Positiva convivencia entre hinchas de River y Atlético

12 Dic 2017
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Hace mucho tiempo dejó de ser una realidad para convertirse en una expresión de deseo: “¡que sea una fiesta!” El fútbol, pasión de multitudes, se fue convirtiendo en los últimos lustros en sinónimo de violencia, por esa razón cuando, más allá de un resultado, se concreta el anhelo es digno de destacarse.

El sábado, Atlético Tucumán jugó con River Plate la final de la Copa Argentina. Más de 40.000 personas -de las cuales unos 15.000 simpatizantes eran decanos- alentaron a los equipos en el estadio Malvinas Argentinas, de Mendoza. Los “millonarios”, que venían cuesta abajo, aspiraban a ganar por lo menos un título este año, mientras que los tucumanos buscaban coronar con un nuevo éxito un año que les dio inolvidables satisfacciones.

Lo positivo de ambas hinchadas es que decidieron evitar la confrontación y desde el día previo a la justa deportiva, se tomaron fotografías posando abrazados, que inundaron las redes sociales. La organización de la Copa Argentina hizo posible que el público mendocino y los adeptos de ambos clubes pudieran fotografiarse con el trofeo en la plaza Independencia de la ciudad cuyana.

El partido se desarrolló con total normalidad; pese al resultado adverso, los “decanos” no reaccionaron negativamente, sino todo lo contrario. La fiesta prosiguió el sábado a la noche en nuestra plaza Independencia, donde simpatizantes de ambos clubes festejaron en un marco de armonía. Los pocos policías, a cargo de la vigilancia, dijeron sorprendidos que nunca se habían juntado dos hinchadas diferentes. “Primera vez que me pasa de cruzarme con otra hinchada”, “el festejo es entre nosotros, es parejo, eso es lindo porque las hinchadas no se cruzan”, “tiene que volver la hinchada visitante a las canchas”, fueron algunos comentarios de los simpatizantes que se constituyeron en nuestro paseo principal.

Esta realidad muestra que no es una utopía pretender que el fútbol vuelva a ser una fiesta, como era hace muchos años, cuando los episodios de violencia eran una excepción. Ahora, justamente sucede lo contrario, los violentos han copado las canchas desde tiempo atrás. El sábado, en el estadio mendocino, damas y padres con hijos se mezclaron en la multitud sin que se haya producido ningún incidente.

Ello debe servir de ejemplo para aquella dirigencia que suele proteger a los barrabravas y aportar para que este noble deporte vuelva a ser lo que fue. Actualmente, el que va a una cancha a ver su equipo favorito, lleva consigo la incertidumbre de no saber si regresará al hogar. Pero también tiene que ver la actitud del hincha que debe entender que ganar o perder es una circunstancia propia de cualquier deporte, que no es una cuestión de vida o muerte, que la violencia nunca es solución de nada, sino que atrae más violencia.

Los barrabravas no existen por generación espontánea, sino porque un sector los sustenta económicamente y los protege. De otro modo, no se explicaría que sigan provocando desmanes cuando probablemente sus rostros no sean desconocidos para dirigentes, policías y magistrados.

Nos parece positivo desde todo punto de vista esta confraternidad entre rivales, demostrada por los partidarios de los “millonarios” y de los “decanos”. Es una muestra de tolerancia y de sano espíritu deportivo que debe volver a ser una realidad cotidiana en las canchas tucumanas y argentinas. Si lo logramos habremos dado un paso significativo hacia la madurez como sociedad. No en vano se afirma que querer es poder.

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