Ir a caballo a Tafí del Valle, toda una aventura

19 Feb 2018

Manuel Riva - LA GACETA

La atracción por Tafí del Valle viene desde antaño pero hasta 1943, cuando se inauguró el camino hacia esa villa, llegar en auto era imposible y el caballo era la única forma de recorrer el sinuoso camino. Ya en 1921 los “locos del aire” se atrevieron a superar las cumbres circundantes y alcanzar el valle calchaquí.

Una excursión a caballo era un aventura extraordinaria, como lo señalaba nuestro diario a mediados de febrero de 1928, bajo el título A Tafí del Valle cuesta llegar pero bien vale la pena.

La descripción del viaje comienza al salir de Santa Lucía: “después de recorrer una dos leguas (unos 10 kilómetros) en automóvil llegamos a Negro Potrero, donde nos esperaba una larga fila de caballos, todos viajeros acostumbrados a trepar alturas y descenderlas, casi con seguridad absoluta; de ahí la confianza y alegría que todos demostraban, pues entre señoras y niñas y señores y niños, sin faltar tampoco los hombres guías conocedores del camino; sumaban alrededor de treinta las personas que se iban decididas a efectuar la áspera travesía, disparando de los calores que aplastan el espíritu, ya que en los meses de diciembre, enero y febrero, Tucumán es abrasador.

A la orden a caballo cada uno de los viajeros tomó el lugar asignado en la tropilla que por seguridad adoptó la fila india. Quebradas, ríos, vegetación y corpulentos árboles eran parte del espectáculo que los viajeros iban observando en su recorrido. La caravana sigue la marcha con entusiasmo: entre cantos y risas mientras se filtran los sonidos de la naturaleza, continuaba la crónica. Al mismo tiempo el jefe de la tropa apuraba el paso y ordenaba que no se queden. Tras un tiempo de cabalgata, y pese al pedido de seguir la marcha, algunos comenzaban a flaquear: la conversación disminuye, los cantos no se sienten, las risas han desaparecido el silencio invade la caravana, todos piensan cuándo llegaremos y todavía no se ha hecho ni la mitad del recorrido, es que el paso del caballo es cansador siempre ascendiendo, nunca se termina, la posición en la montura se pierde, a cada instante hay que componerla y en este vaivén o trajín se marcha, al más fuerte se le acaba la alegría y al más pintado se le aflojan las rodillas. Tras la fatigosa marcha y cuando se llegó hasta el puesto Los Morteritos disminuye la fatiga, allí hay dos carpas bien puestas con sillas y otros accesorios para el descanso de los viajeros. El lugar estaba pensado para detenerse y pasar la noche. Algunos de los participantes miraban extasiados la zona y pensaban en un buen descanso, pero.... el buen tiempo hizo que el jefe de la expedición tome la decisión de seguir y animaba al grupo para continuar con el argumento de llegar a Tafí en el día. Pese a lo cansador del tramo llamó la atención el valor y el espíritu que animaba a las damas y señoritas para proseguir la marcha.

El punto más alto del recorrido fue alcanzado al finalizar la cuesta de la Ventanita, donde se llega a los 2.100 metros sobre el nivel del mar. El relato destaca la habilidad de los animales para seguir ascendiendo y también la pericia del jinete, pues es menester animar constantemente a la cabalgadura para que no pierda energías. Pasado el mediodía el grupo llegó a Duraznos Blancos, tras más de seis horas de cabalgata.

Al bajar de sus monturas jinetes y amazonas notamos ciertas formas raras de caminar, no lo hacíamos con la seguridad y la fijeza acostumbradas. El lugar era el punto esperado por los viajeros para alimentarse, ya que los estómagos (están) vacíos por demás, pues solo cuentan con un café con leche no muy completo. También para darles descanso a los caballos.

Cada viajero traía su vianda. Algunos pollo otros matambre, huevos duros, fiambres, pan, vino, cerveza, termos con café. Fue una sorpresa agradable, ver dos corderos al asador que luego manos diestras despiezaron para los visitantes. Esto fue una decisión del jefe del viaje. Luego: los semblantes habían cambiado de color, la alegría renacía en presencia de tan agradables manjares. Los ánimos habían mejorado, los cuentos y chistes producen la hilaridad en el grupo. Pero todo termina. Se dispone que es hora de continuar viaje y se ensillan los caballos. En la crónica se expresaba: aun cuando la distancia que falta no es mucha, los últimos tramos parecen interminables y hay verdaderas ansias en llegar.

Los ánimos templados y los estómagos llenos ayudaron a seguir. Marchas, cuecas, vidalitas y otros ritmos fueron entonados durante el camino rumbo a La Angostura que presenta, según la crónica, sus propias dificultades, pues el descenso a veces es peor que la subida. Había que bajar hacia el valle por un camino tortuoso y cuya senda por demás angosta no da paso más que para un jinete y es menester tomar precauciones para evitar accidentes. El cronista viajero, así se identifica en la nota, decía que ya habían contemplado el Ñuñorco, que con sus casi 4.000 metros de altura, daba un marco majestuoso e imponente a la vista del viajero. El recorrido va llegando a su fin; los viajeros, siempre animados por el jefe del grupo, avistan La Angostura tras atravesar el río de la quebrada 46 veces y 9 el río de la Angostura.

Los miembros de la caravana observan la maravilla del valle, rico por su frescura y lozanía, el verde de sus pastos, el desarrollo de los sauces llorones, altos, corpulentos, como si su existencia fuera secular. Las miradas se perdían en la inmensidad del paisaje y al penetrar más en él no se sabe qué más admirar.

La gran aventura casi había concluido. Las damas y niñas se instalaron en coches, los hombres continuaron cabalgando como escoltas las última dos leguas. Pudimos conocer la pista de aterrizaje, campo preparado para ello y cedido por la familia Chenaut, para llegar a la villa de Tafí, punto final de nuestro viaje, cerraba la crónica.

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