Otro tarifazo a cambio de nada

05 Ene 2018

El aumento de las tarifas del transporte público es cuestión de tiempo. Saldrá cuando se acomode un poco la góndola política que concentra a los ediles de la capital. Como es norma, el efecto cascada se trasladará al resto de los municipios. Nada que no hayamos padecido antes, aunque en este caso todos tiran y nadie afloja. En Buenos Aires no se hicieron mayores problemas y aplicaron el sablazo apenas despuntó el año. Afable y admirablemente bronceado -siempre conviene encontrar buenos modos para dar malas noticias-, el ministro Guillermo Dietrich informó a la ciudadanía un aumento del 66% en ómnibus y subterráneos. Desde ese instante, calculadora en mano, los economistas proyectan el impacto en la inflación del primer trimestre.

En el caso de los taxis, desde marzo los porteños pagarán una bajada de bandera de $ 32,60, con la salvedad de que allí rigen valores distintos de acuerdo con el horario: de noche (entre las 22 y las 6) el costo trepará a $ 39,10. El aumento será del 17,7%. En Tucumán la bajada de bandera está en $ 13 y los empresarios pretenden llevarla a $ 20. Algunos concejales proponen $ 16. Lógico; terminarán partiendo la diferencia. En el caso de la ficha, el anhelo de los propietarios es que valga $ 2. Habrá que ver.

Como es habitual, el debate gira en torno a dos ejes. Uno es el económico y para eso el empresariado suele tener a mano las carpetas que ilustran sobre los precios de los insumos y la relación con el costo de vida. Otro es político y queda sujeto a la interna, para la que no hay tregua que valga. Y como es habitual, nadie dice una palabra sobre la calidad del servicio y los derechos de los usuarios.

En otras palabras: se viene otro aumento sin que los empresarios -en especial de los taxis- se comprometan a mejorar en lo más mínimo sus prestaciones. Que Tucumán cuente con uno de los peores servicios de taxis de la Argentina nunca fue un problema para las autoridades. Porque el Sutrappa (Servicio Único de Transporte Público de Pasajeros en Automóvil) apenas maquilló el caos, cuando el descontrol había llegado al extremo de que cualquiera pegaba una cintita a la antena y salía a la calle a hacer unos pesos. El sistema, nada más que una lavada de cara regulatoria, no contempla los intereses de los pasajeros.

Nada más injusto que cazar justos y pecadores con la misma red, pero en este caso es de cajón. El buen tachero que mantiene su auto limpio, que circula con aire acondicionado, que mantiene las indispensables condiciones de higiene personal, que no redondea de prepo y en su beneficio la tarifa, que no engaña al cliente llevándolo de paseo; en definitiva, el laburante honesto y ocupado en hacer bien su trabajo, es víctima del ejército de chantas y maleducados al volante que circulan por todos los municipios de la provincia.

El problema no es la proliferación de autos mugrientos y destartalados, de choferes que maltratan a los pasajeros (¡y hasta se enojan cuando se les pide que apaguen el cigarrillo!), de que se rían de la obligación de circular con aire acondicionado en el medio del infierno tucumano, o de que infinidad de relojes funcionen mal y las fichas caigan -sospechosamente- mucho antes de haber recorrido 100 metros. El problema es que parece que nadie controla esto y, por consiguiente, que no se aplican sanciones. Ese es el contexto en el que se está decidiendo el aumento.

El ciudadano está indefenso. Los reclamos no encuentran por dónde canalizarse en estos casos, lo que redunda en el mal humor social que palpamos en la calle día a día. Tal vez, atado al tarifazo podría implementarse algún sistema de contención al usuario. Un lugar -físico o virtual- dependiente de los municipios que reciba las denuncias y les dé curso. No un libro de quejas ni una de esas ventanillas que acopian notas destinadas al basurero. Más bien una plataforma en la que queden expuestos esos reclamos y consten las medidas tomadas por las autoridades contra los infractores. Lo importante, más allá o más acá de las ideas sobre el tema, es tener en cuenta -aunque sea por una vez- al pasajero, que a fin de cuenta es la pieza clave del negocio y al que jamás se escucha. De lo contrario, seguiremos pagando -y cada vez más caro- por un pésimo servicio.

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