En Yerba Buena, si hay sol o lluvia, esperar el ómnibus se convierte en un castigo

No hay refugios o están rotos. En algunos casos, ni siquiera un poste con un cartel. El municipio, por ahora, busca fondos.

22 Nov 2017
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POCOS REFUGIOS. Los que hay, por lo general, tienen rotos los techos o carecen de bancos para sentarse. LA GACETA / FOTOS DE INÉS QUINTEROS ORIO.-

- Acá.

- ¿Dónde?

- Acá, en esta tapa de cemento.

En la esquina hay un desmadre de pastos, un árbol que cobija a quienes buscan sombra y esa tapa de cemento. Ahí están Nuria Ladetto y Leandro Juárez, y acaban de explicar dónde para el colectivo. Acá. En el cruce de la avenida Aconquija y la calle Francia la gente juega a las adivinanzas, pues no hay refugios.

Tampoco los hay en muchos otros puntos de Yerba Buena. O están rotos. O les faltan los techos o los asientos. O son tan sólo un poste. O. peor, la nada misma. Como este lugar en el que se encuentran los jóvenes, a la espera de que el ómnibus de la línea 102 asome en el horizonte. “Si llueve, te mojás. Y si hay sol, tenés que pararte a un costado”, cuentan. En eso no acaban las penurias. Dicen que, en esa ciudad, el servicio de transporte público debería tener más contemplación con los horarios y se deberían habilitar nuevos centros de carga de las tarjetas ciudadanas (medio de pago electrónico). “A las 12 de la noche ya no pasan”, añaden.

A unas cuadras de allí, frente al edificio de la Municipalidad, Elvira Soria tiene más suerte: aguarda sentada. Igual, levanta la mirada y dice: “mirá ese techo. ¿Sabés lo que es estar amontonados aquí debajo cada vez que llueve?”. Pese a esa estrechez, la cubierta a la que se refiere parece más decente que la que guarece a Claudia Coronel, en Aconquija y Darwin. Ella se encuentra embarazada y espera en una casilla de metal destechada (“se voló el año pasado, durante una tormenta. Nunca la arreglaron”, apunta Rafael López). Lo que más inquieta a Claudia es la ausencia de paradas. “En otras zonas no hay nada. Ni con ni sin techo”, declara. Y luego explica que, para ella, las garitas contribuyen a la seguridad. “Pensá en las mujeres, paradas de noche en una esquina vacía”, grafica.

Matilde Sequeira, como el resto, aguarda en un punto cualquiera: ni un poste ni un cartel. Nada que indique que se trata de un sector de ascenso y descenso. Y como el resto, se disgusta. La falta de señalización provoca -relata- que en ocasiones los choferes ignoren a los pasajeros y sigan de largo. Como colectivo lleno.

Estudiantes a la obra

Desde hace casi un año, por los despachos del municipio circula una carpeta que podría cambiar estos relatos. Se trata de un proyecto que plantea la construcción de nuevas paradas, con una impronta ambiental, tecnológica e inclusiva. La primera característica se debe a que deberían ser construidas con metal y placas recicladas. Lo más novedoso -si se quiere- es que les pondrían paneles solares para que funcionen de manera independiente del servicio de energía eléctrica.

En cuanto a la segunda veta, contarían con puertos de carga USB y acceso a internet mediante conexiones wifi gratuitas. Finalmente, está previsto que en el sector donde se implanten los refugios se construyan contrapisos y rampas para discapacitados, que comuniquen las veredas con las calzadas.

Si bien el desarrollo del proyecto podría serle encomendado a una empresa de arquitectura, sus ideólogos son tres estudiantes de la Universidad de San Pablo-T. A fines del año pasado, estos chicos ganaron un concurso de ideas lanzado por el municipio en el ámbito de ese establecimiento educativo. De la compulsa habían participado 10 grupos de hasta tres miembros cada uno. Quienes eligieron la alternativa finalista fueron los vecinos, por medio de una votación que se hizo en un shopping.

Cuenta Ricardo Brand , uno de los autores (21 años), que antes de entregarse a la inspiración recorrieron la avenida Aconquija (el escenario elegido para el debut) y realizaron un relevamiento de las paradas, de las líneas de colectivos y sus ramales y de los puntos neurálgicos.

