La salud pública y la vivenda social en 1923

13 Feb 2018

Manuel Riva - LA GACETA

La vivienda propia siempre fue una preocupación para los ciudadanos, y desarrollar planes de promoción era y es una tarea propia de los gobiernos. Nuestras páginas, en la década de 1920 se manifestaban a favor de la vivienda barata para los obreros y se indicaba que sería una obra de grandes beneficios para la salud pública. Ya en aquel momento se entendía que el hábitat y la buena salud iban de la mano. Las expresiones de deseo de nuestro cronista aparecieron en febrero de 1923 y señalaba: la vivienda barata y sana, es sin duda, uno de los primeros problemas que debe encarar todo gobierno inspirado en los propósitos de hacer una obra encuadrada dentro del pensamiento de Alberdi. En este sentido, recordaba: a través del tiempo, la frase del gran pensador americano Juan Bautista Alberdi “gobernar es poblar” vuelve lozana y aplicable a nuestro medio, frente a los caserones míseros y mugrientos que se habita en esta capital.

Los suburbios

La crónica relataba que un equipo del diario había visitado algunos barrios urbanos y suburbanos donde: comprobamos en nuestra jira las miserias espantosas que pasan hogares enteros, donde la caridad pública no llega.

Al tiempo que se manifestaba la necesidad de mejorar la vivienda suburbana, tomaba fuerza el concepto de salud pública como una herramienta beneficiosa para la población y sus males endémicos. Esto se ve reflejado en el gran número de departamentos municipales que tenían a su cargo los servicios de abastecimiento de agua potable, alcantarillado, recolección y eliminación de basuras; el mantenimiento de condiciones sanitarias en relación con los alimentos, la vivienda y los mataderos y el establecimiento de cuarentenas y otras medidas contra las enfermedades transmisibles. De allí la fortaleza que tomaron los Comités de Higiene local en pos de buscar soluciones. Bajo un estricto control del gobierno los presupuestos se cumplían y se destinaban a obras necesarias para cada localidad y con el auspicio de la misma población.

Surgió así un modelo de organización del Estado que dio como resultado la colaboración entre la profesión médica, los investigadores científicos, el gobierno y la industria para combatir las amenazas contra la salud.

Nuestro colega de hace casi 100 años describía: hay miserables ranchos construidos con latas y madera de cajones, donde la lluvia, el frío, el sol y el viento penetran siempre sin compadecerse de sus moradores, quienes ya han perdido, quizás por el hábito, la noción más elemental del peligro de una enfermedad.

En esos ranchos vivían hacinadas siete u ocho personas cuyas vidas están amenazadas por el peligro de una enfermedad contagiosa. Agregaba: se crían raquíticas y endebles las criaturas, al extremo de que no resisten el menor embate de un crudo invierno. Por aquellos años las calles de nuestra ciudad en su mayoría eran de tierra. A fines de la década de 1910 habían comenzado a macadamizarse (una especie de pavimento de piedra seleccionada) las calles de los alrededores del casco céntrico como también algunas de acceso a las barriadas obreras como Villa Luján o Villa 9 de Julio.

Planes de vivienda

Los primeros planes de vivienda social que promovió el Estado se remontan a 1883. Estos se desarrollaron en Buenos Aires, pero del plan inicial se construyó apenas el 20% del total del primer proyecto según Jorge Ramos en “La habitación popular urbana en Buenos Aires 1880-1945: una mirada tipológica”.

La preocupación por una vivienda digna parte del médico higienista Guillermo Rawson, que promovía una reglamentación municipal en la metrópolis porteña para las casas de inquilinato, los conventillos, así como planes oficiales de construcción de viviendas obreras. Hechos planteados en los inicios del siglo XX.

Polo de desarrollo

Tucumán, por entonces, era un polo de desarrollo debido a la industria azucarera. En esta línea, explica Elba Estela Romero en su investigación “La salud pública en Tucumán. 1880-1920”, para la Universidad Católica Argentina, que otro ámbito importante que tuvo la provincia de Tucumán para la atención de los problemas primarios de salud fueron los ingenios azucareros. “Por ley provincial estaban obligados a la construcción de hospitales y centros primarios de atención, destinados para los obreros temporarios y permanentes y sus familias. Algunos de ellos, como el ingenio Concepción de propiedad de don Juan Crisóstomo y Juan Manuel Méndez y el Bella Vista de los García Fernández, llegaron a construir verdaderos hospitales modernos, con amplios pabellones, enormes ventanas que otorgaban una buena ventilación e iluminación similares a los mejores centros asistenciales de países como Inglaterra en esa época. Contaban además con farmacia propia, con entrega gratitud de medicamentos, médicos permanentes, parteras, personal para los consultorios externos, servicio de ambulancia, comedores infantiles, distribución gratuita de leche pasteurizada”.

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