Un verano para descubrir al humorista que llevamos dentro

Una original propuesta de los talleres de la UNT es aprender stand up. Reirse de sí mismo es la clave del género. Historias que sorprenden.

13 Ene 2018

En el salón del MUNT, bendecido por el aire acondicionado en una de esas tardes tucumanas de humedad bochornosa, los standaperos Hugo Rosas y Gustavo Delgado son los anfitriones del grupo de varones y mujeres de edades y oficios diversos que parecen unidos por un objetivo: descubrir si son capaces de reírse de sí mismos y de desnudar sus “debilidades” ante los demás. Saben que esa es una de las claves del stand up, género que, entre otras definiciones, consiste en desarrollar un monólogo en el que la trama es lo que le pasa al que lo cuenta, muchas veces ridiculizándose a sí mismo. Ante ese grupo de casi 30 integrantes que hace apenas un instante no se conocían y que ya juegan en una ronda con total desinhibición, se sabe -se sospecha- que el taller de stand up es una excusa fenomenal para sacar los diablos afuera y para explorarse en lo que cada uno es y en lo que le gustaría ser.

Al taller de stand up del MUNT -que integra la vasta oferta de actividades de verano de la Secretaría de Extensión de la UNT- ha llegado una “clientela” variopinta: gente que hace coaching, un par de psicólogas, el estudiante de Ingeniería y su novia fotógrafa que buscan vencer la timidez. Igual que Julián, que acaba de dejar la carrera de Educación Física y que aprovechará el verano para sondear vocaciones posibles. Por qué no, el stand up. Han llegado también Juan, que trabaja en la construcción y es preceptor en un hogar para chicos; y Carlos, que a los 55 años es padre feliz de seis hijos, y que concilia su trabajo en la construcción con la misión pastoral en la montaña. Y está Marisol, que conduce un grupo de vendedoras de cosméticos con las cuales hace “role playing” como estrategia de venta. Y está Teresita (“¿Teresita o Teresa? Te-re-si-ta”, enfatiza), que liquida sueldos en un organismo estatal. Y hay muchos más en esta tarde de enero.


Hugo y Gustavo, los profesores del taller, son referentes del stand up vernáculo (integran Tucson Comedy). Al igual que sus noveles alumnos, ellos no han llegado al stand up desde el teatro. Ambos son abogados y -aunque Gustavo también es actor y ha dirigido- encontraron en el stand up su forma de “pararse” en y ante el mundo. Al fin y al cabo, eso quiere decir stand up en inglés.

“En el stand up cae la cuarta pared. Tiene que haber feedback (ida y vuelta) con el público. Hablamos en presente, aquí y ahora. Objetivos: hacer reír y tener espalda. Todos decimos: yo me río de mí mismo, pero no me gusta que los demás se rían de mí”, advierte Hugo. Y se le suma Gustavo. “En el monólogo -explica- no hay que ser gracioso ni original: hay que ser auténtico. Parte de la esencia del stand up es que la persona está contando algo propio. Aquí no hay un personaje; estamos hablando sin máscara, en primera persona”. “Lo importante en el stand up es que cada uno escribe su propio texto”, añade Hugo.

Una de las primeras consignas ha sido la presentación de cada uno de los talleristas. Lo que hacen, lo que son... y lo que les gustaría ser. Una mujer cuenta que querría llamarse Brigitte, y no Cristina; al señor que en la vida diaria es contador le gustaría hacer de Robin Hood en una película; a Roque, de guardaespaldas; y Carlos, como era de esperar en quien misiona en la montaña, responde que lo suyo sería “hacer de Pedro en un filme sobre la vida de Jesús”,

Y siguen sumándose las historias personales de gente que en la vida parece haber optado por el infalible remedio de la risa. En marzo, cuando el taller concluya con una muestra, se verá cómo aprendieron a reírse de sí mismos la chica que sueña con llamarse Brigitte, la que liquida jornales, los obreros de la construcción y el contador aspirante a Robin Hood.


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