Subió a sus hijos a la mesa para que no corran peligro

El aguacero se extendió hasta la madrugada de ayer y devastó numerosas familias. Muchas debieron ser evacuadas y se quedaron en instituciones públicas. Allí recibieron ropa, calzados y comida. Se multiplicaron las protestas y las manifestaciones de enojo con las autoridades de los respectivos municipios debido a la falta de soluciones efectivas.

26 Ene 2018

Alderetes y Banda del Río Salí fueron las localidades más complicadas del este del Gran San Miguel de Tucumán. Alrededor de las 19 del miércoles el agua ingresó en varias casas de Alderetes. Fabián Díaz, director de Deportes del municipio, informó que albergaron unos 150 evacuados en la sede del área que él encabeza. Unas 70 personas pasaron la noche allí, mientras que el resto volvió a sus casas.

Las víctimas de las inundaciones fueron derivadas y trasladadas por Defensa Civil desde distintos barrios, como Abraham, Progreso y Teresa de Calcuta. “Los chicos son los que más sufren”, dijo Díaz, y contó que, en un intento de hacerles cambiar de ánimo les dieron clases de zumba, danzas árabes y un taller de pintura. “La idea era, además de sacarles una sonrisa, que no se quedaran en la cama toda la mañana”, explicó.


En la Banda

Ante la necesidad y la urgencia de las inundaciones, el hospital Eva Perón se convirtió en otro centro de evacuados. La directora del establecimiento, Elizabeth Ávila, dijo que allí se recibió cerca de 35 inundados que pasaron la noche en habitaciones alejadas de los pacientes. “Nos organizamos de tal manera que el servicio asistencial del hospital no se viera afectado”, destacó. 

Los evecuados -entre ellos algunos discapacitados, adolescentes embarazadas y bebés de pocos días- llegaron cerca de las 23 desde Cevil Pozo y Lastenia. Fueron trasladados por la Municipalidad y rápidamente asistidos por profesionales del hospital, entre ellos una psicóloga, comentó Ávila. “No hubo necesidad de atención de ninguno de ellos, están todos sanos”, afirmó. Algunos de los inundados que llegaron descalzos recibieron con gran alegría donaciones de calzado, ropa y, por supuesto, comida. 


“Como médicos, enfermeros y servidores de la salud tenemos una vocación por el servicio y la solidaridad. Nos unimos entre todos para trabajar en equipo y afrontar estas situaciones que les pasan a las mismas personas que asisten al hospital. Sabemos que no es un albergue, pero como tenemos un espacio vacío podemos aprovecharlo ayudando a los que más lo necesitan”, expresó Ávila. 

A María Belén Jaime -del barrio Santa Rosa- le tocó sentir el agua hasta las rodillas. Como tenía miedo de que sus dos hijos se ahogaran los subió a la mesa del comedor y allí los mantuvo hasta la medianoche, cuando fueron trasladados al hospital. Una situación similar vivió Teresa Ledezma, quien convive con su mamá de 77 años -que sufre problemas de presión y diabetes-, con su hermano de 52 años -discapacitado- y con tres hijos pequeños.

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