"Chody" superó las barreras del síndrome de Down con dulzura

Rodrigo Villagra saltó por encima de la adversidad y se recibió de maestro pastelero.

18 Nov 2017

Rodrigo Villagra, más conocido como “Chody”, es maestro pastelero. Transitó muchas adversidades a lo largo de su vida, aunque lo que para muchos representaría una dificultad para él es un motor: el Síndrome de Down. Hace poco más de un año creó junto con su madre “ChodyBom”, su propio negocio de bombones.

Tiene 22 años y vive con sus padres, Eduardo y Liliana. Es amante de los deportes y cinturón verde en artes marciales. Desde hace algún tiempo está entrenando con una profesora “para prepararse para el verano”. En sus ratos libres le gusta jugar a la Play y va a clases de teatro. “Después de almorzar me pongo a viciar hasta la tarde”, revela.

“Chody” estudió en el colegio Aconquija, donde era muy buen alumno. Cuando egresó quiso saber más, y así ingresó en la escuela gastronómica Patagonia. Su camino fue pedregoso debido a su condición especial, pero no lo amedrentó.

Por las mañanas trabaja en un depósito de autopartes de Yerba Buena, al que le encanta ir porque ahí están sus amigos. Su madre comenta: “cuando falta, me llaman los jefes y me preguntan: ¿qué pasa que ‘Rodri’ no vino?’ Ellos me piden que no falte más, porque si no se sienten todos bajoneados en el trabajo. Él lleva la alegría”.

Apasionado de la pastelería, sueña con vivir de ese oficio. “¿Quién le va a comprar bombones a un chico con Síndrome de Down?”, le preguntó una conocida a su madre alguna vez. Hoy, hace más de un año que existe “ChodyBom” y la familia apuesta a su expansión.

Basta con entrar a la casa para sentir el aroma dulzón de los postres. Cruzando la puerta de la cocina, está él. Con los guantes de látex puestos -para no marcar el bombón-, esperando que el chocolate se derrita en el microondas. Se coloca el delantal y el gorro para la cámara. A su lado, su mamá lo ayuda y cuida cada detalle para que todo quede perfecto.

Al fondo a la izquierda, en una estantería, están ordenados los ingredientes: confites, rellenos, potes de dulces, cremas, etcétera. En la mesada, los utensilios: espátulas, moldes, papeles, mangas y cuchillos. “Rodri”, manga en mano, rellena algunos bombones mientras otros ya se están endureciendo en el freezer. Sus favoritos son los clásicos de dulce de leche.

Su madre recuerda el día que se recibió: “¡la fiesta que fue! Parecía que había estudiado en Harvard (bromea). Una caravana enorme se extendió desde la escuela de cocina hasta Yerba Buena; él estaba lleno de huevos, harina y papeles, todos a los bocinazos. En cada semáforo que parábamos alguien se acercaba a felicitarlo”. Al escucharla, Rodrigo, apurado, sale de la cocina y eufórico trae sus títulos: el de egresado, el de la escuela de pastelería y los tres de Pakua.

El joven pastelero se recibió en 2015 y aprovechó la Pascua siguiente para vender sus primeras creaciones. “Los primeros huevos salían mal: se nos quebraba el chocolate o no los podíamos terminar de cerrar. Pero seguimos intentando hasta que lo logramos -contó Liliana-. Ganó muchos clientes. En días especiales (Día de la Madre, Pascua) hay muchos pedidos pero también hay encargos a diario, sobre todo para cumpleaños”.

“¿Qué tienen de distinto tus chocolates del resto?”, se le preguntó a "Chody". “Mucho amor, de acá”, respondió señalándose el corazón. Rodrigo confiesa que prepara sus bombones con tanta dedicación porque sabe que sus clientes los compran para entregárselos a alguien especial. “Mis bombones son amor”, define.

La historia de Rodrigo tomó alcance nacional y ahora ocupa sus tardes dando entrevistas a distintos medios. Además, su madre le creó fan pages para que todos los que deseen probar sus chocolates puedan contactarse con él.

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