Un crimen misterioso en 1917

04 Dic 2017

Manuel Riva - LA GACETA

La noche era tranquila. El coche iba lentamente por la avenida Mate de Luna. El cochero conducía con parsimonia a su pasajero que se dirigía hacia la zona de Villa Luján. El silencio era roto por el acompasado paso del caballo. Nada apuraba el recorrido. Habían pasado algunos minutos de la medianoche y ambos estaban cansados. En ese momento el conductor divisó un bulto tirado sobre la calle. La escasa iluminación hacia más difícil identificar de qué se trataba, pero al acercarse la forma se volvió más precisa: parecía un cuerpo. Así comienza la historia que nuestras páginas titularon Un crimen misterioso y que durante días tuvo en vilo a los tucumanos de 100 años atrás.

El cuerpo fue descubierto por el conductor Julio Albarracín y su pasajero fue identificado como Sebastián Abrador. El coche 315 había “dejado una cuadra atrás el pozo surgente cuando el conductor vio un bulto sobre el camino”. El conductor paró el vehículo. Se acercó hasta el “bulto” y descubrió que era un cuerpo. Chofer y pasajero se acercaron a él. Albarracín “lo sacudió suavemente y le tocó las manos constatando en los miembros la frialdad y rigidez de la muerte”. Al observar bien vieron que tenía una bolsa de arpillera en la cabeza y que había sido cerrada con un cordel “que, dando tres vueltas, le ceñía estrechamente el cuello”. Un importante charco de sangre rodeaba el cuerpo. Los dos hombres rápidamente se acercaron a la comisaría de Villa Luján para informar sobre el macabro descubrimiento. Desde el destacamento partió un grupo de policías al mando del comisario Martínez. Se determinó el traslado de los restos hasta la sede policial.

La historia comenzaba de esta manera en nuestras páginas del 2 de diciembre de 1917. Los primeros informes señalaban que el cuerpo sería de un hombre de 30 años con varias heridas en el cuerpo y la cabeza. Algunas coincidentes “con una horquilla de emparvar”.

Las hipótesis indicaban la posibilidad de que las heridas se hubieran producido en una pelea o que hubiera sido una venganza. La mayor duda era cómo había llegado el cuerpo hasta donde fue encontrado. Por cómo fue encontrado el cadáver se suponía que había sido trasladado en un vehículo y “arrojado al paso”.

Un rastro de sangre llevó a los investigadores por la avenida “hasta la conjunción de 24 de Septiembre” y al llegar a Marco Avellaneda se perdía. “De nuevo se presentaba el misterio”, cerraba la crónica.

Los efectivos intentaban identificar al muerto. La pesquisa dio resultado: un vecino de la Ciudadela pidió ver el cadáver y lo reconoció como el de un peón de un tambo de esa misma zona, que se llamaba Valentín Clemente. Los agentes se dirigieron al tambo y pudieron hablar con la esposa de Clemente, quien expresó que le “extrañaba la desaparición de su compañero de manera inexplicable”. El muerto tenía 20 años, había nacido en Choromoro y trabajaba en el tambo, cuyo dueño destacó su predisposición laboral. Con estos informes los investigadores volcaron sus miradas hacia los amigos de la víctima. Luego de buscar y hablar con varios de ellos se apuntó a uno en particular. Este había sido visto “en un despacho de bebidas de San Lorenzo y San Luis junto a Clemente”, habían salido juntos del local y “se fueron hacia el oeste por calle San Lorenzo”. La declaración ante el juez Carranza indicaba que habían enfilado por el “boulevar Mitre hasta Mate de Luna y por esta hacia Villa Luján”, pero apenas hicieron una cuadra se separaron.

La autopsia indicaba que no había ofrecido resistencia. Se comprobó que las lesiones en el cuerpo fueron producidas por una horquilla de emparvar.

Los investigadores, junto al amigo de Clemente, fueron a realizar el mismo recorrido para poder encontrar alguna pista. Al llegar al lugar donde se separaron siguieron el posible camino de la víctima entre unos pastizales hacia el sur de la avenida. Un dato que había sido mantenido en secreto en las crónicas previas fue expuesto tras varios días de investigación: el hombre había recibido un disparo de escopeta. La noche del crimen el acompañante había escuchado un disparo cuando ya estaba en su casa. También se informó que en las ropas del muerto había alfalfa. Con esto dato siguieron hasta un tambo cercano. Al mismo tiempo efectivos de la comisaría de La Ciudadela, informados del ruido del disparo fueron hacia el mismo lugar. Ambos equipo policiales ingresaron en el establecimiento. Al entrar (estaba presente el secretario del juez) se procedió a registrar el lugar y las habitaciones de la casa adjunta. Lo primero que llamó la atención “fue una jardinera que estaba en el patio”. Al tiempo que un peón del tambo, Sixto Salvator, se mostraba “poco propicio a secundar la acción policial”. El comisario Zavaleta apuntó a él sus preguntas y “lo obligó a destapar la jardinera. Se trataba de un pequeño carro de lechero con compartimentos a los lados donde van los tarros, quedando un espacio en el medio que se cubre con un chapón”. Al destaparla vieron manchas de sangre. Al rastrear en la casa se encontró una escopeta que “tenía manchas de sangre en la culata”. Este era otro dato mantenido en secreto: que la cabeza del muerto presentaba heridas de culatazos.

Los policías llevaron a la comisaría a Salvator, a la dueña del establecimiento y a sus tres hijos. Uno de estos terminó por declarar que el hombre había matado a Clemente cuando intentaba robar. El peón mantuvo su negativa hasta que fue careado con la mujer, se quebró y reconoció el hecho ante la mirada atenta del juez. Dijo que había visto ingresar a un individuo en la propiedad, que se acercó hacia un corral para desatar un ternero. En esas circunstancias y desde “15 metros le hizo un disparo que dió por tierra con el intruso”. Al acercarse vio a la víctima agonizando y lo golpeó con la culata. Dejó la escopeta y luego ató un caballo a la jardinera para sacar el cuerpo de la finca. Fue hacia “avenida Pellegrini y enfiló por Mate de Luna hacia el oeste. Sin rumbo fijo pasó por los viejos mataderos, y de allí a cuatro cuadras dejó caer el cuerpo”. Con esta declaración más las actuaciones y la reconstrucción del hecho quedaron probadas todas las circunstancias que terminaron con la vida de Clemente.

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