Capote, de la cuna a la polémica y el éxito - LA GACETA Tucumán

Capote, de la cuna a la polémica y el éxito

El autor que se definió como “drogadicto, homosexual y genio”

26 Nov 2017
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EL RETRATO. Truman Capote en 1965, fotografiado por Irving Penn. Un año después publicó A sangre fría. s3.amazonaws.com

BIOGRAFÍA

TRUMAN CAPOTE

LILIANE KERJAN

(El Ateneo - Buenos Aires) 

Truman Capote cayó otra vez en muy buenas manos, tras Capote: una biografía, de Gerald Clarke (1998). Liliane Kerjan (1940) catedrática francesa experta en estudios estadounidenses, plasmó la vida de este excelente escritor en un libro humano, sólido, ameno, sobre la singular vida del biografiado, con una profunda empatía que no opaca su trayectoria literaria, sino más bien la respalda emocionalmente.

De un Capote ya consagrado, en 1980, firmando autógrafos en una librería neoyorquina, Kerjan pasa a su nacimiento, en 1924, como Truman Streckfus Persons, hijo de un matrimonio condenado al fracaso –jovencita soñadora y marido más bien inútil. Su padrastro, Joe García Capote, cubano, lo adoptaría. Truman crece con sus tías maternas. Le encanta llamar la atención. Su talento y su homosexualidad podrían llevar a una “psicologización” del biografiado, pero Kerjan lo evita. Lo suyo es dar cuenta de la vida de un creador. Hay voces que ayudan: Ralph Ellison, el talentoso autor negro: “… muy buen escritor, extremadamente sensible, mente vivaz, un gran don verbal. Su idea del paraíso es hablar con la reina de Inglaterra. Su obsesión es que lo vean ‘en alta compañía’. ¡Pero qué importa si escribe un buen libro!”

El Capote de Kerjan, héroe made in USA, es un self-made man. Pero ni el más creativo de los hombres puede separar su auto-configuración de lo que la vida le da. Y Truman se “hizo” a partir de padres abandónicos, de su infancia, de su sexualidad. La palabra escrita lo fascina: lee antes de ir a la escuela y, niño aún, se obliga a escribir tres horas diarias.

Intimidades

Nueva York: su nombre y su talento circulan por la babel vibrante y triunfalista. Sus cuentos en revistas como The New Yorker se recopilan, y sus novelas venden bien. Pequeño, de voz aguda, siempre irónico, declara: “soy homosexual, soy drogadicto, soy un genio”, el jet-set lo agasaja y asciende, bufón de una corte donde el esnobismo reina y él lo ejerce sin pudores.

Más allá de oropeles y máscaras, hay en su prosa una delicada pureza: su niñez sureña es la música del arpa de hierba que hilvana historias en el viento, y su Holly Golightly se desvanece en África entre rastros de gozosa libertad, sea para desayunar en Tiffany’s o para ver el mundo, lejos del George Peppard con quien se queda en el film –para mí, alta traición hollywoodense. En 1966, A sangre fría inaugura un género, la novela de no-ficción. Claro que en 1957 ya existían Rodolfo Walsh y Operación Masacre. Cosas de centro y periferia.

Pronto su cuerpo empezaría a acusar el impacto de sus adicciones. Su hubris, su orgullo, le hace publicar un anticipo de Plegarias atendidas, donde revela intimidades de gente de ese mundo del que había sido conspicuo animador, traición que quizás lo hizo sentirse poderoso al llegar el final, el 25 de agosto de 1984. Nos dejó una prosa capaz de decir “hojas como manos escarlatas flotaban en la corriente…”.

Una prolija “Cronología” y una “Filmografía Selecta” completan la edición.

© LA GACETA

Eugenia Flores de Molinillo

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