Siete consejos para educar a los chicos sin retos ni castigos

Una sanción puede no ayudar a los niños a entender qué se espera de ellos. Diálogo y ejemplo, las claves.

05 Ene 2018
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PARA PENSAR. Si el chico no quiere hablar hay que respetar sus tiempos.

El castigo es una pena que se aplica al niño cuando algo que hace no nos gusta o consideramos que está mal. Expertos en psicología infantil sugieren que si empleamos ese sistema con frecuencia y recurrimos a él como nuestro principal recurso, los chicos se acostumbrarán de tal manera que formará una parte habitual de su día a día y perderá efectividad. Por otra parte, los castigos suelen relacionarse con los sentimientos que experimenta el adulto en esa situación y no tanto con las potenciales riesgos de los chicos. Hay que pensar, entonces, otras maneras de hacerles entender que deben actuar de manera diferente.

La pediatra Nora Zonis recomienda privilegiar al niño y determinar si lo que queremos evitar es realmente una situación perjudicial para él. Sugiere además que el método que elegimos para educarlo debe dejarle una enseñanza superadora.

Sucede que en un primer momento el castigo parece eficaz, pero a largo plazo no lo es; de hecho, genera sentimientos de rebeldía o de rechazo, y hasta culpa. Ante una situación conflictiva -detalla Zonis- es necesario evaluar qué se quiere lograr: ¿que deje de hacer lo que está haciendo?, ¿que coopere?, ¿que respete una indicación y con ello aprenda a respetar a los adultos?, ¿que entienda quién es la autoridad?, ¿quizás evitar el ridículo o que valore el sacrificio que está haciendo el adulto?

Zonis indica que si los chicos no logran comprender el fondo de lo que se les pide, retarlo puede generarle confusión, culpa por su accionar, baja autoestima y sentimiento de inferioridad ante el adulto, lo que puede limitar su capacidad de construir criterios a la hora de tomar decisiones propias; especialmente si esos castigos llegan en la etapa de crecimiento y de mayor aprendizaje. Antes de castigar y de buscar la solución más fácil -propone Zonis-, se puede aprovechar la situación para enseñar algo que le sirva para la próxima vez... y hasta para toda la vida.

¿Qué hacer, entonces?

1) Controlar las emociones. propias y las de los niños. Identificarlas. Saber qué originó la situación conflictiva. Anticiparse.

2) Acercarse a ellos con cariño, redirigir su furia con amabilidad y sin darles un sermón. Bajar el tono de voz. Explicarles lo qué puede ocurrir y cómo actuar.

3) Empatizar: hacerles saber que se comprende lo que quieren, pero que es algo que no se puede, que es peligroso...

4) Buscar opciones para otro momento, que sean limitadas y concretas.

5) Si no quiere hablar, puede que quiera estar solo. Hay que respetarlo y hacerle saber que cuando quiera retomar la conversación ahí vas a estar porque lo amás y querés buscar una solución al problema.

6) Ni castigos ni premios: es frecuente que, para no caer en el castigo, se opte por brindar premios. Si se los recompensa para obtener ese aprendizaje responsable que se busca, se les enseña que deben hacer las cosas para obtener la aprobación, y así su comportamiento comenzará a depender de que haya o no un premio disponible.

7) Dar el ejemplo: educar no es fácil. Los chicos se forman por imitación, a imagen de lo que hacen los adultos; así que la coherencia es fundamental.

En definitiva, hay que tomarse el tiempo para educar desde el respeto, con firmeza y cariño al mismo tiempo.

Mejor la charla

Este año Unicef elaboró la “Guía práctica para evitar gritos, chirlos y estereotipos”, una publicación destinada a padres, madres, cuidadores y cuidadoras de niños, niñas y adolescentes. Allí ofrece propuestas para poner límites y resolver situaciones difíciles sin recurrir a la violencia y consejos para mejorar la comunicación con los chicos, crearles hábitos y educar con el ejemplo.

La comunicación nos permite expresar y comprender pensamientos e ideas, transmitir sentimientos y experiencias, y crear un vínculo a través del afecto y de la empatía, escuchando y poniéndonos en el lugar del otro, sin la necesidad de llegar a imponer un castigo.

La Guía de Unicef recomienda que esas “charlas” se adapten a la edad y a la madurez de los chicos; no hay que dirigirse a ellos (no esperar respuestas) como si fueran adultos, sino adaptar los mensajes de acuerdo con sus preguntas y su deseo de saber sobre los distintos temas. Se explica también sobre lo importante de escuchar lo que quieren; si hablamos por ellos antes de que manifiesten lo que desean, los volveremos dependientes de nosotros e impediremos su crecimiento con autonomía.

A la hora de la charla es importante que les hablemos con afecto y atención, mirándolos a los ojos; que bajemos a su altura física para escucharlos adecuadamente y -ante todo- hay evitar gritarles. Sólo ante una situación de riesgo físico, y para alertarlos de que se acercan a un peligro, levantar el volumen de la voz (sin agravios ni descalificaciones) puede ser una estrategia válida. Será la voz del cuidado, y no enojo, furia ni frustración de padres.

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