Malas influencias

09 Dic 2017
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“Influencer” podría haber sido elegida la “palabra del año”. Aunque, curiosamente, no para el idioma inglés, sino para el castellano.

Los ingleses tienen esa rara -y maravillosa- costumbre de elegir cada doce meses los vocablos más usados, esos que marcaron tendencia, rupturas culturales, quiebres generacionales, que fueron protagonistas de nuestra vida cotidiana, que “influenciaron” nuestra forma de pensar y de percibir los hechos.

La universidad de Oxford es una de las principales promotoras de este casting lingüístico, amplificado hasta el show por la prensa inglesa, la mejor del planeta.

En realidad, el mejor periodismo del mundo es patrimonio de los escandinavos y de los alemanes, en ese orden, pero son aburridos.

Los ingleses son casi tan rigurosos pero bastante más divertidos. Son disruptivos, buscan enfoques originales, maneras diferentes de observar la vida, encuentran formas de apartarse de la aplastante rutina a la que se aferra el hombre mediocre, como advertía José Ingenieros.

Además, la prensa inglesa se inmiscuye en la vida íntima de las personas -un pecado para los vikingos y los teutones- y nada más atractivo, hay que admitirlo, que el voyeurismo, ya sea sexual, moral, político o económico. Aquí le llamamos chisme. Porque, en definitiva, el periodismo no es otra cosa que un chisme sometido al rigor profesional.

La buena prensa estadounidense -The New York Times, The Washington Post, The Wall Street Journal- heredó varias de las virtudes del periodismo anglosajón, sólo que los americanos están demasiado atrapados y obsesionados por la publicidad y el mercadeo, prácticas bastantes reñidas con la verdad.

De la academia al mercado

Esta costumbre británica de elegir la palabra más influyente del año ya se replica en decenas de países e idiomas, impulsada por universidades, organizaciones civiles y hasta empresas que vieron la oportunidad de imponer sus propias palabras o frases. Seguramente, otro invento norteamericano. “La más refrescante”, “sólo hazlo”, “vive intensamente” y zonceras por el estilo.

Justamente, no fue una palabra sino una frase la que eligió este año la editorial británica Collins. Para esta empresa, famosa por sus diccionarios, la palabra/frase de 2017 fue “fake news”, noticias falsas. También el diccionario de Oxford, editado por esa universidad, eligió a “fake news” como la palabra del año.

Es que el sociópata Donald Trump acaparó gran parte de las conversaciones internacionales este año, muchas surgidas a partir de noticias falsas. Trump fue protagonista de varios de los vocablos que marcaron tendencia en 2017.

Otra palabra que ingresó al top ten inglés, según Dictionary.com, fue “cómplice”, el nombre de un perfume inspirado en la hija del presidente, Ivanka Trump. ¿Quién compraría una fragancia cuyo nombre está inspirado en la complicidad de la hija de un trastornado?

Otro de los términos que se impusieron estos meses en la lengua de James Joyce fue “post-truth”, que significa posverdad. Ahora entendemos por qué leímos tantas veces posverdad entre 2016 y 2017. Trump lo hizo. Al igual que “threat”, que es amenaza. Todas, hermosas contribuciones de Trump a las conversaciones humanas.

Política eléctrica

Helen Newstead, lexicógrafa de los diccionarios Oxford, subraya en una entrevista al diario español El Mundo, que “la mayoría de las palabras en la lista seleccionada este año conllevan contenido político puesto que con nuevo presidente en EEUU y la celebración de elecciones anticipadas en Reino Unido, en junio, no nos debe sorprender que la política continúe electrificando la lengua inglesa”.

Otro de los términos que marcaron tendencia según Collins fueron “antifa”, abreviatura de antifascista (otro aporte de Trump), “insta”, de Instagram, red social que llegó a los 800 millones de usuarios, y “gender fluid” (género fluido), que refiere a personas cuya identidad de género no está cerrada.

Comprobamos aquí que el matrimonio igualitario y las diferentes discusiones de género que se vienen planteando en la Argentina no son obra y gracia del kirchnerismo, como afirman amantes y detractores, sino que se trata de una tendencia mundial. Sabemos que es difícil para los argentinos, y más para los porteños, aceptar que no somos el ombligo del mundo, pero es así.

Pues qué “coñazo”

En castellano, uno de los rankings más prestigiosos es el que elabora Fundéu BBVA, una fundación creada en alianza por la agencia de noticias EFE y el banco BBVA, con el objetivo es velar por el buen uso del idioma español (hay quienes preferimos denominarlo castellano, ya que es un dialecto románico anterior a la existencia de España).

Fundéu BBVA no publicó aún la lista de palabras más influyentes de 2017. El año pasado fue “populismo”, en 2015 “refugiado”, en 2014 “selfi” (no selfie), y en 2013 “escrache”.

Explica Fundéu BBVA que “la ganadora, que no tiene que ser necesariamente una voz nueva, ha de suscitar interés lingüístico por su origen, formación o uso y haber tenido un papel protagonista en el año de su elección”.

Quizás no gane, pero “influencer” seguro estará entre las finalistas. ¿Por qué no decimos influenciador o influenciadora? Por la simple razón de que utilizar vocablos en inglés (anglicismo) da mayor estatus entre los latinoamericanos con autoestima baja -low selfsteem-.

El abuso de los anglicismos es mal visto en la mayoría de los países del primer mundo, incluso España. Pese a que entre los europeos es común que la gente domine varios idiomas, en general se considera poco culta a una persona que utiliza términos en otro idioma que no sea el suyo, cuando no sea estrictamente necesario.

Speaking english

¿Por qué hablamos de baja autoestima o incultura? Porque en general son términos impuestos por el mercado, por la publicidad, y se supone que cuanto más ignorantes somos, más influenciables seremos. Es decir, víctimas o presas fáciles de los “influencers”.

Así pasamos, por ejemplo, a decir selfies en vez de autorretratos o autofotos (palabras tan antiguas como la fotografía misma), al igual que decenas de otros términos de vulgar e inapropiada expresión en inglés: fashion, cool, blazer, biker, look, top, book, lady, love, nude, print, style, roller y un larguísimo etcétera de ordinarieces impuestas por la publicidad, planeta dominado por el inglés.

A todo esto, quizás algún abuelo se pregunte ¿qué es un “influencer”, un influenciador? No vaya a confundirse y a pensar que se trata del papá, la mamá, el maestro, el cura del barrio, ni mucho menos de Cristo, Einstein o Mozart, pese a que fueron y son grandes influenciadores.

El término “influencer” bien puede referirse al Papa Francisco, a un político conocido, a un formador de opinión o a un artista famoso, pero en general se utiliza -cada vez más- cuando se habla de alguien que impone tendencias, marcas y productos en las redes sociales.

Entre los más populares econtramos a chicas y chicos semidesnudos que promocionan comidas y bebidas, ropas, hoteles, viajes, teléfonos, boliches y cuanto artículo o servicio pueda venderse en internet.

Dime con quién andas y te diré quién eres, decían en el Siglo XX. Ahora, en este siglo es dime a quién sigues en Instagram, Twitter y Facebook y te diré cómo vives, piensas y qué tan libre eres... o crees que eres.

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