Ese siniestro “bien” colectivo

31 Ene 2018 Por Gustavo Martinelli

Está en todas partes. Es ubicuo, persistente y obstinado. Lo percibimos y padecemos. Lo enfrentamos a diario. Lo lloramos y también -muchas veces- lo convocamos. Sin embargo él ni siquiera se inmuta. Al contrario: redobla su apuesta. Y crece. Es una hidra moderna. Un monstruo policéfalo capaz de generar dos cabezas por cada una que le cortan. El ruido se ha vuelto parte insoslayable de nuestra vida. Nos acecha a través del estruendo imperdonable del tránsito. Nos interpela a través de la música atronadora y los aullidos frenéticos de las diatribas políticas. Nos noquea en parques y villas turísticas. Nos sofoca. Nos atonta. Nos ciega y confunde. Ese ruido, que envilece no menos que la basura desparramada, es uno de los factores que han convertido a Tucumán en una ciudad agónica. Una ciudad que -va siendo tiempo de admitirlo- es imagen y semejanza de su gente.

Aunque tal vez la culpa no sea del todo nuestra. Porque la cultura del estruendo va más allá de nosotros mismos. Es, antes que nada, un siniestro “bien” colectivo. Una torpeza reivindicada en el transporte público, en el tono con que los políticos se dirigen a la gente y en los gritos de los funcionarios cuando dan un discurso. Incluso en las plazas -espacios frecuentados sobre todo por las familias- el ruido irrumpe de una manera impúdica, como si no hubiera otra opción para disfrutar del encanto que la gritería colectiva. Esta estrategia -por supuesto- es llevada al paroxismo por la televisión argentina. Sí, porque cuesta encontrar un programa (los magazines matutinos son un claro ejemplo) en el que el griterío y la barahúnda no sean una constante. Cuesta encontrar conductores que apuesten a las buenas formas y que no recurran al alboroto más barato para llamar la atención de los televidentes. Como si ya no bastase la conversación inteligente y serena para desarrollar algún tema cotidiano. Y lo peor de todo es que esta manía de hacer todo a los gritos es tan contagiosa que las producciones tucumanas también la adoptan y hasta la ejercitan de manera consciente. Todo el tiempo. Como si fuera un valor en sí misma.

Pero, en este tema, no se puede, no se debe, no conviene ser pesimista. Porque, como han comenzado a descubrir algunos expertos, el silencio es actitud. Ya hemos visto -y a estas alturas, asumido- que la ausencia total de ruido es imposible. Sería como tratar de caminar en silencio sobre una vereda tapizada de hojas secas. Por lo tanto, el desafío que tenemos por delante es saber convivir con ese barullo que enajena; aprender a relacionarnos con él y, sobre todo, hacer el esfuerzo para no sumarnos a esa histeria global que hace generar aún más ruido. A propósito: está clínicamente comprobado que bajar el volumen en nuestro día a día hace que durmamos más; que estemos más descansados y rindamos plenamente. Además, permite que nuestro sistema inmune funcione mejor ya que, según los expertos, el estrés que produce el ruido no deseado incrementa los niveles de cortisol, una hormona que eleva el índice de azúcar en sangre.

En definitiva, poner nuestra vida diaria en modo “mute” nos hace sentir más felices. Es la bendición del silencio. De ese silencio que no significa mudez, sino más bien discreción. Y tal vez contemplación. Un silencio como el que aparece al amanecer y que ya casi nadie disfruta. “El camino hacia todas las cosas grandes pasa por el silencio”, decía Friedrich Nietzsche. Y como él, también podríamos pensar que el sosiego auditivo es una utopía posible. Como la que habita en la taberna Burp Castle, ubicada a sólo 10 cuadras de la populosa Quinta Avenida de Nueva York, donde en la entrada puede leerse un cartel que dice: “Prohibido gritar. Sólo susurros”. Allí, el nivel de las conversaciones no supera los 39 decibeles (como un aire acondicionado). ¿Sería posible que un lugar así exista en Tucumán? Tal vez sí. Es cuestión de desearlo nomás; los deseos a veces se cumplen. Porque nos enfrentamos hoy al desafío de preservar nuestra integridad en un mundo que tiende a producir consumistas acríticos aturdidos por el ritmo de la vida moderna. Y donde hay aturdimiento no se puede pensar bien: la razón se extravía. En cambio, en el silencio, se fraguan las grandes cosas. Ese es el verdadero lenguaje de las almas. Tratemos de escucharlo de vez en cuando. A lo mejor encontremos en él la respuesta a todos nuestros crueles y periódicos desvelos.

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