la altura que ya va alcanzando el pastizal. Cuadros de esa índole no solamente vulneran la estética, sino también la higiene y la seguridad de la ciudad. Esto porque son caldo de cultivo de una serie de alimañas que afectan las viviendas de las proximidades, además de impedir la visibilidad adecuada del desplazamiento, nocturno sobre todo, de malvivientes. Ni qué decir que en los abundantes baldíos, lo descripto alcanza sus máximos niveles.

El panorama que delineamos se repite tanto dentro como fuera de las avenidas, y es del resorte municipal impedir su exponencial crecimiento. Claro que también el vecindario podría arrimar alguna cooperación por su parte, cortando siquiera las malezas que crecen frente a sus viviendas, en lugar de aguardar que los operarios de la Comuna lleguen a ejecutar la tarea. A todos interesa, nos parece, resguardar la higiene; y más en esta época del año donde existen tantas amenazas a la salud, según lo advierte, en grandes carteles, la publicidad oficial.

Otro problema municipal cuya solución no se percibe, a pesar de la frecuencia con que lo han puntualizado estas columnas, es el de la abundancia de perros callejeros. Es algo que crece de manera incesante, según puede apreciarlo cualquier transeúnte. Por calles y plazas del centro y la periferia de la ciudad, se desplaza una gran cantidad de canes sin dueño.

Se introducen de los comercios o se echan a dormir en la vía pública. No pocos de ellos se ven enfermos o lastimados, cuando no exhiben un aire amenazante, o se trenzan en feroces peleas. Sería sobreabundante reiterar los tan conocidos argumentos respecto del peligro que dicha presencia encierra, para la comunidad en general. Sabemos que no pocas veces los transeúntes o los que circulan en vehículos de dos ruedas, han sufrido mordeduras de estos animales, que se tornan súbitamente agresivos. En una ciudad ordenada, no pueden circular perros sueltos, y debe la autoridad municipal tomar las medidas para que así ocurra.

Es verdad es que los conceptos modernos al respecto han desterrado aquel cruel sistema de la “perrera” municipal que, hasta promediar el siglo pasado, operaba drásticamente en dicho rubro. Pero la autoridad tiene que buscar el camino adecuado para que la capital se vea libre de esos animales que, en la actualidad, a veces circulan en verdadera manadas, ante la justificada inquietud del vecindario.

En el mismo tema, también sería necesario que se incorpore, a las costumbres de los propietarios que sacan a pasear sus mascotas, recoger las defecaciones que ellas diseminan en las veredas. Así se lo hace en Buenos Aires y en otras ciudades, donde es obligatorio que el propietario esté provisto de una pequeña pala y una bolsa a esos efectos. De tal modo, se evita el desagradable y antihigiénico cuadro que los desechos ofrecen en las veredas, cada vez con mayor abundancia.

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