La fuerza de la fe empujó a 120 jóvenes a cruzar la Cordillera de los Andes caminando

La Cruzada de María, del movimiento de Schoenstatt, incluyó a seis tucumanos. Los jóvenes contaron su experiencia espiritual.

27 Feb 2018

Hay cosas que sólo se hacen por amor. Cruzar la Cordillera de los Andes a pie es una de ellas. Caminar 460 kilómetros, subir montañas, sentir el frío y el calor turnándose para destrozarte el cuerpo, dormir entre las piedras. Aprender a valorar las cosas simples de la vida: una brisa fresca contra la cara, un pedazo de pan, un vaso con agua...

Los recuerdos se pelean por salir a la luz. Juan Pablo Ocaranza, Agustín Kasem y Nicolás Pérez Di Manno, de 21, 27 y 20 años, respectivamente, tratan de reconstruir la hazaña que protagonizaron por amor a la Virgen María. Junto a otros tres tucumanos - Santiago Acosta, José Álvarez Domínguez y el seminarista Cristian Rodríguez - forman parte de la rama masculina del Movimiento Apostólico de la Virgen de Schoenstatt. Entre el 19 del mes pasado y el 5 de este mes cruzaron los Andes. Esta peregrinación se conoce como La Cruzada de María y se realiza una sola vez en la vida. Se organiza cada cuatro años y el objetivo es unir las fronteras de los países como muestra de la devoción por la Virgen.

La expedición, integrada por 120 hombres de distintas edades, pero sobre todo jóvenes, partió desde el santuario de Schoenstatt de La Puntilla, Mendoza, y llegó hasta el santuario de Bella Vista, Santiago de Chile. Fueron 17 días caminando, entre ocho y 10 horas diarias, aunque una vez fueron 12. “Dormíamos en refugios, en edificios del Ejército Argentino o chileno, a la orilla de rutas, en campamentos gigantes y hasta debajo de un puente”, cuentan Juan, Agustín y Nicolás.

La modalidad era caminar una hora y descansar 10 o 15 minutos. Había una camioneta de refuerzo que llevaba las carpas y los víveres, y que auxiliaba a los peregrinos dándoles agua, cuentan los chicos.

Fueron 17 días diferentes a todo lo que habían vivido hasta entonces. Se levantaban a las 4 de la mañana, hacían una oración y desayunaban chocolate con leche y un pedazo de pan. Desde ese momento hasta el almuerzo sólo comían algunos frutos secos. “La primera hora de caminata se hacía en silencio. Sólo escuchábamos nuestra respiración y nuestros pasos. Era yo y la montaña . En ese tiempo algunos reflexionaban sobre su vida y otros rezaban el rosario”, relata Agustín.

“Cada día se hacia más difícil porque te levantabas con los dolores del día anterior. Las ampollas, las rodillas y los tendones destrozados por las caminatas de 10 horas. Al medio día almorzábamos 1/2 papa, un tomate y un huevo. Eso era todo. Y al día siguiente igual. ¡Los 17 días comimos lo mismo! Al principio nos hacíamos una ensalada, pero después ya nos comíamos el tomate como si fuera una manzana”, dice Nicolás.

La parte más dura de cada día era la siesta. “Parecía que el tiempo no pasaba nunca. Hacía calor, tenías sed y te preguntabas ¿Qué hago acá? ¿Qué sentido tiene todo este esfuerzo? Le llamábamos la hora del diablo, porque era sentir la tentación de subirte a la camioneta y volver. Pero cuando pasaba ese momento, con la ayuda de los demás, podíamos seguir, porque ya faltaba menos para el descanso”, agrega.

“Lo más raro que llegamos a hacer fue jugar al truco caminando”, ríe Agustín. “Había dos paraguayos que se comunicaban en guaraní y nosotros empezamos a unir los números de las camisetas de los clubes. Otros hacían ‘palito, palito’ para comunicarse en secreto. Los que pasaban por la ruta nos tocaban bocina. ¡Era extraño ver una columna de 120 tipos! Pero nadie podía adelantarse ni sobrepasar la Cruz del padre Mario Hiriart, la imagen de la Mater de la rama masculina y la imagen peregrina bendecida por el Papa junto con las banderas de los distintos países, cuentan.

Los ojos de Juan, Agustín y Nicolás brillan de alegría, pero reconocen que al principio fue duro. “Un día antes de partir nos avisaron que habían profanado el santuario de Bella Vista. Le habían robado la corona que le había puesto el fundador del movimiento, el padre José Kentenich. Entonces dijimos: vamos a recoronar a María. Nuestro sacrificio servirá para volver a hacerla reina”, evocan. Por eso cada vez que partían de algún lugar el grito era: “Salve Reina y Victoriosa, los que cruzan los Andes te coronan”.

Entre los cruzados había 35 chilenos, 5 brasileños, 20 paraguayos, tres mexicanos, un alemán, un portugués y un catalán. “Aprendimos a ser comunidad, a hacernos hermanos con otras culturas”, resume Agustín. “A que nada es imposible si lo hago por amor a María”, aporta Nicolás. “A valorar más la vida”, concluye Juan. En suma, han descubierto que es más fácil ser felices cuando es la Mater (María) la que extiende su mano para ayudarlos a caminar por la vida. “Cruzada de María ... ¡En marcha!”

La historia
Unir fronteras
La Cruzada de María surge del sueño del sacerdote chileno Mario Hiriart que ansiaba unir las fronteras de Argentina y Chile y que este gesto fuera replicado por otros países de Latinoamérica. Quería fundar un santuario en la frontera argentinochilena, cerca del Cristo Redentor. Esta idea es tomada por el padre Claudio Martínez Cohen, fundador de la Cruzada de María para la rama masculina del Movimiento de la Virgen de Schoenstatt.
> La historia
Unir fronteras
La Cruzada de María surge del sueño del sacerdote chileno Mario Hiriart que ansiaba unir las fronteras de Argentina y Chile y que este gesto fuera replicado por otros países de Latinoamérica. Quería fundar un santuario en la frontera argentinochilena, cerca del Cristo Redentor. Esta idea es tomada por el padre Claudio Martínez Cohen, fundador de la Cruzada de María para la rama masculina del Movimiento de la Virgen de Schoenstatt.

Comentarios