Observaron que en la principal arteria yerbabuenense se erigen, actualmente, cuatro modelos de paradas: de metal, de madera, los postes y las ausentes, en alusión a los sitios donde la gente sabe que el colectivo se detiene por costumbre, pues no hay ninguna señalización.

Brand cuenta que los funcionarios municipales les pidieron que el refugio pudiese estar a salvo de vandalismo. Ignacio Debenetto y Pablo Martín Mahmud -los otros padres de la criatura- añaden que, por ello, planearon que la estructura sea fijada al suelo con pernos de anclaje, y que las instalaciones eléctricas, los paneles y otros elementos estén unidos mediante bulones.


ÚNICA “SEÑAL”. La tapa de cemento indica dónde está la parada.  

Desde el concurso hasta ahora han transcurrido varios meses. “Estábamos decepcionados”, dice Brand. Hasta que, unas semanas atrás, recibieron el llamado de un funcionario municipal, que les informó que estaban buscando fondos.

Con padrinos

Dino Alfieri -director de Relaciones Institucionales del municipio- dice que calculan un costo aproximado de $ 63.000 por estructura, y que la Municipalidad ha salido a buscar patrocinadores, en el marco de un modelo de padrinazgos que han pensado en impulsar. El objetivo es que las empresas e instituciones instaladas en el distrito asuman el compromiso de aportar o cuidar el mobiliario urbano.

Hace poco -ejemplifica Alfieri- el propietario de un centro comercial donó una tanda de los carteles nomencladores que se colocaron en la Aconquija. Como mecanismo compensatorio, se le permitió al padrino que esas señalizaciones lleven el logo de su marca.

Se le pregunta entonces al intendente, Mariano Campero, si los convenios de padrinazgo con terceros están contemplados en alguna ordenanza, si han intentado que la figura despierte el interés de las grandes empresas y de los pequeños comerciantes y si hay algún ejemplo vigente, además del caso de los nomencladores.

Ante ello, responde que, de a poco, se ha ido comprometiendo a empresarios en distintos aspectos. Se trata -a decir suyo- de un sistema de aplicación progresivo. Y aclara que la primera responsabilidad le cabe al municipio. “Si hablamos de las plazas -ejemplifica-, antes debemos mejorarlas nosotros, con juegos, bebederos, iluminación y caminería. La Municipalidad tiene que hacer obras. Luego, podríamos plantear un padrinazgo”, razona.

Otra aclaración de Campero es que inicialmente podrían conseguir al menos una parada con el modelo de los alumnos de la San Pablo-T; y que la idea del municipio es revisar el funcionamiento e -incluso- el recorrido de los ómnibus.

Actualmente, la avenida Aconquija es transitada por cuatro líneas de colectivos: 100; 102; 118 y El Provincial. En total, suman unos 14 ramales. En su mayoría, realizan una conexión lineal con la vecina San Miguel de Tucumán. Los yerbabuenenses necesitan, asimismo, que esos recorridos conformen un circuito de transporte público que conecte los barrios de la ciudad entre sí. Los estudiantes de la San Pablo-T también han observado la necesidad de rediseñar los itinerarios y de establecer nuevas paradas (“están desordenadas, sin un seguimiento lógico y, a veces, en mitad de cuadra”, afirman). Marcelo Aguirre, otro usuario, dice que, a diario, hace unos cuatro trasbordos para ir desde el barrio La Cañadita, en la esquina de San Martín y camino de sirga, hasta la avenida Perón, pasando por otros dos destinos de la Aconquija.

No obstante, pese a la necesidad, Vicente Lupo -jefe de personal de la Línea 100- aclara que, un lustro atrás, un grupo empresario creó una línea interna, que circulaba por el Casco Histórico, San José y el límite con el Manantial, entre otros puntos. No prosperó. ¿La razón? “La gente no subía. En contra de lo que habíamos pensado, el servicio no se usaba”, relata.

Y mientras las autoridades piensan qué hacer, Nuria y Leandro siguen esperando en una esquina cualquiera.

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