Lo que Donald Trump puede aprender de las hormigas

19 Feb 2018
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César Chelala - Columnista invitado

Si hubiera alguna duda de que las palabras y acciones del presidente, Donald Trump, fomentan la división y la violencia no solo en los Estados Unidos sino a nivel mundial, sus políticas desde que asumió la presidencia deberían poner fin a esa noción. Cualquier esfuerzo que el ex mandatario, Barak Obama, hizo para promover un clima de paz y comprensión (que, de diversas maneras, está siendo socavado por los legisladores republicanos) se está deshaciendo rápidamente.

La gran pregunta ahora sería: ¿Es todavía posible crear un clima de paz y entendimiento o estamos condenados a un futuro aún más oscuro? Dadas las circunstancias y los actores en juego tenemos razones para no ser optimistas.

El cambio sólo es posible si hay un reconocimiento de que se cometieron errores y de que hay necesidad de modificar comportamientos y políticas que aumentan la violencia y promueven la confrontación.

Hoy recibí una llamada telefónica de una amiga en Tel-Aviv. Ella estaba muy disgustada y me preguntó: “¿Qué pasa en los Estados Unidos? ¿Están todos locos? ¿Cómo pueden soportar a un Presidente así? “No supe cómo responderle, excepto para decirle que muchas personas aquí, en los EE.UU. comparten su nivel de frustración y miedo”.

Mientras tanto, Trump continúa su actitud de confrontación con el Gobierno de Irán y su política belicosa contra Corea del Norte. Trump quiere poner fin al acuerdo con Irán, en contra de la opinión de todos los países europeos que firmaron el acuerdo con ese país de no desarrollar armas nucleares, y contra la opinión de la mayoría de los expertos sobre este tema.

Trump tiene la misma actitud de confrontación con Corea del Norte. Durante las Olimpíadas de Invierno -que actualmente tienen lugar en Corea del Sur-, mientras las dos Coreas hacen presentaciones en común en un gesto inédito de cooperación, y mientras Moon Jae-in, el jefe de Estado de Corea del Sur, saluda cordialmente en el palco oficial a Kim Yo-jong, hermana del líder de Corea del Norte Kim Jon-un (otro gesto inédito), Mike Pence, el vicepresidente de los Estados Unidos, que estaba inmediatamente debajo en el palco oficial, ni siquiera se dignó a darse vuelta y con gesto imperturbable miraba hacia adelante.

Esa actitud de confrontación del presidente norteamericano y su gobierno tiene antecedentes que la explican. Así, mientras Trump hace alarde de la valentía de los soldados americanos, uno se pregunta: ¿Qué tan valiente puede ser una persona que se las arregla mediante subterfugios para evitar el servicio militar en tiempo de guerra, prefiriendo en su lugar dedicar sus energías a la organización de concursos de belleza?

La valentía y la empatía hacia otros seres humanos son, precisamente, cualidades de las que carece el presidente Trump.

Si hubiera alguna duda, solo basta considerar su lenguaje cuando se refiere a los inmigrantes, particularmente a los mejicanos, a quienes nombra siempre de forma peyorativa, a pesar de que la mayoría de ellos ha contribuido con su trabajo a la economía de este país.

Esa falta de empatía hacia los inmigrantes se extiende también a las mujeres, incluso a las que son víctimas de violencia de género.

El caso más reciente es el de Robert Porter, su secretario en la Casa Blanca. Cuando se demostró que sus dos ex-esposas habían sido víctimas de violencia física por parte de Porter cuando estaban casadas con él, Trump demostró más preocupación por el futuro de Porter que porque se haga justicia a sus dos ex esposas y se atiendan sus reclamos.

Este es un momento especial en la historia de los Estados Unidos. Es hora de que el presidente, Donald Trump, señale inequívocamente su total repudio al racismo y a la violencia. Pero también me doy cuenta de que pedir un gesto noble del mandatario es como tratar de sacar jugo de un higo seco.

Me pregunto si no es demasiado tarde para que Trump aprenda algo de nobleza y de empatía hacia otros seres humanos, de la breve viñeta sobre las hormigas del conocido escritor uruguayo Eduardo Galeano en su libro “Mujeres”:

Las hormigas

Tracey era una niña en un pueblo de Connecticut, y practicaba entretenimientos propios de su edad, como cualquier otro angelito de Dios en el estado de Connecticut o en cualquier otro lugar de este planeta. Un día, junto a sus compañeritos de la escuela, Tracey se puso a echar fósforos encendidos en un hormiguero. Todos disfrutaron mucho de este sano esparcimiento infantil; pero a Tracey la impresionó algo que los demás no vieron, o hicieron como que no veían, pero que a ella la paralizó y le dejó, para siempre, una señal en la memoria: ante el fuego, ante el peligro, las hormigas se separaban en parejas, y de a dos, bien juntas, bien pegaditas. Esperaban la muerte.

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