La pesadilla

02 Dic 2017

Imaginemos por un instante qué ocurriría si de pronto a los tucumanos nos gobernara la anarquía. Si Juan Manzur pegara un portazo y se fuera, así sin más, a cuidar sus aceitunas en San Juan y no volviera jamás. Si decidiera pasar el resto de sus días como un apóstol feliz, echado sonriente bajo un olivo, recordando las grandes obras que nunca hizo.

Imaginemos que pasaría si el intendente Germán Alfaro sufriera un ataque de culpa peronista, una especie de puntada en el pecho, y mientras se estuviera lavando la cara a la mañana, se mirara al espejo y se descubriera un traidor. Y se fuera lejos, muy lejos.

Y que lo mismo hicieran el resto de los intendentes del Gran Tucumán. Supongamos que Mariano Campero, de Yerba Buena, Javier Noguera, de Tafí Viejo, Darío Monteros, de Banda del Río Salí, Sergio Venegas, de Alderetes, Carlos Najar, de Las Talitas, Carlos Gallia, de Lules, y la decena de comisionados rurales que integran el área metropolitana se subieran a una combi y viajaran hasta la mismísima otra punta del planeta.

Sólo imaginemos ese hipotético escenario anárquico. Antes, aclaremos que anarquía es un término provisto de mucha densidad, porque plantea un vacío abismal, de abismo hondo y deshabitado, de ausencia de órdenes y jerarquías. Proviene del griego y significa por un lado “no” o “sin”, y por otro “origen”, “principio”, “poder”, “mandato”.

El diccionario etimológico enseña que anarquía se refiere a aquello que está desprovisto de un principio director y de origen. Su uso moderno abarca mucho más allá de lo político. Puede ser ausencia de norma, de jerarquía, de autoridad, de gobierno. Incluso ausencia de apriorismo, que es el método en el que se emplea sistemáticamente el razonamiento a priori. Y la expresión a priori es algo que afecta a un determinado hecho o asunto que se decide o se hace antes de conocido su resultado o el fin de su desarrollo. Es decir, a priori significa “conjunto de los conocimientos a los que se llega por la razón, sin experimentarlos, en especial en un sistema filosófico”.

Los antagónicos

¿Por qué es importante comprender acabadamente el significado de anarquía? Porque sólo así vamos a comprender, en profundidad, el significado y los alcances de sus antagónicos: gobierno, orden, jerarquía, mandato, poder, principio, origen.

El mandato de los padres es apriorístico y por eso a veces los hijos no los entienden, porque aún no han adquirido los conocimientos que permiten alcanzar ciertos razonamientos.

Se supone que todas las personas que ocupan puestos decisorios tienen, o deberían tener, la capacidad de tomar decisiones anticipadas a los hechos, en base a experiencias y conocimientos previos.

Por eso tenemos jefes, directores, gerentes, gobernadores, intendentes. Padres y madres.

Volvamos al escenario hipotético de un Gran Tucumán anárquico. Imaginamos, por ejemplo, que sin gobiernos el tránsito de la ciudad sería caótico. Que los autos estacionarían en cualquier parte, en doble o triple fila, y en las cuadras donde está prohibido hacerlo.

Suponemos entonces que la ciudad sería muy hostil para los peatones y para los ciclistas. Que no habría ciclovías ni bicisendas para que la gente pudiera trasladarse de forma más saludable, menos contaminante, más económica, menos violenta. Para que en las calles hubiera menos congestionamiento, más espacio, menos ruido y accidentes que cuestan fortunas al Estado y atestan las guardias.

Que tampoco habría trenes urbanos, ni metrobuses ni ningún otro transporte público más económico y eficaz. Los taxis no tendrían aire acondicionado, estarían rotos y sucios.

