“Mi padre me decía que con las deudas no se jugaba”

El empresario creía en el valor del apellido.

18 Feb 2018
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GIACOSA, A LOS 84 AÑOS. El empresario y dirigente deportivo, fallecido el jueves, en su negocio de materiales. la gaceta / (archivo)

Esta entrevista no había sido publicada hasta hoy. Aquel 31 de agosto de 2010, Elio Giacosa habla con la energía de un pibe. Está sentado en el escritorio de puertas abiertas de su empresa, a la que dice amar como un hijo más. Tiene 84 años y sigue trabajando en doble turno. Es más, asegura que el trabajo es lo que le da vida y, tal vez, el secreto de la longevidad. Giacosa conserva la mirada soñadora que le permitió hacerse a sí mismo, y continuar y agigantar el proyecto de sus padres inmigrantes italianos.

Empezó de abajo, en 1952, vendiendo sanitarios y otras “chucherías”, como él dice, y llegó a hacer de su apellido una referencia para la comercialización de materiales de la construcción. Fanático de Atlético Tucumán desde niño, logró ser presidente del club en una época donde el deporte nacional no estaba manchado por la violencia y la corrupción. Presidió el Banco Empresario en el momento más tormentoso: no pudo impedir la venta de la única entidad financiera de capitales privados locales al banquero Jorge Brito y en el camino estima que perdió más de U$S 1,5 millón.

Empresario y dirigente curtido por la Argentina oscilante y volátil, este padre devoto de cuatro varones seguía enamorado de Clara Elisa Acevedo Díaz, la esposa fallecida en 1981. Y en esos términos absolutos, italianos hasta la médula, murió él también el jueves, a los 92. Se acostó a dormir la siesta tucumana y viajó. Se fue sin agonías. “Como un príncipe”, describió su hijo Silvio. Una caída rápida e indolora, a la altura del estilo y de las convicciones de Elio Giacosa.

Advertencias

Esta mañana de agosto, Giacosa hace números y, cuando suspende los cálculos, recuerda a su cónyuge y a sus progenitores. La familia es la obsesión de sus obsesiones. “Fundé esta empresa el 19 de abril de 1952, en la esquina de Lavalle y Pellegrini, donde mi padre tenía un almacén. Empezamos con mi hermano de cero, con la visión de mi padre: no convocatoria, no quiebra, no cosas raras, no quedarse con la plata ajena. Él nos decía que con las deudas no se jugaba, que si no podíamos pagar, debíamos malvender todo y, si era necesario, pegarnos un tiro en la plaza. ‘Ustedes no pueden manchar el apellido de su padre’, nos repetía. Y yo no me he olvidado de eso”, relata con seriedad, como si estuviese escuchando la voz del turinés que lo trajo al mundo.

La mamá no se quedaba atrás con las advertencias. “Mi madre sabía decirnos que, como varones, debíamos respetar a la mujer, sin excepciones. ‘No se olviden que son hijos de una mujer’, nos recordaba. Nosotros somos del norte de Turín, de un pueblo precioso, pero secote. No hablan, hablan poco: el único que habla mucho es uno de mis hijos, seguro habrá salido a mi esposa que era gallega. Ya hace 20 años que mi mujer se fue de este mundo. ¡Qué mujer, hija, qué mujer! Yo creo que no hay otra igual”, asegura. Giacosa se emociona. Él vendía perfumes y ella estudiaba cuando se conocieron en un baile en Las Estancias. Empezaron a noviar. “Íbamos al cine con el perro, el chancho, el gato, mi suegra… No podíamos ir solos. Cuánto ha cambiado todo”, exclama con una tonelada de nostalgia.

Lo más extraño de esa historia de amor de antología es que la condición sine qua non para que sucediera, el establecimiento de los Giacosa en Tucumán, es un episodio no esclarecido del todo para la descendencia. Giacosa lo explica así: “¿por qué mis padres vinieron aquí? También me lo pregunto. Yo siempre quise saberlo. Antes no era tan posible andar haciendo preguntas. Si uno se ponía molesto, recibía un bife. No era fácil hablar con los mayores: manteníamos el ‘usted’ y la distancia. Por eso nunca le pregunté al papá por qué vinimos para acá. Imagino que por un pariente de mi madre. Yo viajé en la panza de ella y nací en Tucumán”.

De traje en bicicleta

En esta entrevista inédita, que estuvo guardada durante ocho años, Giacosa es el protagonista, pero él nunca deja afuera de la historia a Clara Acevedo Díaz, quien vendría a ser la primera actriz. El empresario dice que su esposa lo impulsó a establecer el negocio y un familiar de esta, a entrar en el rubro de los materiales de la construcción. “Yo he tenido una gran mujer que me empujó mucho, que me ayudó a salir adelante. Porque si entre los esposos no se ayudan, sucumben los dos. Un día me preguntó: ‘Elio, ¿por qué no te instalas?’ Y sus parientes me convencieron de que esto era para mí. En el año 52 había dos o tres negocios de materiales de construcción en Tucumán. Tenía un auto y unos cuantos pesos guardados, y así nos largamos”, evoca.

Había pasado por varias ocupaciones. Empezó a los 16 como cadete. “Andaba en bicicleta con traje y corbata. Me pagaban por mes unos pocos pesos, pero a mí siempre me gustó trabajar”, dice.

Tuvo casi todo

Si por un carril circulaba la empresa, por el otro lo hacía Atlético Tucumán. Aunque vivió en La Ciudadela, el bastión de San Martín, un vecino que era arquero lo arrimó a la tribuna decana. Y allí se afincó: fue presidente de Atlético en dos períodos (1973-1974 y 1979-1980). “Quiero que quede en claro una cosa: nunca he tocado una cosa que no fuese nuestra”, jura. Eran otros tiempos también para el fútbol. “Ahora es más un negocio que un club: los dirigentes viven del club, antes el club vivía de los dirigentes”, medita. Por eso, aunque todavía sigue los partidos, asegura que llegó a la conclusión de que su mejor deporte es el trabajo.

Con ese apetito por hacer y la experiencia positiva en el extinto Banco Municipal, llegó Elio Giacosa a hacerse cargo de la presidencia del Banco Empresario. Lo esperaban las circunstancias más adversas: la etapa catastrófica que prosiguió a la crisis de 2001. “El Empresario fue extraordinario, lo mismo que el Municipal. A este lo saqué adelante, le hice ganar mucha plata, y, de la noche a la mañana, Antonio Domingo Bussi lo eliminó. El Empresario estaba casi fundido cuando lo agarré. Cuando sucedió la venta (al banquero Brito), dijeron que yo robé, pero tengo mi conciencia tranquila. ¿Sabe por qué? Porque los Giacosa perdimos una fortuna”, dice. Y agrega: “hoy en día ya nadie habla de honestidad en el comercio”. Lo garantiza él, que cuenta con orgullo que vivió en la época del país en la que el dólar era menospreciado. “¡La gente quería pesos argentinos, nena!”, afirma.

Giacosa asegura que sólo se tienen el prestigio del presente y la tranquilidad del pasado. “El apellido vale más que lo que uno pueda atesorar porque, si se mancha, no se puede lavar”, define. Para él, no hay mejor nombre comercial que el nombre propio. Y a la hora de ensayar una definición de la decencia, contesta con sencillez: “vivir bien y ser correcto”. Fue la receta que practicó hasta este jueves del desenlace. Elio Giacosa se dio todos los gustos: hasta el gusto de decir lo que pensaba e intentar hacer el bien. Por lo que se sabe, sólo le faltó leer esta entrevista.

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