Social Monteros: pertenencia al club, en las buenas y en las malas

Las canchas tucumanas siempre ofrecen algo para maravillarse. Una leyenda que juega entre chicos y jóvenes, o una categoría que le da la posibilidad a una dama de 61 años de enfrentarse a una adolescente que empieza a vivir. Para todos hay un lugar guardado

11 Dic 2017
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INTACTO. Albornoz no sólo se sintió óptimo como hace dos décadas atrás cuando competía en la elite del voley argentino; también se lo vio con gran estado físico. prensa de la federación tucumana de voley

Su estampa llamó la atención durante el Regional masculino que se disputó en la provincia. Se destacó tanto como una de las publicaciones en Facebook que tiene Social Monteros. “Los pibes, los jóvenes y la leyenda”, es la descripción que acompaña la foto del equipo monterizo. “¿Será por usted lo de leyenda”, se le preguntó a José Albornoz. Con voz pícara, entremezclada con risas y timidez, respondió: “me imagino que es por mí”.

A simple vista no hay dudas de que las palabras son referidas a él porque su pelo canoso no da para ponerlo en el grupo de pibes o jóvenes. El dicho “pinta un par de canas” no sólo le cabe porque las pinta, sino también porque su piel tiene “rastros” del paso del tiempo. La certeza está en el DNI: Albornoz es clase 1955, una leyenda a la par del resto de un plantel que promedia los 30 años.

Pero no sólo porque tiene más años que nadie en el primer equipo de Social Monteros es que Albornoz es “la leyenda”. “Con ‘Manolo’ debutamos a los 13 años”, empezó Albornoz a hacer cuentas. “Yo dejé de jugar a los 37 y voy por los 62”, continuó. “En Primera jugué 24 años y hace más de 20 que no lo hacía competitivamente”, completó la memoriosa suma de sus años alejado del voley.

“El Sapo” forma parte de la historia grande de Social Monteros. El armador que se destacaba precisamente “por saltar como un sapito”, él mismo lo dice, formó parte del “Rojo” que jugó la primera Liga Argentina, que fue también la primera que se disputó en el país. Desde ahí hilvanó dos décadas defendiendo la camiseta del equipo.

Albornoz, entonces, sabe reconocer cuál es la realidad de la institución. “Se está armando de nuevo. La situación, en la parte deportiva, no está de lo mejor. Pero es ahora cuando hay que estar”, comentó.

“El Sapo” no se borró en las malas y no dudó en aceptar el llamado para jugar el Regional del NOA. Menos dudó en seguir adelante cuando pasó el torneo porque se sintió al nivel de sus compañeros, esos que son pibes o jóvenes. “No desentoné. Si desentono no sigo”, fue taxativo el armador.

Las razones por las que Albornoz fue convocado van más allá de lo deportivo, entendido desde lo táctico o estratégico. “Mi vuelta no tiene que ver con que yo voy a buscar un puesto en el equipo. Aspiro a que vean que tengo sentido de pertenencia al club. Que los chicos entiendan que cuando uno es de una institución, en las buenas y en las malas, tiene que estar en ese lugar”, indicó “El Sapo”.

“Me da mucha satisfacción que en los entrenamientos los chicos me escuchen. Hasta el ejercicio más fácil, yo les inculco que lo tienen que hacer bien, si quieren llegar a un buen nivel. Las condiciones están”, percibió Albornoz. “Pero uno sabe lo que son los chicos hoy en día”, dejó picando la generalidad. ¿Y cómo son, José?

“Con mi señora fuimos a ver un Monteros Voley-Social y yo veía frialdad en los jugadores. Y le dije a ella: ‘¿vos te acordás en nuestra época –cargó de nostalgia su relato- que casi llorábamos, si perdíamos un partido?’. Y ella me supo decir algo muy cierto: en aquel momento lo que caracterizaba a la juventud, eran las ganas de ser. Hoy no, los chicos son más fríos, más de la tecnología… ¡qué razón tenía!”, analizó Albornoz.

Sí, es cierto y él no se cansa de decirlo: “el voley es mi pasión, por eso volví”. Pero… “También me motivó que mi nieto esté jugando en Social”, reveló. En su tono, hasta se percibe un poco de modestia. “El Sapo” no se imaginaba que podía estar en el mismo equipo que Benjamín. “Tiene 13 años y casi 1,80 metro. Era muy buen jugador de rugby, pero yo lo saqué de ahí”, se rió Albornoz.

La situación familiar que se planteó podría compararse con un partido en el que el ganador fue “El Sapo”. “Mi hijo es el hooker de Huirapuca y mi yerno era “naranja”… ¡Están calientes todos! Lo saqué yo y el voley lo apasiona: entrenamos juntos y en el mismo puesto”, relató feliz el padre de Jesús Pablo y suegro de Rafael Garrido. Si bien el jugar en la misma posición impedirá que compartan la cancha, Albornoz no lo lamenta. “¡Qué mayor satisfacción puedo tener! En el Regional salía él y entraba yo”, describió con alegría el empleado de la Dirección de Deportes de Monteros.

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