Un parque de cemento

Imaginamos que en una ciudad sin regentes habría menos planificación urbanística, menos espacios verdes y menos servicios básicos. Que el Parque 9 de Julio sería diezmado, cada vez más cementado, asfaltado, invadido por edificios ruinosos, autódromos, oficinas públicas, universidades, bares, hipódromos, terminales de ómnibus y clubes deportivos.

Conjeturamos en esta hipótesis desoladora y aterradora, que sin un gobernador, siete intendentes, diez comisionados rurales, veinte ministros y secretarios, decenas de subsecretarios y directores, 49 legisladores, más de 100 concejales, una Corte Suprema y decenas de cámaras, salas, juzgados y fiscalías provinciales y federales, además de una veintena de oficinas y reparticiones nacionales, organismos de control, entes autárquicos y un largo etcétera de necesaria burocracia que completan más de cien mil empleados públicos, Tucumán sería inhabitable.

Suponemos que la ciudad le daría la espalda al río, que el cauce tendría cada vez menos caudal, que estaría sucio y maloliente, sin una costanera disfrutable, con los márgenes desaprovechados y abandonados y ocupados por asentamientos precarios, que conformarían a su vez una desalentadora postal de recibimiento al visitante aeroportuario.

Nos figuramos que en el cerro San Javier no habría aerosillas ni teleféricos ni servicios en general y que habría unas ruinas llamadas Primera Confitería, que serían baño público y hotel alojamiento al aire libre, y que algún trasnochado querría proteger como patrimonio histórico para desalentar cualquier recuperación.

En este apocalipsis anárquico imaginamos una metrópolis con accesos terrestres sin señalizaciones, sucios y descuidados, un microcentro cada vez más atiborrado de oficinas públicas y suponemos que también faltaría el agua en decenas de barrios y que, al mismo tiempo, se inundaría media ciudad cada vez que lloviera.

Un mercado de ratas

Pensamos que una ciudad sin intendente llevaría a que su mercado central se transformase en una cloaca a cielo abierto, inundada de ratas, en vez de ser, como ocurre en muchas ciudades del mundo, un centro comercial pintoresco, donde pudieran fluir los productos artesanales, el arte regional y la música autóctona.

Suponemos que en una urbe que representa la cuarta plaza deportiva más importante de la Argentina, que a su vez está entre los cinco países más futboleros del mundo, sin estadistas no habría un estadio decente y moderno, que pudiera albergar eventos internacionales a la altura de las exigencias actuales.

En este escenario ficticio, de anárquico pesimismo, imaginamos que ante una acefalía de poder los cañeros contaminarían los ríos con vinaza, lo que redundaría además en mal olor en toda la provincia, quemarían los cañaverales e intoxicarían el aire durante meses, y que también habría pérdidas cloacales por todas partes y las calles estarían destruidas, aún las recién pavimentadas.

Si de golpe los tres poderes se vaciaran de la mañana a la noche nos faltarían muchas cosas, como por ejemplo el servicio de Justicia, en tiempo y forma, los delincuentes de guantes blancos no irían nunca presos, lo mismo que jamás iría preso un funcionario por el delito de corrupción, y los delincuentes que no usan guante entrarían por una puerta y saldrían al otro día por la ventana.

Nunca en ayunas

Afortunadamente no vivimos en una anarquía y esto fue sólo un mal sueño, una pesadilla. Por suerte tenemos gobernador, intendentes, comisionados rurales, concejales, legisladores, fiscales y jueces que piensan permanentemente en la planificación estratégica de la quinta ciudad más importante del país.

Dicen las brujas que cuando una persona tiene una pesadilla, al despertar no debemos en ayunas contársela a nadie porque sino se cumple. Que primero hay que comer algo sólido y recién luego comentarle a otro el mal presagio que experimentamos mientras dormíamos.

Sabemos que estas son sólo supersticiones y por eso como nosotros no creemos en las brujas no tuvimos problemas en escribir esta pesadilla al alba y en ayunas, apenas con unos mates.

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