Los efectos de una gran tormenta en 1932

11 Dic 2017

Manuel Riva - LA GACETA

Comenzaba diciembre y los tucumanos se estaban aprestando para las fiestas navideñas y de fin de año. La columna mercurial superaba los 30 grados. El calor apretaba. De pronto, las nubes oscuras comenzaron a cubrir la ciudad. Rápidamente dejaron caer su enorme carga de agua y anegaron varias zonas de la capital. “Desde la madrugada de ayer llovió torrencialmente hasta poco antes del mediodía. Las calles se hallaban completamente inundadas. El intenso tráfico de los días ordinarios se vio casi paralizado. Era un diluvio el que se precipitó sobre la ciudad”, informaba nuestro diario sobre la tormenta que había afectado gran parte de la provincia el 2 de diciembre de 1932.

La crónica también señalaba la falta de obras de infraestructura para conducir las aguas. “El municipio necesita de un desagüe en el norte de la ciudad, para evitar las inundaciones cada vez que llueve torrencialmente como estos últimos días. Y esas obras tan urgentes y necesarias, cuyos estudios están terminados, ya fueron presupuestadas”, decía para agregar el gran beneficio “que reportará para la tranquilidad del vecindario de los barrios del norte y hasta para la conservación del pavimento, cuya destrucción es originada en gran parte por las grandes correntadas”.

Los efectos se notaron en varios sectores y las líneas telefónicas de los bomberos no pararon de sonar. “Las calles se hallaban convertidas en ríos caudalosos” que afectaron centenares de casas y la magnitud del desastre era tal que los bomberos no daban abasto para socorrer a los vecinos.

Vendaval en Lastenia

Mientras la capital se inundaba a causa de las intensas lluvias, la zona oeste de la provincia se veía afectada por un violento vendaval que destruyó casas y fábricas en Lastenia. Pese a la fuerza del viento y a la destrucción, no hubo que lamentar víctimas. “En la calle principal de Lastenia, el huracán había destruido un galpón”, decía la crónica y agregaba: “se volaron los techos de una panadería, mojándose la maquinaria y algunas bolsas de harina”. La escuela de la zona se salvó de milagro porque: “en la casa lindera, una tala frondosa cayó sobre una galería destruyéndola por completo. Otras casas se agrietaron. La población pasó por momentos de verdadera angustia, quedando en pie casi toda la noche”. La noticia también daba cuenta de los efectos sobre las casas de los obreros del ingenio. “Casi todas las casas han sufrido desperfectos considerables. A una se les cayeron las galerías, a otras se le volaron los techos, se agrietaban o desplomaban las paredes. El hecho es que casi ninguna quedó intacta” remarcaba el cronista, que consideraba que “es de suponer el pánico que se apoderó de la población ante la inminencia de la muerte, pues todos se consideraban a punto de morir aplastados por los escombros”. Pese a todo no hubo que lamentar víctimas. Los damnificados fueron decenas y las pérdidas se “calculan en 7 a 8 mil pesos entre edificios, muebles y demás enseres”. Otro elemento a tener en cuenta es que las comunicaciones eran tan precarias que la información se conoció casi un día después de ocurridos los hechos.

Volviendo a nuestra ciudad, la zona de avenida Mitre más allá de la calle Bolivia sufrió efectos graves al quedar inundadas las calles y las viviendas de la zona. La crónica destacaba: “Villa Urquiza es un barrio sumamente poblado, residencia de numerosos empleados y obreros de los Ferrocarriles del Estado que diariamente toman el tren para ir a Tafí Viejo”, y añadía: “se halla la Cárcel Penitenciaria, donde concurren numerosos empleados de la provincia y personas que tienen que diligenciar asuntos en el referido penal”. De tal manera que todas las actividades cotidianas se vieron afectadas como decía nuestro cronista: “con lluvias como estas todas las actividades cesan y Villa Urquiza, de tanto movimiento, se torna en barrio muerto, sin ómnibus ni automóviles y hasta sin carruajes por el temor de quedarse en medio de la correntada de agua que amenazaba tumbar los vehículos”.

Defensas contra el agua

La zona norte de la capital se vio muy afectada. Las calles que corren de norte a sur como Catamarca, Marcos Avellaneda Suipacha, Salta y otras “a la vera de las vía de los Ferrocarriles Central Norte Argentino y Central Argentino se hallan completamente inundadas. Los vecinos han tenido que construir defensas para evitar que la creciente invada las casas. En algunas partes esto ha sido imposible. Hay casas abandonadas pues sus moradores por temor han cerrado sus puertas dejando todo. Las pérdidas son considerables”. Un par de días después se relataba que la calle Uruguay “es imposible atravesarla a pie. Escasamente se puede andar en carros altos, y esto con algún peligro”. Los detalles que brindaban las crónicas mostraban que el impacto había sido grande. “La calle Rivadavia, pavimentada de ripio en su extensión, desde avenida Sarmiento hasta el boulevar de los Ejidos del Norte (hoy Francisco de Aguirre) es una de las mejores arterias de los barrios suburbanos. Ahora se halla convertida en un río desde Uruguay al norte”.

La noticia hacía referencia a la procedencia de las aguas que afectaron la ciudad y afirmaba: “se trata de aguas que bajan de Muñecas, procedentes de la majestuosa montaña que se eleva al poniente de Tafí Viejo”. La solución estaba planteada, había que llevarla a cabo y se concretó tiempo después con la construcción del Canal Norte. Además se pedían obras de protección sobre la avenida Mitre “para salvar grandes inconvenientes que se producen es menester construir una especie de vereda a una y otra acera de la avenida de manera que los vecinos de Villa Urquiza se trasladen fácilmente durante los días de lluvia”.

Las aguas provenientes del norte capitalino dejaron inutilizable, por varias jornadas, la avenida Avellaneda: “era un río y sigue siéndolo con todas las probabilidades de que la corriente cubra la calzada de acera a acera en los próximos días y agregaba que apenas si podían circular los tranvías”. La correntada, según se contaba, “bajó por calle Uruguay hasta a avenida Sarmiento, por las calles que corren de norte a sur, un poco de ese caudal torció hacia el Este, con dirección al río Salí, y el resto, la mayor parte, seguía por Avellaneda hacia el Sud en un trayecto de nueve cuadras, para doblar también hacia el Este, por la calle 24 de Setiembre y avenida Benjamín Aráoz”. De tal manera que esa tremenda cantidad de agua aisló “al vecindario del barrio Parque” del resto de la ciudad por un tiempo.

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